Sin salir de Sevilla se convirtió en el pintor español más internacional de su época, eclipsando a Zurbarán e incluso a Velázquez. Recorremos su vida: los 15 cruciales años en los que se forjaron su estilo y el secreto de su éxito.
Por Berta Blanco
Jueves, 15 de junio 2023, 14:00
Su fama tardó en despuntar. Tenía ya 27 años cuando asombró a Sevilla con su primera obra maestra: la decoración del claustro chico del convento de San Francisco. Seis lienzos monumentales con escenas de la vida de los santos de la orden, el tipo de encargo al que tarde o temprano tenían que enfrentarse los grandes pintores del siglo XVII que trabajaron para las órdenes religiosas y que ponía a prueba no sólo su maestría técnica, sino su capacidad para crear tipos y composiciones nuevas. Murillo superó el reto con creces. Sorprendió a todos con la naturalidad completamente nueva de las actitudes y las fisonomías, con su manera de dar verosimilitud a la leyenda, de acercar lo sobrenatural a lo cotidiano.
Aunque el lenguaje era aún el de la pintura tenebrista, el sentimiento –comprensivo y afectuoso– hacia el tema es ya el que lo convirtió ... en inconfundible favorito del público, que se preguntaba de dónde había salido su autor. Hubo quien pensó que el pintor se había encerrado un tiempo en casa a estudiar «del natural», en lugar de copiar ideas a través de grabados de obras ilustres, como era habitual entonces.
Un respetado historiador de la época afirmó que Murillo saltó a la fama tras un viaje a la corte madrileña, donde conoció a Velázquez y vio las obras maestras de la colección real. Sin embargo, no hay más viaje documentado del pintor que uno muy posterior. Fue a Madrid y es el único. Algún crítico le reprochó, así, su provincianismo. Dijo que para ser 'el Rafael español' le faltó el viaje a Italia, asignatura casi obligatoria en su tiempo para adquirir reputación.
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Pero Murillo tuvo una escuela no menos valiosa, las calles de Sevilla en pleno Siglo de Oro español. Y algo no menos significativo: un carácter modesto, caritativo y amable, en notorio contraste con lo que abundaba entonces en el mundo del arte.
Entre esos polos, su vida y su obra discurren con insólita 'normalidad' y dulzura, ajenas siempre al gesto extremo, la amargura o la dureza a las que invitaba la época. Fue el último hijo de una familia de 14 hermanos y se quedó huérfano de padre y madre con nueve años. Sin dinero y bajo la tutela de un cuñado, lo tienta el sueño americano, muy vivo en la Sevilla del siglo XVII, y se apunta en los galeones del marqués de Cadereita para irse a las Indias. Tenía 15 años, aunque él declara 17.
Se cree que no llegó a embarcar y que se puso a estudiar pintura en el taller de un pariente. Empezó a vender pequeños cuadros devocionales para los cargadores de Indias. Un largo periodo en el que pinta influido por artistas activos en Sevilla: por Zurbarán, con sus volúmenes netos y sus santos terrenales; por Roelas y sus coloridos fondos venecianos; y por los grandes modelos de la pintura italiana y holandesa, conocidos por estampas y grabados. La Virgen del rosario es un buen ejemplo del eclecticismo de Murillo en sus primeros años.
En 1645 se casa y pinta el claustro de San Francisco. Ahí está ya el Murillo que «quitó al milagro lo antinatural y al éxtasis, lo enfermizo». El dueño de un lenguaje profundamente personal, tan distante del ampuloso dinamismo de Rubens o del plateado colorido de Velázquez como de la artificiosa teatralidad italiana. El lenguaje de un creyente sincero que, conmovido por las historias que representa, quiere conmover a su vez. En total sintonía con los postulados de la reforma católica, Murillo invoca la complicidad sentimental del espectador trasladando lo sagrado al discurrir cotidiano.
Se convierte así en el artista favorito de los numerosos conventos de la ciudad. El 'especialista' por antonomasia en imágenes de devoción y, muy concretamente, en Inmaculadas.
Pero tuvo además otra clientela, igualmente fiel, de coleccionistas adinerados, mercaderes norteuropeos sobre todo, para los que pintó una formidable galería de niños de la calle y escenas de costumbres, la otra cara de su genio pictórico, que también dedicó su mirada –aquí más comprensiva y exacta que conmovida– a la cruda realidad sevillana. El niño espulgándose, propiedad del Museo del Louvre, se considera el primer cuadro de su larga serie de pequeños mendigos, protagonistas insignes de la literatura picaresca, pero ausentes de la pintura española hasta que Murillo los inmortalizó para siempre. Jugando a los dados, comiendo, contando unas monedas... Recreándose en la gracia del gesto, del momento capturado vivo. Con la frescura de la instantánea frente al posado, que se diría hoy. Y sin mensaje o denuncia moral alguna.
