Con los sensores para controlar la glucosa casi en tiempo real, los atletas buscan aumentar su rendimiento, pero ¿son eficaces? y si es así, ¿son competencia desleal?
Por Lourdes Gómez
Miércoles, 8 de junio 2022, 17:37
Pulsómetros, relojes con electro- cardiograma, sensores de movimiento, suelas reforzadas con fibra de carbono, vestimenta mejorada... El deporte se enfrenta desde hace años a un tipo de doping no químico, sino tecnológico.
La nueva tendencia es la monitorización continua de la glucosa o CGM. Se desarrolló para tratar a los diabéticos, pero ahora muchos atletas de pruebas ... de resistencia esperan que aumente su rendimiento.
El principio es sencillo: los atletas introducen un biosensor en el tejido subcutáneo de la parte superior del brazo. El sensor está conectado a un microchip que mide el nivel de azúcar en los tejidos y lo transmite por bluetooth. El reloj o el móvil avisan cuando el nivel de azúcar baja.
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Todos los atletas temen ese momento: la pájara. Se supone que estos dispositivos van a alertar antes de que se produzca y los atletas van a poder comer (ingerir azúcar) específicamente para compensarlo. La cuestión es si esos sensores suponen una ventaja desleal. En Estados Unidos no están permitidos; en Europa, sí. Pero lo 'sospechoso' es que la UCI, el organismo rector del ciclismo mundial, prohibiese los chips CGM el año pasado. Lo que ha venido a disparar el interés en ellos: la prohibición parece avalar su eficacia.
En 2020, la empresa Supersapiens, con la farmacéutica Abbott, comercializó estos sensores (uno cuesta 65 euros y dura 14 días) para uso deportivo.
La empresa cifra el aumento del rendimiento entre el 10 y el 20 por ciento, pero apenas existen estudios fiables.
Lo único cierto es que, mientras la temperatura o el pulso son fáciles de medir, la monitorización de la glucosa en el deporte no lo es: ¿quién se tomaría una muestra de sangre durante una competición?
La mayoría de los atletas confía en su ansia de comer para evitar que el azúcar baje. Pero eso puede ser engañoso. Ahí entran los CGM, que tampoco son infalibles, porque los niveles de azúcar no solo dependen de lo que comas.
En el torrente sanguíneo normal se encuentra el equivalente a una cucharadita de azúcar y el cuerpo está diseñado para que se mantenga así.
Si comes tres bolas de helado, tu páncreas liberará insulina para reservar el azúcar extra en los músculos y en las células adiposas. Si te persigue un león, tus hormonas del estrés desencadenarán una marea de glucosa para darles a tus músculos la energía necesaria para huir o pelear.
Cuando te ejercitas, tus músculos utilizan la glucosa cien veces más rápido que cuando estás en reposo... Es un delicado balance el que mantiene los niveles en sangre dentro de los límites justos de 70 a 140 miligramos por decilitro. Por eso no se puede asumir sin más que unos bajos niveles de glucosa equivalen a quedarse sin energía. Y puede que el MGC, como dicen sus detractores, sea solo un aparato más para estresarnos con otra cifra que ni siquiera entendemos todavía.
El chico diabético detrás de Supersapiens
Phil Southerland es el fundador de Supersapiens, la empresa pionera en la comercialización de CGM para los deportes. Southerland, de 40 años, es diabético. Desde niño, para medir su nivel de glucosa en sangre, tenía que pincharse el dedo una y otra vez, analizarla con un medidor... y, pese a ello, quería ser ciclista profesional. Y lo fue. A los 24 años inscribió a su equipo, formado únicamente por diabéticos, en una de las carreras más duras del mundo: la Race Across America, desde California hasta la costa este de Estados Unidos. En total, 4800 kilómetros, de día y de noche, interrumpidos solo por breves descansos para dormir en un autobús de escolta. En 2007, su equipo de ocho ciclistas con diabetes ganó la carrera. Y estableció un nuevo récord: 5 días, 15 horas y 43 minutos. Southerland dice que el CGM fue su arma secreta. «Al principio nos consideraban los tipos raros con sensores en los brazos –dice–, ahora casi todo el mundo en estas competiciones los usa».
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