La Voz de Galicia

EL EJÉRCITO FRÁGIL

Opinión

RAMÓN CHAO

28 Dec 2001. Actualizado a las 06:00 h.

El primero de enero de 1994 entró en aplicación el Acuerdo de Libre Comercio Norteamericano (ALENA) entre Canadá, EE UU y México. Para el presidente Salinas, el tratado iba a rubricar la entrada de su país en el primer mundo. Ese día estalló en Chiapas la rebelión zapatista. Les alzados disponían de una docena de M-16 y kalachnikovs, juguetes ridículos de un 6 de enero si se compara con el arsenal que exhiben los corsos en conferencias clandestinas. Y es que estos revolucionarios se niegan a utilizar la violencia. Llevaban revólveres y fusiles de madera para meter miedo a los malvados, exactamente igual que los niños de mi tiempo, cuando los Reyes de Oriente no estaban tan sofisticados como ahora. Los zapatistas iban enmascarados como el Zorro. «Gracias a los pasamontañas los indios mexicanos, que antes eran invisibles, son visibles ahora», dice el subcomandante Marcos. Y explica que la debilidad militar está ampliamente compensada por la naturaleza del combate. Jamás cometieron un acto violento desde este alzamiento de 1994: ni un solo asesinato, ni un atentado ni secuestro como en el País Vasco; nada de tráfico de armas ni de alianza con los narcos tal como acostumbran ciertas guerrillas de América Latina. Por ello su causa es más eficaz que todas ellas. Faltaba por hacer el balance de siete años de lucha de los veintitrés comandantes indios y del subcomandante Marcos (quien, por ser blanco, se niega a situarse en el mismo plano jerárquico que los indígenas) un año después de su entrada triunfal en la Ciudad de México el 15 de marzo de 2001. Durante las cinco semanas que duró la larga marcha, se publicó una cantidad impresionante de discursos, declaraciones y manifiestos que ilustran el carácter único de esta revolución, cuya meta no es la de adueñarse del poder, sino el reconocimiento de los derechos de los indios, de los marginales y de las capas miserables de la población. Se trata de un libro colectivo y anónimo, con documentos que resumen detalladamente, y desde el interior, lo que han obtenido o en lo que han sido engañados los zapatistas en esta gesta que tanto se asemeja a una epopeya, política y literaria. El 25 de abril el gobierno mexicano había admitido una reforma constitucional que reconocería los derechos de los pueblos indígenas. Aprobada por el Senado, todavía falta que la ratifique la Cámara de diputados. El texto del proyecto de ley comporta una parte de los acuerdos de San Andrés (firmado en 1996, y jamás aplicados), pero algunos puntos importantes habían sido borrados. Por ejemplo, los que reconocían el derecho de autonomía de las 57 etnias indígenas: el gobierno se negó a modificar el artículo 15 de la constitución para concederles una expresión territorial. El ejército zapatista había exigido que se respetasen los acuerdos de San Andrés, particularmente «el derecho de acceso, en forma colectiva, a la utilización y disfrute de las riquezas naturales de sus tierras y de sus territorios»; es decir, en las tierras ocupadas por los indios, «salvo de las que están bajo la autoridad del Estado». Aplicando este artículo, se impuso la posición de los juristas gubernamentales y los terratenientes de PRI (Partido Revolucionario Institucional) y del PAN (Partido de Acción Nacional del presidente Fox). El texto final excluye la palabra «colectivo» y el concepto de territorio. La «utilización y el disfrute de las riquezas naturales de sus tierras», exigido por los indios, se convirtió en utilización «preferente»; y las «entidades de derecho público» (como se definía a las comunidades indias) pasaron a ser entidades de «interés» público. Estas modificaciones les priva de la personalidad jurídica que les reconocían los acuerdos de San Andrés, y que les permitiría presentarse como súbditos con pleno derecho en los asuntos que les conciernen. Esta ley, apoyada por los zapatistas, suponía frenar la lógica de expansión del capital, sobre todo de las empresas transnacionales -estadounidenses, asiáticas y europeas- instaladas en México e interesadas en los proyectos de privatización de la electricidad, la petroquímica y del petróleo. No está de más recordar que el 90% de la producción petrolera de México está en el sudeste, y la mayor parte en Chiapas, la región que controla el subcomandante Marcos. Ahora los indios tienen derecho «al acceso, al uso y al disfrute preferente de las riquezas naturales de las tierras en las que viven, excepto en las zonas estratégicas y respetando las formas, las modalidades y los limites respecto a la propiedad establecida por la Constitución y las leyes». Por eso el presidente Fox puede declarar: «El tema zapatista ya no es el tema de México, ni mucho menos. Hay que situarlo en su justa dimensión».


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