La Voz de Galicia

En busca de la prueba

España

Antonio Pita madrid

Cerca de 1.600 agentes en España recogen y analizan pistas en la escena del crimen. Son el primer eslabón de la investigación, la Policía Científica.

02 Nov 2002. Actualizado a las 06:00 h.

Un simple pelo, la grabación de una voz o un casquillo de bala pueden llevar a la identificación de un criminal. La encargada de estudiar estas pruebas es la Policía Científica. El lado más atractivo del cuerpo es quizás el más desconocido, a pesar de que cerca de 1.600 agentes en España trabajan diariamente en el estudio de cualquier indicio que puede llevar a resolver un delito en alguna de las 170 comisarías de nuestro país que cuentan con estas unidades. Su labor es la piedra angular de toda investigación porque consiste en encontrar las pruebas. No trabajan en Las Vegas ni tienen una serie de televisión, pero son los C.S.I. españoles. Todo comienza con la inspección ocular de la escena del crimen. Tras establecer un perímetro de seguridad en la zona, para evitar posibles alteraciones del lugar de los hechos, se procede a la búsqueda de cualquier indicio de la autoría del delito. No siempre resulta: el año pasado, tan sólo uno de cada diecisiete exámenes visuales llevó a la detención del sospechoso. En ocasiones, el fracaso de la investigación es responsabilidad de una inspección poco profunda. Carlos Braña, jefe de la sección de Inspecciones Oculares, explica que «hemos llegado a encontrar pruebas en el lugar del crimen cuatro años después de iniciar la investigación». Su comisario general, Carlos Corrales Bueno, aún va más lejos y asegura que «no hay crimen perfecto, sino investigación imperfecta». La pista por excelencia sigue siendo la huella. Y es que muchos delincuentes insisten en no emplear guantes, a pesar de que nadie ignora a estas alturas que dejar la marca de los dedos significa ser identificado. De hecho, el 90% de los casos todavía se resuelve gracias a este método, denominado lofoscopia. En la actualidad, las huellas no sólo se obtienen de superficies lisas, limpias y pulimentadas, donde son claramente visibles por medio del tradicional polvo blanco formado por carbonato de plomo. Los vapores generados por el ciano (más conocido por superglue ) revelan también las huellas que no se podían ver en un principio. Hasta del cuello de una víctima estrangulada se pueden obtener los dactilares de un asesino. Estas impresiones se estudiarán para compararlas con las aproximadamente 13 millones de huellas, diez por cada reseñado, que incluye el SAID (Sistema Automático de Identificación Dactilar). En este macro archivo informático se encuentran las marcas de los dedos de todos aquellos que han cometido en España un delito en los últimos veinte años. Al introducir los datos, el ordenador selecciona cinco candidatos otorgándoles puntuaciones según la coincidencia con la huella encontrada. La Policía Científica no tiene acceso a la impresión dactilar que se toma a los españoles al hacer el DNI, salvo con autorización judicial, pero sólo sería útil si coincide la huella del delito con la del único dedo del que se toma la muestra. Una cruz en el proyectil Sólo la huella y el ADN permiten identificar al autor de un delito. Sin embargo, hay otros muchos elementos de la investigación que ayudan a resolver el caso. Uno de ellos es la balística forense, el estudio de las armas de fuego. Cada modelo deja al detonar una serie de señales distintas en la munición. En el caso del francotirador del tarot , cuando la policía estadounidense aún desconocía su identidad ya relacionaba los crímenes gracias al examen balístico. El arma y la munición empleada guía además a los agentes a la hora de establecer el perfil del asesino: si es o no un profesional, la distancia desde la que dispara, etcétera. En ocasiones, la balística da más pistas de las que a priori se podrían obtener. Es el caso del asesino del inspector Llorente, el pasado verano en Madrid, que firmaba las balas con una cruz en el proyectil. La sección de Antropología Forense abarca el estudio de restos cadavéricos para determinar las circunstancias relativas a la muerte, el retrato robot y la entomología forense. Ésta última se encarga del estudio de los insectos con el fin de datar la fecha de una muerte. En lo que va de año apenas se han empleado estas técnicas en cuatro o cinco ocasiones. Sin embargo, su utilización puede aportar datos interesantes. Según el inspector que se encarga de dirigir esta sección, Rodríguez Peral, «en función de la región, la altura del suelo a la que esté el cuerpo y el estado de descomposición en que se encuentre se puede determinar no sólo el tiempo que lleva muerta una persona, sino si el cadáver ha sido trasladado o desenterrado». La identificación por la voz o la detección de manipulaciones gracias al análisis de grabaciones de audio, denominada acústica forense, también ofrece una importante ayuda a la investigación, sobre todo en aquellos casos en que se dispone de escasas pistas. El análisis detallado de una llamada telefónica en el caso de Anabel Segura dio la clave para averiguar el paradero de sus asesinos. De fondo se escuchaba una conversación en la que se empleó la expresión «bolo», un apelativo típico de la zona de Toledo. Por último está el papel de la sección de documentoscopia, que determina la autenticidad o falsedad de firmas y documentos. Sus agentes logran desvelar si la letra de un texto coincide con la muestra de escritura tomada en comisaría a un sospechoso, aunque éste trate por todos los medios de cambiarla.


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