Confusos y desesperados
Lugo
DOLORES CELA EN DIRECTO Un día de usuarios reacios a abandonar la peseta y empleados de banca agobiados
02 Jan 2002. Actualizado a las 06:00 h.
La jornada comienza en la tienda de alimentación para comprar el pan y la fruta. Paloma y Manolo, que tuvieron que esperar por la registradora adaptada a los euros desde junio que la encargaron hasta hace unos días, aceptan las dos monedas. Quienes pagan en euros reciben el cambio también en la divisa europea y los que utilizamos las últimas pesetas del monedero, recibimos las vueltas en las pesetillas de toda la vida. El tiquet es para todos igual, con decimales. El siguiente contacto con el monedero es para comprar una libreta para realizar las anotaciones de las incidencias del euro y un paquete de chicles: 200 pesetas (1,20 euros). La empleada de la denominada tienda de consumibles devuelve el cambio de las 500 pesetas (3,01 euros) en euros. Atendiendo a las recomendaciones y como quien escribe carece del tiempo necesario para emplear en las colas de los bancos, la solución: el cajero. La calle de la Reina, con tres BBV parece el lugar más apropiado. El de la esquina de Santo Domingo no funciona porque un desaprensivo cortó un cable. La explicación dada por el empleado de la entidad no acierta a puntualizar si fue algún cliente enfadado que pretendía sacar sus euros de la cuenta, o si por el contrario fue un incidente fortuito. Siguiente parada, el cajero de la desaparecida Caja Postal. Una señora intenta extraer euros y recibe la indicación de «cajero fuera de servicio». No se enfada. Quien sí lo hace es otro cliente que trata de utilizar la máquina del interior de la sucursal. Un empleado tiene que salir en su ayuda porque la ranura se traga la tarjeta. Se va sin dinero. Los avatares en los cajeros automáticos de la Rúa da Raíña sirven para deshacer el hielo e intercambiar valiosas informaciones y experiencias con desconocidos, que también andan de peregrinaje por la zona, sin conseguir más que unos billetes de cinco o de diez euros (1.664 pesetas). «Caixa Cataluña -comenta uno- agotó los euros esta mañana». «En Caixa Galicia está habiendo algunos problemas». «A mí no me dieron la cantidad que les pedí. El empleado me dijo que había que repartir, que todos querían». «Los que están más desabastecidos son los que abrieron en año nuevo». «Me pasé toda la mañana intentando hacer un ingreso, pero hay mucho plasta que no para de preguntar y así la cola no avanza». El Servired, del Banco Herrero, en la rúa do Teatro escupió finalmente los ansiados 10 euros (1.664 pesetas). Los empleados de banca estaban deseosos de acabar una jornada en la que las consultas de los jubilados constituyeron la mayoría. «Da igual que les digas que pueden venir mañana o pasado, o cualquier otro día, se nota que tienen poco que hacer que resisten lo que se les eche». El bancario parece no saber que el dinero es sagrado, sobre todo si procede de una pensión o si se trata de los ahorros de toda la vida, que deben de estar a buen recaudo. Es inexplicable el afán por acaparar euros porque no se traduce después en las compras. «Os cartos negros teñen que saír, ainda que sexa a conta de agardar colas», comenta un desesperado cliente que necesita realizar una operación y que le dan igual los euros que las pesetas. «A ese vino eu na outra oficina tamén», apostilla. Los comerciantes tampoco se explican demasiado bien los motivos por los que casi todos pagan en pesetas y quieren también la vuelta en ellas. Aún no empezaron a llegar euros de otros países, sin la efigie del rey Juan Carlos. Esos sí que levantarán suspicacias. Y, como las conciencias aún están sensibles a la solidaridad, un grupo de voluntarios recogió pesetas en la Praza Maior para proyectos en Bolivia. Con lo recaudado quieren sembrar 700 huertas de patatas y cebada en el altiplano. Falta el cupón, que por cierto, por la semana bajó su precio, aunque subió los fines de semana. Ángel, el veterano vendedor, exhibe con orgullo la eurocalculadora parlante que repartió la ONCE entre sus empleados.