La Voz de Galicia

La madrina dice que Asunta estaba «como un roble» y que era «feliz»

Galicia

Juan Capeáns Santiago / La Voz

La amiga de la familia, con la que la niña pasó «el verano de su vida», afirma que «algo» oyó de la alergia en primavera, «que tenían todos»

07 Oct 2015. Actualizado a las 05:00 h.

«Yo no le di absolutamente nada de medicamentos porque estaba como un roble. De comer sí, comía como una lima». La declaración a última hora de la tarde de ayer de María Isabel Véliz le ha devuelto a la vista oral del caso Asunta la emotividad que no le ponen, como es lógico, los responsables de la investigación, que la precedieron durante más de nueve horas en la sesión más larga de las seis celebradas.

Una jornada agotadora a la que la madrina de Asunta llegó con la suficiente entereza como para dar sin titubeos su opinión sobre las últimas semanas de vida de la niña que convertía su casa, ya fuera en Santiago o en Vilanova de Arousa, «en una fiesta», aunque admitió que el contacto fue menor desde que había empezado en el instituto. Véliz, antes de hacer más consideraciones, confirmó que la salud de su ahijada era «magnífica» y que, si acaso, «algo» había oído de «la alergia en primavera, que tenían todos», y que les provocaba estornudos. Fue más contundente aún: «Su salud era magnífica».

El fiscal quiso centrarse en los días que pasó con ella cuando la madre estuvo hospitalizada y durante la estancia en Vilanova de Arousa, donde disfrutó del «verano de su vida» en su piso, en el mismo edificio en el que los abuelos de la niña -verdaderos amigos de Véliz- también tenían una propiedad. «Fue por primera vez a las fiestas de Vilagarcía y lo pasó muy bien», recordó con cariño su madrina, quien la consideraba una niña «reservada», «inteligente», «fantasiosa» y, sobre todo, «feliz», según acertó a describirla en diferentes intervenciones.

Sin conflictos familiares

Cuando le preguntaron por los afectos familiares, Véliz no dudó. «El abuelo (Francisco) era el que más la quería», dijo sin pensarlo, para luego citar al resto de los miembros de los Porto Basterra, con los que no detectó ningún tipo de conflicto incluso después del divorcio de sus padres. «El último día que la vi fue el 27 de agosto, en Vilanova. Yo tenía que venir a Santiago y me despedí de ellos. Allí estaban los tres en el salón, en amor y compañía, Asunta enseñándole al padre a utilizar un teléfono móvil». Días antes, el 15 de agosto, habían anulado una visita que tenían prevista y que justificaron «por un problema en Teo», aunque no pudo especificar más. Sí es cierto que, según le iba diciendo la niña, «que tenía su propio teléfono», mantenía conversaciones frecuentes con sus progenitores para conocer su evolución. «Jamás» expresó temor a estar con ellos, respondió a preguntas del abogado de Porto.

La vitalidad con la que la madrina relató el verano se apagó un poco cuando le tocó hablar del 21 de septiembre. Ese día recibió dos llamadas de Rosario, una primera para preguntarle por la niña y la segunda para confirmarle que había desaparecido y que necesitaba que viniese a su casa mientras iban a la comisaría. «Me obsesioné y empecé a pensar que si la habían secuestrado iban a pedir un rescate y que iban a llamar por teléfono», relató. A Véliz, Porto le contó la misma versión que a la Policía, primero, y a la Guardia Civil, después: había dejado a la niña estudiando en casa. En los tensos momentos de espera, hasta que se sabe de la aparición de un cadáver, describe al padre «como un león enjaulado».

Las imágenes más duras

La cercanía de la declaración debió tamizar en cierta medida la mala jornada vivida por los dos acusados, visiblemente cansados y, en ambos casos, mucho menos expresivos. Basterra apenas gesticuló. Solo lloraron visiblemente cuando un agente describió la escena del crimen y el levantamiento del cadáver. Entonces se proyectaron unas durísimas imágenes que Porto, con la cabeza agachada, no vio, y en las que su exmarido solo pudo fijar la mirada durante menos de un segundo, para echarse enseguida las manos a los ojos.

Tampoco les agradó, al menos anímicamente, que una y otra vez se hiciera mención en los interrogatorios al hecho de que una mancha en el cuello de la camiseta pudiese ser semen, cuestión que ni los investigadores ni los forenses (que no declararon todavía) no descartaban, «pero también podía ser cualquier otro fluido». Las preguntas procedían de sus abogados, en lo que puede ser una estrategia para la jornada de mañana, en la que está prevista la declaración del llamado «hombre del semen», un término que le valió al letrado Gutiérrez Aranguren una reprimenda del juez, que considera que no le hará «mucha gracia» a esta persona, residente en Madrid, que simplemente va a declarar como testigo.

El jurado ya pide aclaraciones y el presidente del tribunal frena las fotos del tanatorio

El jurado cumplió ayer una semana escuchando, y por primera vez ha pedido aclaraciones a los testigos. A través de varias notas trasladadas al presidente del tribunal, este le transmitió sus inquietudes a al menos un agente de la Guardia Civil y a la madrina de la niña. En concreto, querían saber si era posible acceder al lugar en el que apareció el cuerpo de Asunta sin pasar por delante de la casa de los Crespo (así es) o cuál fue la actitud de Basterra al entrar de madrugada en el chalé de Teo con la Guardia Civil: «Esto lo usan los jardineros», dijo tras subir las escaleras con los agentes, para ayudar a su exmujer a explicar la presencia de la cuerda naranja en la papelera. Además, el jurado quiso saber si Asunta tenía llaves de la casa en la que vivía con su madre o más detalles de las dos llamadas que esta hizo a la madrina el día del crimen.

El juez impidió al fiscal incorporar al sumario las imágenes tipo selfie que realizó Basterra en el tanatorio por no verlas relevantes, y tras un comentario de Hospido sobre unas fotografías de Asunta calificó de «indeseables» las filtraciones que hubo a la prensa durante la instrucción.


Comentar