Negocios con historia: A Perla, el bar que ya es una comunidad
Arousa
Marián García repasa un cuarto de siglo de trabajo, sacrificios y fidelidad de la clientela mientras reivindica el papel de los pequeños negocios como punto de encuentro de todo un barrio
10 Jul 2026. Actualizado a las 05:00 h.
Cuando Marián García abrió su primer bar creyó que la hostelería era un oficio sencillo. Había visto a otros propietarios entrar un momento en el local, recoger la caja y marcharse. «Pensei que era o chollo de mundo», recuerda con una sonrisa. La realidad, sin embargo, fue muy distinta. «Despois de 25 anos sigo traballando detrás da barra dun bar. Está claro que non era», bromea.
Aquella aventura comenzó en el Mimosa, un pequeño establecimiento en el que apenas permaneció diez meses antes de trasladarse al local que todavía hoy regenta, A Perla. Han pasado casi veinticinco años desde entonces, un tiempo suficiente para ver crecer varias generaciones de clientes y comprobar cómo un bar puede convertirse en mucho más que un negocio. Ser una comunidad. Los primeros años fueron especialmente duros. Durante dos ejercicios completos levantó sola la persiana cada mañana y la bajó cada noche, sin un solo día de descanso. «Traballei de 8 da mañá ata o peche os 365 días do ano», recuerda
Si hay una palabra que resume su trayectoria es paciencia. «Moita paciencia e moitas ganas tamén», responde cuando se le pregunta cuál ha sido el secreto para mantenerse durante tanto tiempo. Esa capacidad de adaptación fue decisiva en momentos especialmente complicados, como la pandemia, cuando decidió mantener el negocio abierto preparando comida para llevar en lugar de cerrar completamente. Sin embargo, el Covid no ocupa el primer lugar entre sus peores recuerdos. La crisis que siguió al estallido de la burbuja inmobiliaria dejó una huella mucho más profunda. «O meu negocio é de xente traballadora indiscutiblemente. Cando chegou o momento que a construción parou, pararon fontaneiros, albaneis...», recuerda.
Pese a todo, nunca perdió el contacto con quienes confiaban en el bar. Y recuerda a Ramiro, el primer cliente al que atendió en el Mimosa y destaca con orgullo que sigue cruzando la puerta del local. Esa fidelidad constituye, para ella, la mayor recompensa que puede recibir un hostelero.
Porque detrás de la barra no solo se sirven cafés o cañas. También se escuchan confidencias, preocupaciones y problemas personales. Con el paso del tiempo comprendió que esa cercanía, uno de los rasgos que distinguen a los bares de barrio, puede convertirse también en una pesada carga emocional. «Nós temos a mala costume ao mellor de coller confianza con moitísima xente. Ao mellor os problemas deles chúpalos ti», explica. No siempre resulta sencillo. Después de tantos años existen familias con las que el vínculo va mucho más allá de la relación entre un cliente y quien está detrás de la barra.
La peatonalización
El propio barrio también ha cambiado en este cuarto de siglo. La peatonalización de la calle supuso un punto de inflexión para el negocio. Donde antes apenas había espacio para un par de mesas, ahora la terraza se ha convertido en uno de los principales atractivos del establecimiento.
La recuperación tras la pandemia también estuvo marcada por el respaldo de una clientela que nunca dejó sola a Marián. Durante los meses más difíciles, muchos vecinos recurrieron al servicio de comida para llevar como una forma de apoyar al negocio. Aquel vínculo sigue vivo hoy a través de un grupo de WhatsApp que reúne a más de doscientas personas. Ese agradecimiento convive, sin embargo, con una visión muy crítica de la realidad que afrontan los pequeños empresarios. Después de veinticinco años como autónoma, considera que el mayor obstáculo no ha sido la competencia ni las crisis económicas, sino la carga administrativa y fiscal que soportan quienes trabajan por cuenta propia. «Quéimannos a impostos, a pagos... Non temos a ninguén que nos axude», lamenta La conversación deriva entonces hacia una reflexión sobre el significado de ser autónomo. «Un autónomo nunca acaba de traballar. Ata durmindo estamos pensando no que temos que facer», explica. Por eso, cuando mira hacia atrás, reconoce que volvería a elegir muchas de las personas que ha conocido, pero probablemente no el mismo camino profesional. No lo dice desde la amargura, sino desde la experiencia. Ahora sabe que detrás de cada café servido hay horas de trabajo, sacrificio y dedicación. Y también la satisfacción de haber convertido un negocio en una parte inseparable de la vida de todo un barrio.