La mayoría las vio entre los 14 y los 17 años. En un cine club, en la Filmoteca... Y le abrieron la mente. Su visión, sus referencias, sus obsesiones hunden parte de sus raíces en estas obras maestras. Isabel Coixet nos revela los títulos que la empujaron a ponerse detrás de la cámara.
Esta la he visto como 20 veces, esta también, esta otra no sé cuantas, esta la veo cada vez que...». Isabel Coixet está conectada a estas películas, las vio siendo una adolescente; algunas, incluso, de niña, pero le siguen fascinando casi tanto como el primer día. O, al menos, recuerda con nitidez el momento en que se encontró con ellas. Son, al fin y al cabo, las historias y las imágenes con las que se formó como cineasta, las que la encaminaron hacia la creación de sus propias películas, clásicos todos ellos de una época –entre 1957 y 1981– en la que el cine comenzaba a dejar atrás la era de los grandes estudios mientras se transformaba para siempre el modo de hacer películas. Sin ellas, las de la propia Coixet tampoco habrían sido lo mismo. «Todas estas historias y personajes me han dejado una huella muy profunda –explica la cineasta de San Adrián de Besós–. No sólo han marcado mi punto de vista sobre el cine, también sobre la vida y las relaciones humanas; sobre la naturaleza humana».
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«Me apasiona el cine de John Cassavetes y los papeles que le regaló a Gena Rowlands. Formaban ambos una especie de simbiosis, porque ella ... también le inspiraba a él, y se le entregaba a tumba abierta, con los ojos cerrados. Es la mejor actriz del planeta. Y lo que hace aquí es de otro mundo: cómo muestra la neurosis de un ama de casa (algo que el cine cuenta aquí por primera vez), la claustrofobia que puede producir un matrimonio infeliz... Es una de las películas más feministas que he visto en mi vida. Con 17 años la vi, me ponía en su lugar y me sentía tan atrapada como ella. Pensaba: 'Pero dejad a la mujer en paz. Porqué insistís en que sea normal. Si no lo es. Y cuanto más la presionéis peor se va a poner... La crítica le recriminó su estructura deshilachada, que es justo lo que más me gusta. No hay nada acabado, no hay explicación de porque actúa de ese modo, pero estás con ella. Sabes que algo pasa, que no está bien... Es algo propio de Cassavetes, sus películas generan una sensación de estar en una realidad más real que la vida».
«La he visto más de 20 veces. Me subyuga. La primera, con 14 años, que me llevaron mis padres a un cine club en Badalona. Hay tal sentido del detalle, del encuadre, del ritmo; además de la angustia, de ese humor tan cabrón, sutil y universal... Es durísima, pero te ríes. Esa precariedad brutal que hace que este pobre hombre se sienta orgulloso de lo que hace. Ese momento con las tipas en bikini bailando que se alejan en la barca... Esa escena en que el condenado va resignado a la ejecución mientras que al verdugo, Nino Manfredi, lo tienen que arrastrar es tremenda. E Isbert con el bebé diciéndole [pone voz de Pepe Isbert]: «No, si yo también me mareé la primera vez». Es que me sé los diálogos de memoria. Si fuera italiana, hoy sería una película de referencia mundial». Porque es comparable a cualquier obra maestra de la historia. Cuando se la pongo a amigos norteamericanos, gente de cine pero que nunca oyó hablar de ella ni del director, ni de Pepe Isbert, alucinan. El DVD debe de ser el objeto que más veces habré regalado».
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«Hay pelis que las ves y te dan ganas de hacer cine: 'Quiero producir este nerviosismo, esta pulsión en el espectador'. Es un polvorín, con ese Robert De Niro al que patearías la cabeza; la relación casi a gritos entre Keytel y él, la novia que sufre ataques epilépticos, la escena en la escalera cuando le da un ataque a la tía, De Niro se burla y Keytel lo quiere matar... Es una obra que todo el rato te indica que no va a acabar bien. Palpita. Y me fascinan todos sus 'defectos', esa cosa a lo John Cassavetes como de mal acabado y de historias que se quedan colgadas de repente. Y cómo refleja el ambiente de Little Italy, un mundo que ya no existe. Me parece una película brutal. Es Martin Scorsese declarando sus intenciones, mostrando unos personajes inéditos en la pantalla y que luego ha llevado al máximo. Siempre que suena Jumpin' Jack Flash, pienso en De Niro entrando en el bar en cámara lenta».
