El filósofo belga aborda en su nuevo libro la decepción colectiva para explicar por qué el exceso de expectativas produce monstruos. Según dice, la soledad epidémica, la fatiga democrática, la polarización... son síntomas de ese marco mental que ha creado una ilusión colectiva que nos impide ser y estar en el presente.
Laurent De Sutter (Bruselas, 1977) es un filósofo al que le encanta molestar. Profesor de Teoría del Derecho en la Universidad Libre de Bruselas, lo ... que lo ha convertido en una figura pública es una obra ensayística volcánica con más de treinta libros traducidos a quince idiomas. En España publica en la editorial Herder, como el mediático Byung-Chul Han, y no es casualidad. Los dos pertenecen a esa corriente de pensadores que ha sacado la filosofía de la academia para convertirla en una herramienta de diagnóstico del presente con ensayos breves e incisivos que abordan las patologías de la sociedad contemporánea. En Narcocapitalismo, De Sutter argumentó que el sistema nos necesita drogados porque un cuerpo social apático es más fácil de gobernar. En Elogio del peligro abordó nuestros miedos porque, según su tesis, un Estado que promete protección puede exigir a cambio obediencia ilimitada. Y ahora, en Decepcionar es un placer, va a por la pieza que según él conecta todo: la decepción. Su tesis es que la ansiedad, la polarización, la rabia de los jóvenes, la soledad epidémica, la fatiga democrática... todo eso solo son síntomas. La enfermedad de fondo son las expectativas que nos imponen –y que nos imponemos– y que el mundo real no puede cumplir.
XLSemanal. Si decepcionas a tu pareja, se divorcia; si decepcionas a tu jefe, te despide. ¿Cómo puede ser un placer decepcionar si es algo que te hunde?
Laurent de Sutter. Porque estamos confundiendo dos cosas. «Estuve diez años con esta persona y me decepcionó». Cuando alguien dice eso, ¿de quién es el problema? ¿Del que decepciona o del que se siente decepcionado? El decepcionado suele ser el que había construido un retrato ideal del otro.
XL. Pero a veces te decepcionan porque no están a la altura…
L.S. Claro, ¿pero a la altura de qué? De unas expectativas.
XL. A veces esas expectativas nos las ponemos nosotros solitos.
L.S. Eso es lo que creemos, pero no es verdad. Somos animales sociales, queremos pertenecer, y por eso interiorizamos las reglas del grupo hasta que parecen nuestras. Cuando dices «me he decepcionado a mí mismo», en realidad te estás midiendo con un listón que no has puesto tú.
XL. ¿Y ese listón de dónde sale?
L.S. De muy lejos. De los orígenes mismos de la filosofía y sobre todo de la teología: esa idea de que todo está estructurado por la esperanza de lo que vendrá, del paraíso, del fin de los tiempos. Eso es una forma de negar lo que hay. Lo que ocurre aquí y ahora se vuelve se-cundario frente a la realización futura del mundo.
XL. ¿Cómo se traduce eso a la vida cotidiana?
L.S. Cuando vas al cine y sales diciendo «me decepcionó», lo que ha pasado es que no te has encontrado con la película. Has visto algo filtrado por tus expectativas. Y con las personas pasa lo mismo.
XL. ¿Es posible salir de ese marco?
L.S. Sí, pero aceptando que el encuentro real con otra persona o con algo nuevo siempre te descoloca y te obliga a replantearte cosas. Es incómodo e incluso puede resultar traumático, pero de ahí pueden surgir opciones que nunca habrías imaginado. Las expectativas cierran esa puerta. Tienes que atreverte a decepcionar para poder reabrir puertas que tus expectativas habían cerrado. Ese es el placer de decepcionar.
XL. Las redes sociales, las guerras, los jóvenes... Parece que todo el mundo está enfadado. ¿Lo que usted está diciendo es que debajo de ese cabreo hay otra cosa?
L.S. Quizá la decepción es el hilo que une la ira y la ansiedad. Piense en toda una generación a la que desde pequeña le han dicho que podía ser lo que quisiera, que le han dado medallas por todo, que ha crecido con la promesa de que el mundo estaba ahí para ellos. Y de repente no tienen vivienda, no tienen empleo estable, no tienen nada de lo que les prometieron. Están furiosos, claro. Pero debajo de esa furia lo que hay es una decepción enorme con unas expectativas vitales que no se cumplen.
XL. Trump prometió «América primero» y se ha embarcado en operaciones militares fuera, en guerras comerciales que suben los precios a sus propios votantes. Parece que no le importa decepcionar.
L.S. Es que los líderes no son lo interesante en política. Son siempre síntomas de un sistema. Que les prestemos tanta atención es parte de nuestra obsesión con el salvador. Baudrillard decía que «siempre elegimos al más estúpido para disfrutar del espectáculo después». Era una provocación, pero conecta con algo muy antiguo: en muchas civilizaciones se elegía al rey precisamente para sacrificarlo. Era una figura de poder, sí, pero también era el que iba a cargar con todo lo malo. Y nosotros sabemos que no van a cumplir.
