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Los niños al servicio de Hitler ¿víctimas o verdugos?

Los niños al servicio de Hitler ¿víctimas o verdugos?

En los años treinta, uno de cada cuatro alemanes tenía 15 años. Muchos golpearon, robaron, maltrataron, delataron... Cada vez más historiadores creen que no se puede obviar su papel en la violencia contra los judíos.

Durante el pogromo del 10 de noviembre de 1938, en la ciudad de Reichenberg (República Checa), Franz Fühmann se sumó a la turba nazi y persiguió a los judíos: «Golpeamos como locos los cristales de sus tiendas, en silencio, con ahínco, hasta el agotamiento; no sé de dónde sacamos los garrotes, pero de repente todos teníamos garrotes. Llovían pedazos de cristal. Los oía crujir bajo las botas cuando de repente vi mi rostro reflejado en aquellos escaparates hechos añicos».

El joven Fühmann (1922-1984) tenía entonces 16 años y décadas más tarde se convertiría en un importante escritor de la República Democrática Alemana. Él ha sido uno de los pocos protagonistas de aquellos hechos que se ha atrevido a hablar abiertamente sobre su participación. Lo hizo en un texto autobiográfico de 1982.

El historiador Frank Bajohr denomina a los adolescentes como Fühmann que formaron parte de los pogromos como «perpetradores infantiles». Niños que desde pequeños se habían empapado de la ideología nazi y participaron en la persecución de todos aquellos a quienes esa ideología consideraba personas sin valor, sobre todo, los judíos. Bajohr, que es uno de los principales expertos alemanes acerca del Holocausto, acaba de presentar un primer estudio sobre el tema, en el que ha analizado tanto diarios y memorias personales como informes internos de las autoridades nazis y expedientes de investigación.

Niños y adolescentes saqueando los grandes almacenes Lippmann, propiedad de una familia judía, en la ciudad de Grünstadt en noviembre de 1938.
Niños y adolescentes saqueando los grandes almacenes Lippmann, propiedad de una familia judía, en la ciudad de Grünstadt en noviembre de 1938.

El estudio de Frank Bajohr se lee como una crónica de la maldad precoz. Con un celo infantil y un entusiasmo juvenil, los más pequeños golpeaban, acosaban y delataban a los judíos, profanaban sus cementerios, saqueaban sus tiendas y dañaban sus sinagogas. Entretanto, incluso a algunas secciones de la infame Policía Secreta del Estado (la Gestapo) les parecía que aquellos niños estaban yendo, tal vez, demasiado lejos. Sucedió, por ejemplo, en la circunscripción administrativa de Stettin. En mayo de 1935, la Gestapo amonestó «encarecidamente» a unos jóvenes de Stettin por haber dañado comercios de alemanes judíos y llegó a detener a uno de ellos «por su actividad incendiaria y perturbadora». Pero a los esbirros de la Gestapo no les preocupaban las víctimas, sino «que los escolares en su entusiasmo dieran a las acciones antisemitas un carácter frívolo y carnavalesco», como escribe Bajohr.

En los años treinta, en Alemania una de cada cuatro personas tenía menos de 15 años. Los judíos, o las personas a las que los nazis consideraban tales por su origen, constituían una pequeña minoría de unas 500.000 personas. Los expertos estiman que en 1933 el número de estudiantes judíos había descendido a apenas 60.000.

«Era una sensación maravillosa marchar con una tropa de las Juventudes Hitlerianas. El entusiasmo nos invadía cuando los judíos rompían a llorar o cerraban las tiendas asustados»

Muchos de aquellos niños vivieron la llegada al poder de los nazis como un profundo cambio en su rutina escolar. «Antes de los nazis jugábamos y estudiábamos juntos. De repente, todo se acabó. Cada vez que llegaba a clase por la mañana, mis compañeros torcían la nariz: '¿Qué es ese hedor?'. 'Ah, el cerdo judío que siempre come ajo'», relató años más tarde Ilse Oppenheim, que hasta 1935 asistió a la escuela Malwida von Meysenbug (hoy, Heinrich-Schütz-Schule) en Kassel y luego se refugió en Palestina, donde adoptó el nombre de Ajalah Silber.

Como escribe el historiador Bajohr, para los alumnos y alumnas judíos ser humillados con rimas y canciones era algo «cotidiano». Como en aquella clase berlinesa de niños de 12 años que durante una excursión escolar entonaron la canción: «Dos judíos se bañaron una vez en el río, porque todo cerdo tiene que bañarse alguna vez. Uno de ellos se ahogó. En cuanto al otro, esperemos que no».

Robos, palizas... el terror de ir al colegio

El camino al colegio se convirtió para las víctimas en un calvario diario. Los chicos solían abalanzarse en pequeños grupos sobre sus compañeros judíos, les registraban las mochilas, les robaban relojes y plumas estilográficas. También les daban palizas hasta dejarlos ensangrentados. Las chicas, en cambio –según el recuerdo de los supervivientes– parecían actuar más bien de forma individual. Bajohr cuenta, por ejemplo, la historia de Ruth Hermges, una niña judía de Mönchengladbach. Uno de los últimos días de colegio antes de las vacaciones de verano, su padre le dio una moneda para que se comprara un helado. Pero su vecina Ingrid la vio en la cola y la sacó de la fila tirándole de la mochila. «Me gritó que los judíos de nariz torcida no podían tomar helado y me dio un puñetazo en la nariz. Los otros niños también empezaron a gritarme y al final salí corriendo de la heladería y solo logré tranquilizarme cuando llegué a mi casa».