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«Yo tenía 16 años cuando la vi en la Filmoteca, que para mi era como ir a La Meca, aunque con menos gente. Es algo que heredé de mis padres; ellos me alimentaron la cinefilia. Se pasaron sus cinco años de noviazgo viendo películas. Y el día de su boda se fueron por la noche al cine, antes de irse a Mallorca de luna de miel.
Esta película es clave para mi. Recuerdo, incluso, la sensación física mientras la veía, como si mi mente se abriera, literalmente. Admiro muchísimo a Bergman, aunque no comparto su visión del mundo y, tras haber conocido a su hija, menos aún, pero con él comprendí que a través del cine también se puede contar una vida interior, la espiritualidad, los conflictos de la fe, que yo me planteaba por aquel entonces; lo que quieras. Y que contar historias también puede ser contrastar puntos de vista sobre el mundo.
Es una película que me acompañó muchísimo en esos primeros años de formación. Es fundamental ver cine para hacer cine. Lo digo porque cuando veo a gente que hace sus primeras películas, percibo muchas veces una falta de referentes brutal. Igual a nosotros nos sobraban, pero es que yo soy omnívora. Sigo siéndolo. Y esta imagen de Max von Sydow jugando al ajedrez con la muerte nunca ha dejado de perseguirme. Cada vez que lo veo en otra película me viene a la cabeza».
«Yo soy una persona completamente idealista y romántica –por eso me caen hostias por todos lados, claro–, y todo es culpa de Truffaut. Fue una influencia definitiva. Se atrevió con todo, y esta película es como el gran melodrama, su Dama de las camelias. Me identifico mucho con el personaje de Fanny Ardant, sobre todo cuando dice: ‘La verdad de la vida está en las canciones de amor; cuanto más cursis, más verdaderas’. Lo suscribo totalmente.
Tiene, además, una voz en off maravillosa, de la mujer coja del club que cuenta la historia y que parece como distante hasta que al final ves que no. Es una película que yo he homenajeado conscientemente. En mi episodio de Paris, je t’aime hay un momento en que Leonor Watling se desmaya en un parking que está copiado de una escena de esta película que me conmovió muchísimo. Y cuando rodé The Bookshop pensaba todo el rato en ella; en La habitación verde, en El pequeño salvaje...
Los personajes de Truffaut, además, son fieles a su naturaleza. No hacen lo que queremos que hagan, sino lo que no pueden evitar hacer. Como en ese momento en que le gritas a Ardant desde tu butaca: ‘¿Adónde vas? ¡Olvídate! Déjalo ya!’. Pero hay algo en la naturaleza del personaje, en el destino que te dice que no, que es imposible. Y, a pesar de eso, lo entiendes todo».
«Entre un noble y su mayordomo, ¿quién manda más? El sirviente. Es lo que cuenta esta película, en la que cada plano es una joya. James Fox, el rico protagonista, no se entera de lo que ocurre en su propia casa mientras Dick Bogarde, el criado, se hace dueño de la situación. Siempre me han fascinado esas historias de mayordomos que se van apoderando de la vida del señor. Me impactó mucho también que todo pasara prácticamente en el interior de una casa. Recuerdo verla sin saber de qué iba ni nada y me quedé maravillada. Hay dos películas del gran Joseph Losey que siempre pongo cuando doy una clase de cine: Accidente y esta. Su forma de jugar con los espejos y la profundidad de campo, con el personaje en primer término que nunca sabe lo que ocurre a su espalda, crea una atmósfera de suspense total. La amenaza de que algo va a pasar es constante. Tengo el recuerdo físico, además, de ser consciente de algo que Losey siempre hace muy bien: pone una acción en primer término y otra en tercer término y en el medio algo que está desenfocado. Subvierte muchas reglas de la puesta en escena, pero para ponerlas más en valor. Me enseñó muchas cosas con las se podía jugar a la hora de hacer películas y contar historias. Me gusta hoy tanto como la primera vez que la vi».
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«Yo fui muy fan del Free Cinema británico: Mirando hacia atrás con ira, Un sabor a miel, Billy Liar... Y esta es una de las películas que más me impactó en la adolescencia. Me fascinó esta idea de la soledad, del desafío a uno mismo; ese Tom Courtenay escuálido que se pasa más de la mitad de la película corriendo, que suda, que se cae al barro y, rodado como está con cámara al hombro, tú lo sigues como si te estuvieras cayendo con él. Y tiene un blanco y negro maravilloso. Es que Tony Richardson fue otro maestro».
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Carlos ManUel Sánchez en colaboración con fundación BBVA / Foto: Fundación BBVA
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