XL. O sea, ¿que los votamos sabiendo que nos están mintiendo?
L.S. En parte, sí. Pero lo más grave es lo que viene después: gente como Trump puede decir cualquier cosa porque sus seguidores se han identificado tanto con él que ya no pueden cambiar de opinión. Si lo hicieran, sería como si se estuviesen negando a sí mismos.
XL. Entonces... ¿quién maneja los hilos?
L.S. Hay que olvidarse de Trump, aunque salga hasta en la sopa. Son los miembros de la Heritage Foundation que redactaron el Proyecto 2025. Novecientas veinte páginas de medidas casi administrativas, de fontanería institucional. Ahí está lo verdaderamente político. Donald Trump no es nada.
XL. O sea, que hay un plan detrás, aunque Trump ni sepa lo que pone en él.
L.S. Exacto. Y el problema es que enfrente no hay nada equivalente. Un proyecto así no lo vas a contrarrestar con esperanza ni con indignación, sino con trabajo duro, con una lectura precisa de lo que han escrito, y luego imaginando otro plan, pero en la dirección contraria.
XL. ¿Y ese plan existe?
L.S. No. Y esa es una de mis grandes decepciones. Ni los demócratas en Estados Unidos ni la izquierda europea ni nadie ha hecho ese trabajo.
XL. Tampoco hay una figura inspiradora. Ya no hay un Martin Luther King, un Mandela...
L.S. Claro, pero es que tenemos que dejar de buscar al líder mesiánico. La política entendida así es un espectáculo, y nosotros somos el público. Y lo preocupante es que quienes mejor han entendido que vivimos en una sociedad del espectáculo son los más extremistas. Ellos saben que la política hoy funciona como un escaparate: no se trata de cumplir promesas, se trata de mantener el show. Y lo hacen con una eficacia demoledora.
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XL. ¿Los partidos tradicionales no han comprendido las nuevas reglas del juego?
L.S. Gran parte del drama de la opción progresista en los últimos 25 años es que ha sido reactiva. Tenemos sanidad universal y, si alguien la ataca, toca defenderla. Bien, pero ¿por qué no pedir directamente la gratuidad absoluta de todos los servicios sanitarios?
XL. Porque no es realista.
L.S. ¿Y qué tiene que ver el realismo? La política consiste en crear tu propia realidad. O como decía el eslogan de Mayo del 68: «Sed realistas, pedid lo imposible». Cuando la ultraderecha ataca a «todos esos aprovechados que cobran del paro», la izquierda se pone a defender el subsidio. Error. Lo que debería hacer es reivindicar una renta básica universal: 1500 euros para todo el mundo.
XL. Eso tampoco es algo que parezca muy práctico.
L.S. No es cuestión de que sea practicable o no. Cuando Donald Trump y sus acólitos europeos dicen «vamos a expulsar a todos los inmigrantes del país», eso tampoco es practicable. Pero se atreven a decirlo, y con eso marcan el terreno de juego. La izquierda no se atreve a responder con algo igual de ambicioso. Aunque sea impracticable, si la propuesta es generosa e inclusiva, al menos tienen una narrativa con la que contrarrestar ese discurso.
XL. Los jóvenes giran hacia la extrema derecha en toda Europa. ¿Ahí la decepción se convierte en rabia?
L.S. Se han decepcionado porque han oído demasiadas promesas de riqueza y fama, las que ves en TikTok. Nadie quiere ser un fracasado. Y si el mundo en que vivo hace imposible mi éxito, tengo que cambiarlo. Si los únicos que escuchan mi frustración son los extremos, voy hacia allí. Pero el problema de fondo es el discurso del éxito.
XL. ¿A qué se refiere?
L.S. El deporte se ha convertido en la actividad central de nuestra época. Todo va de ganar, de superar límites, de vencer. Eso no es casual: es el síntoma de una sociedad que solo entiende la vida en términos de competición. Y cuando fracasas, no hay red que te recoja.
XL. El orden mundial se desmorona: la ONU paralizada, el derecho internacional ignorado, las alianzas fracturándose. ¿Hay que dejar de esperar que las instituciones nos salven?
L.S. La globalización no es una elección. Siempre nos hemos globalizado. Hace 300.000 años, viajando a pie, ya estábamos globalizando. Lo que vivimos ahora no es desglobalización, es una globalización corrompida. Estados Unidos quiere un mundo en el que pueda ir a Groenlandia a sacar petróleo. No veo posibilidad de salvarnos retrayéndonos a nuestras fronteras.
XL. Entonces, ¿qué hacemos con Europa?
L.S. Europa tenía algo que mostrar al mundo: que existía otro escenario posible para la globalización. La unión de pueblos, la disolución lenta de las naciones en algo más grande.
XL. Y para colmo tenemos la inteligencia artificial...
L.S. La cuestión no es si la IA puede pensar de forma original, que no puede, sino si tú vas a pensar mejor interactuando con ella. Y la respuesta es 'sí', pero solo si sabes usarla, porque en ese caso la desafías, la refinas, la haces trabajar contigo. Al final sigue siendo cosa nuestra. Somos nosotros tecleando palabras, es nuestro pequeño cerebro el que dicta esas palabras para que la IA las recoja y nos ayude a entendernos mejor.
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