La Voz de Galicia

Pelopincho las mataba callando

Barbanza

JAVIER ROMERO RIBEIRA / LA VOZ José Antonio Pouso Rivas

De anónimo marinero de Castiñeiras a narcotransportista apasionado de las mujeres brasileñas, preferentemente si llevaban su nombre tatuado

09 Feb 2014. Actualizado a las 16:37 h.

A Pelopincho le gustaba el mar. Incluso para trabajar, pero no para faenar. Prefería transportar coca. Aunque también conocía bien el comercio de otros géneros como el hachís y, antes, el tabaco. José Pouso Rivas tendría que alcanzar en el 2014 la barrera de los 60 años. Siempre que siga vivo, algo que las fuerzas de la lucha antidroga no creen que sea verdad. Públicos son los últimos veinte años de su vida. Su presencia en los medios de comunicación ha sido constante, sobre todo después de desaparecer hacer unos cuatro años en extrañas circunstancias. Las mismas fuentes lo atribuyen a un ajuste de cuentas por un alijo fiado, por un clan marroquí, de hachís que teóricamente se hundió frente a la costa de Lisboa.

Juicios, penas de cárcel, dinero, abogados, un patrimonio valorado en varias decenas de millones de euros, un séquito de acólitos y testaferros, mujeres, hijos y, sobre todo, cocaína contabilizada en toneladas. Pero antes de embarcarse en esta vida de excesos ilícitos, Pelopincho era José, un discreto y humilde marinero de Castiñeiras. En concreto de A Ameixida. Esta semana, allí mismo, el padre del narcotraficante de Ribeira que posiblemente más patrimonio acumuló declaraba a la puerta de la casa familiar que no sabía -ni quería- tener noticias de su popular vástago. «Eu non quero saber nada do meu fillo. Non sei se está morto ou non. Dende aquela non volvín a saber nada e non me interesa, perdoade pero non quero falar de nada desto».

Empieza en Canarias

A diferencia de su coetáneo de Ribeira en el negocio, Carallán, Pouso Rivas no estaba en boca de la gente por su forma de ganarse la vida. Además de pescar, son pocos los que recuerdan su trabajo tras la barra de un bar. La biografía policial lo sitúa en Canarias a mediados de los noventa. Allí el tabaco de contrabando era su forma de ganarse la vida. Es ahí cuando empieza a acercarse a la cresta de la ola en el transporte, en barco, de grandes cantidades de droga que fueron alimentando su obscena riqueza.

Galicia no tardó mucho en volver a ser su casa. Pero ya no Barbanza. A Ribeira solo venía de paso, principalmente para visitar a su familia. Brión y el entorno de Padrón le sirvieron de residencia. En torno a su gran patrimonio hiló una red de testaferros formada, principalmente, por mujeres. Sus muchas parejas, casi siempre brasileñas, cumplían esa función. Además, algunas comprometieron su lealtad de por vida tatuándose el nombre de este narco. Así consta en informes policiales, que también concluyen la gran lealtad que le conferían, como se pudo ver en el juicio por blanqueo de la operación Cormorán, con ellas imputadas y en la que «ninguna tiró de la manta».

Esa fidelidad sigue llamando aún hoy la atención de quienes investigaron sus andanzas: «Muchas aceptaban que él cambiase de pareja, incluso a veces cuando la nueva era familiar de la anterior. Se le atribuyen unas ocho novias oficiales y otros tantos hijos, aunque alguno de ellos pasaron a ser tutelados por el padre de Pelopincho».

De copas en zapatillas de fieltro

El paso de Pelopincho por Outes sigue latente desde que desembarcó, sobre el año 2000, en la playa de Broña para hacerse cargo de un hostal que compró al contado. «Su aspecto era despreocupado, y solía ir a otros negocios para hacer gasto pero en zapatillas de fieltro, de las que se usan para estar en casa». Su ritmo de vida era normal, lejos de la ostentación: «Otra cosa era en los bares, allí le gustaba invitar a rondas». El uso de hasta cuatro teléfonos móviles a la vez también es recordado.

Una de sus últimas parejas, que a la vez es madre de varios hijos suyos y que también cree que está muerto, recordaba esta semana que José Pouso «era un buen padre y mejor marido. Muy casero, y amigo de sus buenos amigos, no de los que buscaban la conveniencia». A Pelopincho, según lo relatado por esta mujer, «le gustaba separar el ambiente familiar del otro, que era muy diferente. En casa hacia reuniones con allegados cada vez que podía». Esta expareja evoca también algunas cuestiones personales: «Podía sorprenderte una mañana con el desayuno en la cama. Recuerdo que el día que supimos que estábamos esperando un hijo me llenó la casa de flores. Él se preocupaba de que la relación no perdiese la chispa con pequeños detalles como estos».

Esta mujer, que decidió no regresar a su Brasil natal para quedarse en Galicia, reconoce que es una de las que se tatuó el nombre y los apellidos de Pelopincho. «Lo hice decidida... Él es la persona más importante de mi vida, y creo que lo seguirá siendo hasta que me muera», explicaba en una conversación telefónica hace pocos días en la que al reflexionaba, en alusión a su posible fallecimiento, que «la razón me dice que no hay nada que hacer, pero el corazón me pide que siga teniendo esperanza. Que a lo mejor está vivo».

Narcos de Barbanza desaparecidos José Antonio Pouso Rivas


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