«Paso mucho miedo»
A Coruña
En directo | Un enfermo cuenta sus viajes en ambulancia Marcelino Vázquez pide más seguridad en el vehículo; esta semana ya se ha caído dos veces
17 Jan 2004. Actualizado a las 06:00 h.
Todos los lunes, martes, jueves y sábados del mes, Marcelino Vázquez espera a las ocho de la mañana en la puerta de la residencia Sor Eusebia, en Bens. Cuatro días a la semana, una ambulancia lo recoge puntual y lo lleva al hospital Juan Canalejo. Marcelino, a punto de cumplir los 49, natural de Asturias, pero gallego de adopción desde los tres años, necesita diálisis. Cinco horas al día literalmente enchufado a una máquina. «Es bastante duro, cansa mucho», reconoce. Pero no es el único mal trago por el que tiene que pasar. Su enfermedad lo apartó de su trabajo de soldador, le ha amputado las piernas y apenas le deja ver. Ahora, viajar en la ambulancia de casa al hospital y de vuelta a casa se ha convertido en un suplicio más para Marcelino. Esta semana ya se ha caído dos veces. La rudimentaria rampa por la que sube al vehículo se desplomó y con ella Marcelino y su silla de ruedas. Se golpeó la cabeza y la espalda. El segundo percance sucedió dentro, en marcha. El traqueteo hizo que se fuese a dar de bruces contra el suelo. Cinturón de seguridad «No es la primera vez que frenan y yo estoy dando tumbos de atrás para delante. Tanto que avisan por la televisión de ponerse el cinturón de seguridad y la ambulancia va sin él», critica. «Aún me va a matar antes esto que mi enfermedad», añade. El pasajero sólo va amarrado por la cintura, y no con los tres anclajes obligatorios, como recuerdan los trabajadores de transporte de enfermos en servicios programados, que han ido a la huelga para reclamar mejoras en la flota. «Es la única forma de conseguir un transporte digno. Si les hicieran caso, no lo harían. El que trabaja tiene que tener buena herramienta, ¿no?», sentencia. A Marcelino lo suben a la ambulancia. Es la primera vez que lo hace en camilla; lo habitual es que sea en silla de ruedas. Hoy le toca ir con Víctor y Liberto. «Yo estoy muy contento con los chicos, se portan muy bien. El problema es que con los golpes la silla se suelta», explica. Acomodado en la ambulancia, Marcelino regresa a Bens como en una coctelera: entre zarandeos y con el ruido de los artilugios que se mueven por el vehículo. «Así siempre», señala. «A ver si ponen una rampa mejor o un sistema nuevo y puedo ir tranquilo», agrega. El conductor le anima con un «pues imagínate ir así hasta Fisterra». Un regalo Pero Marcelino no se consuela. «Voy temblando de caer. En casi dos años ya van unas diez caídas», asegura. Por eso para su cumpleaños pide una ambulancia «como Dios manda». «Es que paso mucho miedo», confiesa.