Jóvenes entusiastas de Hitler en Asch, hoy República Checa, en 1938. Un cuarto de la población alemana era entonces menor de 15 años.
Jóvenes entusiastas de Hitler en Asch, hoy República Checa, en 1938. Un cuarto de la población alemana era entonces menor de 15 años.

Como confesó uno de ellos después de 1945, los adolescentes nazis disfrutaban de su superioridad: «Era una sensación maravillosa marchar con una tropa de las Juventudes Hitlerianas frente a las tiendas judías, cantar canciones antisemitas, gritar a los judíos que salieran… El entusiasmo que nos invadía cuando los judíos rompían a llorar o cuando cerraban las tiendas asustados era enorme».

Sin embargo, aquellos niños y jóvenes del Tercer Reich que habían ejercido la violencia simbólica o física en sus primeros años contribuyeron más tarde, ya como adultos en la República Federal, a impulsar la reflexión histórica sobre el nacionalsocialismo. La razón es que se los considera generalmente víctimas del régimen de Hitler, porque este introdujo el mal en su inocente infancia. Se habla de ellos como de una infancia robada y también de una generación engañada. Bajohr no niega este punto de vista, pero con su informe quiere completarlo: «Por supuesto que estos niños y jóvenes fueron víctimas, pero no solo eso».

«Antes de los nazis jugábamos y estudiábamos juntos. De repente, todo se acabó. Cada vez que llegaba a clase, mis compañeros torcían la nariz: '¿Qué es ese hedor?'. 'Ah, el cerdo judío que siempre come ajo'»

El historiador señala que el relato de la inocencia de los niños y jóvenes también sirvió para exculpar a los adultos. Al fin y al cabo, después de 1945, los adultos solo podían mantener la afirmación defensiva de que no habían participado si lo mismo se aplicaba a sus hijos.

Es un terreno complicado. Hoy en día se considera que los niños carecen de responsabilidad penal, ya que no pueden comprender plenamente la injusticia y las consecuencias de sus actos. Los adolescentes tampoco son plenamente responsables ante la ley penal. Entonces, ¿se puede hablar de «niños perpetradores» (como los llama Bajohr) en el periodo previo al Holocausto? ¿O eran solo marionetas, adoctrinados por sus padres, la escuela y las organizaciones juveniles nazis, sin voluntad propia para hacer daño?

Bajohr menciona claramente la «influencia permanente de la propaganda nacionalsocialista», sin la cual los actos de violencia «apenas habrían sido posibles». Y cuenta la historia de un profesor que incitaba a sus alumnos a lanzar piedras contra los carros tirados por caballos de los judíos alemanes.

Bajohr describe la «violencia organizada» de las Juven-tudes Hitlerianas y de la Liga de Muchachas Alemanas, a las que podían pertenecer jóvenes de entre 14 y 18 años, y cómo, por ejemplo, tras la llamada anexión de Austria, ellas obligaron en Viena a los judíos a fregar la acera con cepillos.
Bajohr describe la «violencia organizada» de las Juven-tudes Hitlerianas y de la Liga de Muchachas Alemanas, a las que podían pertenecer jóvenes de entre 14 y 18 años, y cómo, por ejemplo, tras la llamada anexión de Austria, ellas obligaron en Viena a los judíos a fregar la acera con cepillos.

Sin embargo, Bajohr considera que, al menos en lo que respecta al acoso a los niños judíos, también existe un «momento de motivación propia» entre los agresores de la misma edad. Y es que ese tipo de comportamiento, que hoy en día se denominaría acoso escolar, reforzaba la autoestima de los agresores, les aseguraba un lugar reconocido dentro del grupo y les transmitía «una sensación de poder triunfal» frente a las víctimas.

Las comunidades judías y sus miembros no podían contar con la protección del Estado, como demuestra un caso especialmente llamativo de violencia juvenil en el que intervino el propio Adolf Hitler. Según consta en los expedientes, en la noche del 29 al 30 de noviembre de 1934, tres estudiantes de secundaria y un joven de 16 años sin empleo detonaron un artefacto explosivo en la sinagoga de Ahaus, en Westfalia. El arca de la Torá quedó destruida y el interior de la sinagoga sufrió daños.

Bajohr considera que en el acoso a los niños judíos también existe un «momento de motivación propia» entre los agresores de la misma edad: «les transmitía una sensación de poder triunfal»

Los autores fueron detenidos poco después, pero los cuatro habían pertenecido a la Unión Nacionalsocialista de Estudiantes antes de que Hitler llegara al poder en 1933, por lo que la dirección de las Juventudes Hitlerianas de Westfalia los elogió como «la verdadera élite de nuestra idea revolucionaria y de nuestra juventud». Sin embargo, el fiscal general competente del Tribunal Regional de Münster quiso juzgarlos. El jurista argumentó que, de lo contrario, existiría «el grave peligro de que creciera una juventud nacionalsocialista que perdiera el respeto por la ley y el orden y careciera de la autodisciplina indispensable para los futuros portadores del Estado nacionalsocialista».

Pese a aquellas palabras, el 28 de septiembre de 1935 Hitler ordenó que se archivara el proceso. Antes de la Noche de los Cristales Rotos de 1938, jóvenes de al menos otras cinco ciudades perpetraron ataques contra sinagogas. En otoño de 1941, los adultos comenzaron el exterminio sistemático de todos los judíos alemanes.

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