León y Asturias son las regiones con más Reservas de la Biosfera del mundo. El idílico valle de Laciana es una de ellas. 'El país de las brañas' lo llaman, un lugar en el noroeste leonés donde el ganado aún pasta en las montañas, expuesto a los ataques de osos y lobos. Viajamos a este paraíso, antigua zona minera en busca de un futuro, donde el tiempo parece haberse detenido.
Texto y fotografías de Álvaro Ybarra Zavala
Domingo, 1 de agosto 2021, 01:00
En el horizonte se divisa un circo de cumbres nevadas. Sobresalen entre profundos valles, repletos de bosques milenarios de tejos, robles, hayas... Es 'el país de las brañas' para sus habitantes; para los forasteros, el valle de Laciana, una fascinante Reserva de la Biosfera (52 hay en España) donde el tiempo se ha detenido.
En los pueblos de esta comarca leonesa, aún se conservan vestigios de lo que fue su motor económico: el carbón. Bares y comercios mantienen ... nombres de un pasado cercano que hace memoria triste pero orgullosa. Como dice Adrián Rodríguez: «La mina nos lo dio y nos lo quitó todo». Adri es un exminero que preside la Asociación Cultural Minera MSP, cuyo objetivo es recuperar el pasado industrial y convertirlo en atractivo turístico y cultural. «Aquí pasamos de cero a cien de un día para otro –prosigue Rodríguez–. Se vivía muy bien, nunca hizo falta de nada. Hasta que se cerraron las minas hace tres años y tuvimos que reinventarnos».
El horizonte es hoy incierto. Unos apuestan por recuperar actividades clásicas vinculadas a la identidad local, como la ganadería extensiva. Otros, por el turismo, aprovechando la riqueza natural, intacta, de la zona. Una gran mayoría –más de siete mil personas en tres años–, sin embargo, se marchó en busca de oportunidades lejos de la llamada 'España vaciada'.
De tez morena y físico esculpido tras años de duro trabajo en la mina, Luis María Fernández defiende la ganadería extensiva y la cría del mastín español. Sentado junto con sus hijos, Joel y Clara, en la braña de Caboalles de Abajo observa como Leyenda, una joven mastín, cuida del ganado de su cuñada. «En casa siempre hubo vacas, ovejas y caballos –cuenta–. Desde niño subo a la braña para controlar al ganado y ver a los perros. Así crecí».
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Durante la bonanza del carbón, la ganadería extensiva era un complemento a las economías familiares. Los mastines y el ganado son parte de la historia y la tradición locales, tanto como la exuberante fauna de sus bosques y montañas. «La convivencia entre el ganadero, el oso y el lobo nunca fue fácil aquí –explica Fernández–. Pero, ahora más que nunca, somos conscientes del valor que tiene contar con una población estable de osos y lobos ibéricos en nuestros bosques y el potencial para atraer turistas. Mantener un equilibrio entre sostenibilidad y desarrollo es fundamental».
El mastín desempeña un papel clave en la búsqueda de ese equilibrio. José Manuel Moncó es el propietario de Mastines de Filandón y uno de los criadores más prestigiosos de España. Aunque en el valle no es el único: Mastines Piscardos, Mastines Reciecho, Mastines Buxionte... la comarca es toda una referencia en la materia. Como conocedor de estos animales, Moncó subraya «que solo con mastines no se logra el equilibrio entre ganadero, oso y lobo, se necesita de la Administración para afrontar los daños causados por estas especies a ganaderos y apicultores».
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En el futuro confían personas como Juan José Riesco y Teresa Álvarez, un matrimonio (42 años juntos) que convirtió un enjambre de abejas, regalo de boda del abuelo de Teresa, en próspera empresa familiar. «Yo era minero –dice Juan–, pero un problema de salud me incapacitó para la minería». Nunca se habían imaginado como apicultores, pero hoy poseen ochocientas colmenas, y Miel El Cornón –su empresa– es célebre en todo el valle y en establecimientos especializados de ciudades como Madrid. Su ejemplo es todo un referente en el valle.
No todos, sin embargo, pueden seguirlo. Eduardo es herrero y sabe que con él, el último eslabón de cuatro generaciones, morirá el oficio que aprendió de niño. Sabe bien que, desaparecido el carbón, no existe futuro para él.
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El turismo es la gran esperanza para la región. Así lo cree Fernando Méndez, minero durante 27 años y de los primeros en ver que el carbón tenía los días contados. Montó el Hotel Rural y Restaurante La Bolera, en Robles de Laciana, donde el cantante King África degustó no hace mucho su cachopo. Tres años después del cierre de la última mina, Méndez lo tiene claro: «Necesitamos que la Administración se implique en el desarrollo del turismo. Es nuestra oportunidad para el futuro».
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