El portero que eliminó al Madrid, el técnico que conquistó el Bernabéu y el «padre» de Luis Suárez
Deportes
03 Jun 2009. Actualizado a las 02:00 h.
«Yo no soy nadie, nadie, ¿por qué una entrevista?», repetía el señor de la boina a todo aquel periodista que se le acercaba en los últimos años. Como todos los genios sensatos, Rodrigo era modesto. Si te fiabas de su discurso, no solo no era nadie, sino que nunca había hecho nada. Como si solo pasase por allí, entendiendo por allí algunos de los momentos más gloriosos de la historia del Deportivo. Si le recordabas que era el entrenador cuando el equipo coruñés venció por primera vez en el Santiago Bernabéu, te decía que aquel partido lo ganaron Otero, con sus paradas, y Pahíño, con sus goles. Si le colgabas el cartel de descubridor de Luis Suárez, te contestaba que a Luisito «lo hicieron su padre y su madre».
Solo al nombrarle la gesta de 1932 se quedaba sin argumentos. Aquel 15 de mayo, en el viejo Chamartín, se enfrentaron en partido de vuelta de octavos de la Copa el campeón de Liga contra un equipo gallego de Segunda. En la ida, un Dépor con nueve gallegos había ganado por 2-0 a un Real Madrid que contaba con nueve internacionales. Los blancos buscaban la remontada, pero se toparon con un portero supremo y lograron un insuficiente 2-1. La prensa madridista lo apodó «Don Rodrigo», cual Cid de provincias. Al señor de la boina, al Di Stéfano del Deportivo, se le encendían los ojos al recordar aquel episodio, pero aún así restaba hierro a su actuación. Las crónicas cuentan que le hicieron 76 disparos a gol: «Moitas me parecen», replicaba. Solo le hicieron dos goles, «uno de penalti injusto y otro en fuera de juego», clamaba décadas después.
Paseado a hombros
De vuelta a A Coruña, los aficionados lo pasearon a hombros desde la estación del tren. «Tengo el recorte del periódico en casa», apostillaba por si no te creías el episodio de exaltación. Aquella actuación fue la cumbre de su carrera como futbolista, iniciada en el Deportivo en la temporada 1927-28, en la que consta que disputó un amistoso. Se asentó en la titularidad en la 31-32, en la que, en Segunda, el Dépor trituró al Celta (5-0) «en el mejor partido de la historia del club», según las crónicas de la época.
En 1935 lo fichó el Real Madrid. Se sentía orgulloso de ese paso fugaz por el equipo blanco: «Fui suplente de Zamora, el Divino», apuntaba. Pasó por el Granada, de Segunda División, antes de volver al Dépor, con el que se proclamó campeón gallego por tercera vez en 1937. Se retiró tras la Guerra Civil, dejando sitio bajo los palos a un chaval que luego fue leyenda: Acuña.
Ya como técnico, entrenó al Deportivo en la campaña 55-56, en la que el equipo firmó dos hitos: ganó por primera vez el Teresa Herrera (al vencer al Athletic en la prórroga) y logró su primera victoria en el Santiago Bernabéu (1-2).
Forjador de talentos
En el banquillo, destacó también al mando de la Fábrica de Armas, al que hizo campeón de Liga y Copa coruñesas. Este club se rebautizó después, ya bajo tutela del Dépor, como Deportivo Juvenil. Rodrigo lo ascendió a Tercera y a Segunda, creando un gran vivero de jugadores para el primer equipo. En los entrenamientos del Juvenil, Rodrigo enseñaba nociones básicas a un retaco de nueve años llamado Luis, hermano de dos de sus jugadores, Agustín y Pepe. Aquel niño creció y, a día de hoy, sigue siendo el único Balón de Oro de la historia del fútbol español: «Le debo muchísimo, es una de las personas que más ha influido en mi carrera», escribió Luis Suárez, aquel chavalito, en La Voz con motivo del centenario de Rodrigo.
Viudo y sin hijos, todos los días iba a San Amaro a visitar la tumba de su mujer. Desde hoy yacerá allí Rodrigo, que ayer ingresó en el panteón de los deportivistas ilustres, junto a Chacho, Luis Otero, Acuña y José Luis Vara.