Murillo fue incluso miembro de importantes cofradías religiosas: la del Rosario, la de la Venerable Orden Tercera de San Francisco o la de la Santa Casa de la Caridad, en la que se ocupó de atender a los moribundos y repartir el pan a los pobres. No era ajeno a la durísima realidad sevillana, denunciada por médicos, como Pérez de Herrera en su libro Amparo de pobres, y por frailes, como el franciscano Martínez de Mata en su famoso Memorial de la despoblación y pobreza de España y su remedio, del que se colocaron pasquines por las calles.
Sabía de los ideales de justicia social que divulgaban, entre los cuales estaba el desenmascarar a los falsos pobres y a los mendigos extranjeros: «Los haraganes de toda Europa tienen aquí escala franca –escribe el franciscano–. Roban a sus anchas su limosna a los naturales y a los legítimos pobres, y nadie los amilana.»
Pero su retrato de la infancia se queda con el juego, no con el desamparo, con el lado amable de la vida, aunque nada más casarse estalló en Sevilla una epidemia de peste en la que murieron 70.000 personas, casi la mitad de sus habitantes. Y aunque justo entonces el comercio con las Indias se traslada a Cádiz, se deprecia la moneda, suben los impuestos, cunden las revueltas. La penuria y la insalubridad se adueñan de la ciudad. La supervivencia y la paz social dependen cada vez más de la caridad. Y de la devoción, con su consoladora esperanza en un más allá. Murillo acertó a pintar ese mundo celestial de forma magistral. Lo pobló de personajes comprensivos y afectuosos que infunden a los mortales cariño y calor desde sus cielos dorados.
Seguramente plasmó su propia necesidad interior. Enviudó, tras 18 años de matrimonio, y no se volvió a casar. De sus nueve hijos sólo tres lo sobrevivieron; una hija monja desde los 14 años, un hijo que embarcó a las Indias y otro sacerdote. Los últimos 20 años de su vida, los de su mayor gloria profesional, son años de soledad. Pero su pintura se va haciendo más suave y ligera a medida que sus circunstancias se endurecen.
Entra en lo que, burdamente, se ha llamado 'etapa vaporosa': el dominio de la luz y de la perspectiva aérea. La gama cálida del color. La virtuosa graduación de la pincelada... Toda una anticipación de la sensibilidad rococó, que lo convirtió en uno de los artistas más admirados –y codiciados– del siglo XVIII.
Sus obras estaban tan solicitadas que durante el reinado de Carlos III se dio la orden de que no se vendieran a extranjeros. La pasión que despertaba su pintura en toda clase de público llegó hasta el siglo XIX. Su Inmaculada de los Venerables, luego llamada De Soult, se vendió en 1852 por el precio más alto pagado hasta entonces por un cuadro.
Bartolomé Esteban Murillo murió con 63 años, tras caerse de un andamio cuando estaba pintando. Murió en plena gloria, pero también bajo la leve sombra de un reproche a su popularidad y su fama, que con mayor o menor intensidad lo ha acompañado siempre. La acuñó su biógrafo: «Hoy se estima un cuadro suyo más que uno de Tiziano o Van Dyck. ¡Tanto puede la lisonja del colorido para atraer el fervor popular!».
⇒ Tema: Inmaculada y triunfal. Todos los grandes artistas de la época pintaron deslumbrantes Inmaculadas. Se inspiran en un texto del Apocalipsis de San Juan que describe la aparición en el cielo de una mujer resplandeciente dominando a Satanás. Pero sólo las de Murillo, por su belleza y por su adecuación al ideal devocional de la Contrarreforma, se convirtieron en un modelo iconográfico universal.
⇒ Edad: a los ojos de Dios no se envejece. Murillo las pintó muy jóvenes, algunas casi niñas, como se recomendaba en El arte de la pintura, del teórico Pacheco, porque «quien está a la vista de Dios nunca envejece»; y con una gran simplicidad de atributos simbólicos, en comparación con las de otros artistas: la mirada hacia arriba indica que María es el puente entre Dios y los hombres.
⇒ Símbolos: choque de civilizaciones barroco. La Luna en cuarto creciente a los pies simboliza el triunfo del cristianismo sobre el islam. El vestido blanco es imagen de la pureza y el azul, atributo de la reina de los cielos.
⇒ Estilo vaporoso: marca de la casa. La luz que envuelve a la Inmaculada, y en la que las pinceladas se esfuman, revela la maestría del pintor en la perspectiva aérea. El 'estilo vaporoso', que tanta fama le dio, preludia el rococó del siglo XVIII.
⇒ Movimiento: 'técnica 'celestial' . El halo de nubes y ángeles, revoloteando en espiral, es, en rigor, un recurso pictórico con el que Murillo consigue dotar al cuadro de su característico movimiento ascensional.
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