El «otro» síndrome de la Moncloa
España
La mujer de Zapatero se siente «enjaulada», según sus amistades, pero las demás esposas de los ex presidentes del Gobierno tuvieron también dificultades para encontrar su sitio
25 Apr 2010. Actualizado a las 02:00 h.
«Yo no he hecho oposiciones para ser la mujer del presidente». La frase, que según un amigo autorizado ha utilizado Sonsoles Espinosa, la esposa de Zapatero, para explicar su hastío de la vida en la Moncloa y su negativa a acompañar a su marido en actos oficiales, ha reabierto el debate sobre el papel de las esposas de los presidentes del Gobierno. Una polémica que ha acompañado siempre a las segundas damas, dado que en España el único papel institucional de consorte lo desempeña la Reina. Espinosa asegura, de nuevo por boca de una amiga, en este caso la peletera Elena Benarroch, que se siente «enjaulada». Lo cierto es que las cinco mujeres de los presidentes democráticos han tenido dificultades para encontrar su sitio.
Aunque todas han tenido problemas, los motivos han sido muy distintos. Su estilo de vida y la relación de cada una de ellas con sus maridos han sido diferentes. La mujer de Aznar, Ana Botella, es la única que asumió con gusto el ser segunda dama y trató de llenar de contenido esa condición. Botella mostró siempre una complicidad pública con su esposo que no se ha dado en los otros casos. Estando en la oposición, Aznar ya llamaba «Hilaria» a su mujer, asimilando así su papel al de Hillary Clinton, esposa de quien era en ese momento presidente norteamericano, Bill Clinton.
La mujer de Aznar comparte con la ex de Felipe González, Carmen Romero, el haber ocupado un cargo público estando en la Moncloa. Pero ahí se acaban las similitudes. Mientras Romero tuvo desde joven inquietudes políticas y sindicales y siguió dando clases en el instituto siendo ya González presidente, hasta que en 1989 fue elegida diputada por Cádiz, a Botella el gusanillo de la política le entró estando ya en la Moncloa y tras abandonar su trabajo de inspectora fiscal para acompañar a Aznar. En el 2003 fue elegida concejala del Ayuntamiento de Madrid.
A Sonsoles Espinosa no le llama de momento la política. Es un caso atípico, porque no solo ha rechazado el papel de acompañante invisible y discreta que asumieron Amparo Illana y Pilar Ibáñez Martín-Mellado, esposas de Suárez y Calvo Sotelo, sino que, al contrario que Romero y Botella, vive de espaldas a la carrera de su marido. «Ella no es nada política», asegura Miguel Ángel Nepomuceno, otro de sus amigos autorizados a hablar por ella en el Vanity Fair. A Sonsoles siempre le gustó cantar y cuando llegó a la Moncloa no solo no abandonó esa afición, sino que la potenció. Sus amigas admiten que aunque «ese era su camino», el hecho de ser la esposa del presidente ha «catapultado» su carrera como cantante.
Espinosa, la menos «oficial»
Espinosa es sin duda la que menos ha acompañado a su marido en actos oficiales de las cinco, hasta el punto de haber creado alguna polémica, como cuando rechazó asistir junto a Zapatero a la cena de gala por el 70 cumpleaños del Rey y prefirió cantar esa noche en el Liceo de Barcelona con el coro del que forma parte. Carmen Romero, que sufría también en los actos oficiales, tuvo una presencia pública mucho mayor que la de Espinosa. Amparo Illana, esposa de Suárez, tampoco quiso nunca tener protagonismo, pero asumió el que le tocó vivir como un sacrificio por su marido. «No creo que nadie haya sido feliz en la Moncloa», declaró Illana antes de su fallecimiento en el 2001. Tampoco Pilar Ibáñez disfrutó, dado que Calvo Sotelo apenas estuvo un año y medio en la Moncloa y en una etapa muy convulsa. Tanto Illana como Ibáñez apoyaron a sus maridos en la relación social más que en la política, algo que rechazaron de plano sus sucesoras.
El único rasgo común de las cinco presidentas ha sido su dedicación a la familia, aunque también desde ópticas distintas. Las mujeres de Suárez y Calvo Sotelo fueron amas de casa y madres en el estilo más tradicional. Romero se empeñó en educar a sus hijos con libertad y lejos de la prensa. Y lo logró. Botella y Aznar no tuvieron problema en exponer a su familia, que aparecía siempre en las fotografías, hasta el punto de convertir la boda de su hija Ana en casi un asunto de Estado.
Sonsoles es también muy familiar y por ahí le llegó el mayor problema que ha sufrido hasta ahora. Su deseo de conocer a Barack Obama la hizo romper la regla de no acompañar a su marido. Y también la de que sus hijas no asistan a actos derivados del cargo de su esposo. Sus dos hijas fueron fotografiadas y su peculiar estilo de vestimenta generó críticas en muchos casos crueles. Fue probablemente lo que la hizo alejarse de los focos de manera definitiva.