Mel Brooks, el judío que nos enseñó a reírnos de todo... (incluido el Holocausto)
El niño que hacía reír a carcajadas a sus vecinos en plena Gran Depresión cumple 100 años. Así cambió la televisión, el cine y, sobre todo, la comedia.
A punto de cumplir 100 años, Mel Brooks se levanta, estira las manos hacia delante para no chocarse con nada camino del baño, se ducha, ... se viste y, a modo de ejercicios mentales, habla consigo mismo. «¿Cómo te llamas? Melvin. ¿Dónde estás? En tu casa. ¿Qué vas a hacer ahora? Voy a desayunar. Melvin, ¿qué vas a comer? Huevos pasados por agua, quizá unos muffins con mantequilla. Así me gusta, Melvin. ¿No crees que deberías bajar al comedor? Gracias, buena idea». Si responde bien a cada pregunta es señal de que sigue cuerdo.
Con Brooks es difícil saber si bromea o habla en serio, pero esto es lo que cuenta en el documental Mel Brooks: the 99 year old man! (HBO Max), dirigido por Judd Apatow. «Lo que me mantiene vivo es mi enorme miedo a la muerte», añade en una prueba más de que conserva intacto su afilado sentido del humor, motor de su éxito tanto como, probablemente, de su longevidad.
Brooks revolucionó el humor absurdo en la segunda mitad del siglo XX con la serie Superagente 86 y películas como Los productores (Oscar al guion original en 1969, haciendo humor con sexo, crítica el capitalismo, a Hitler y el nazismo...), Sillas de montar calientes (primera comedia en hacer sátira del racismo e hito de la comedia escatológica por su sonoro chiste de pedos) o El jovencito Frankenstein (novedosa parodia de un clásico del terror).
«Nunca pensé que fuera diferente, hasta que fui al Ejército. 'Judío bastardo', me llamaban. Le di una paliza a uno y nadie volvió a insultarme. Aprendes mucho en la guerra... Si no te matan»
Influencia capital para cómicos como Adam Sandler, Ben Stiller, Jim Carrey, Will Ferrell... (la lista es larga), y directores como Jim Abrahams, Judd Apatow, Edgar Wright o Taika Waititi (magistral Jojo Rabbit, su comedia con Hitler), Brooks también cultivó una faceta menos conocida. Desde su productora, Brooksfilms, apostó por David Lynch para dirigir El hombre elefante (que abrió al director las puertas de la industria) y le dio a David Cronenberg el dinero y la libertad creativa para La mosca, primer éxito del canadiense.
Nacido Melvin Kaminsky Brookman el 28 de junio de 1926 en Brooklyn, el hijo de Max y Kate, inmigrantes judíos –de Lituania él, de Ucrania ella; entonces parte ambos del Imperio ruso–, perdió a su padre, por tuberculosis, cuando tenía 3 años y acababa de estallar la Gran Depresión. «Mi madre se hizo cargo de cuatro niños. Mi tía le daba parte de su sueldo, pero no sé cómo se las arregló para trabajar, conciliar el sueño, despertarse y prepararnos el desayuno –le cuenta Brooks a Apatow–. Era dura, pero tenía buen corazón y una visión positiva de la vida. En invierno, me vestía bajo las sábanas para que no pasara frío. Bing Crosby sonaba en la radio y cantaba con él. De ella heredé el amor a la música».
Tras una infancia de escasez, Brooks parecía destinado al centro de confección donde trabajaban casi todos sus vecinos. Por suerte, contaba con el humor, su arma secreta para sortear aquel camino. En palabras de Larry Gelbart, creador de la legendaria serie MASH: «Mel pensaba que la palmadita que el médico le dio en el culo al nacer era un aplauso. No ha dejado de actuar desde entonces».
Aunque no tanto como dice Gelbart, lo cierto es que Brooks empezó muy joven. «Yo era un judío bajito que hacía reír con sus historias. Fui el comentarista cómico de la vida en un barrio pobre». Alimentó esa vocación devorando en el cine, su gran vía de escape, las comedias de Buster Keaton, Charlie Chaplin (pionero en hacer burla del nazismo con El gran dictador) o Harold Lloyd, y exponiéndose con ánimo absorbente al anarquismo humorístico de los hermanos Marx y los hermanos Ritz.
«Lo único que me mantiene vivo es mi enorme miedo a la muerte»
Antes de que el humor le proporcionara un medio de vida, sin embargo, aprendió a tocar la batería con Buddy Rich, leyenda del jazz en los tiempos de las big bands que, casualmente, era su vecino. Gracias a la música ganó sus primeros dólares tocando «en bodas, ceremonias de Bar Mitzvá y en los andenes del metro», incorporó en su vida el sentido del ritmo, capital en la comedia, y consiguió el empleo, en un club, que le cambiaría la existencia. «El público aplaudía a los comediantes y yo veía sus rostros rebosantes de alegría. Pensé: no puede existir un trabajo mejor».
Noche tras noche, Brooks memorizó el espectáculo hasta que un buen día uno de los actores sufrió un accidente y no pudo actuar. El joven Melvin no solo se sabía su papel, ¡se sabía todos los personajes! «Me maquillaron, me pusieron una peluca enorme y una barba. En la segunda escena se me cayó un vaso de agua y me acerqué a las luces del escenario, me quité la peluca y la barba y, a modo de disculpa, dije: 'Tengo 14 años, es mi primera vez'. Fue pura química. La gente se rio y al momento pensé: 'No estás destinado al centro de confección, Melvin, sino a hacer reír a la gente'».
Decidió, lo primero, cambiar de nombre. Para presentarse con uno más sonoro y, también, para evitar confusiones con un popular trompetista llamado como su padre: Max Kaminsky. Tomó así el apellido de su madre, Brookman, y lo abrevió. Mel Brooks acababa de nacer. Poco después, el 7 de diciembre de 1941, Japón bombardeaba Pearl Harbour y Estados Unidos entraba en guerra.
Brooks vio actuar a Anne Bancroft y empezó a seguirla todas las noches. «Iba a los mismos restaurantes y discotecas que ella y le decía: 'Qué casualidad. Es el destino'. Y ella me contestaba: 'No es el destino, me estás siguiendo'»
Sus hermanos mayores se fueron a combatir, pero Mel tuvo que esperar a cumplir 18 años, en junio de 1944, poco después del Desembarco de Normandía. Su experiencia militar lo llevó a descubrir dos cosas: la conciencia, como judío criado entre judíos, de ser diferente y la llamada definitiva al mundo del espectáculo. Sobre lo primero, Brooks explica: «Antes de ser destinado a Francia, fui al Instituto Militar de Virginia, donde era el único judío. Me impactó porque no pensaba que fuera diferente. 'Judío bastardo', me llamaban. Hasta que le di una paliza a un chico que, al ir a darle la mano, me había dado un puñetazo en el ojo. Después de eso, nadie más volvió a insultarme».
En la guerra, ojo con los inodoros
En Francia sirvió en un batallón de ingenieros, donde, con los alemanes en retirada, se dedicó a rastrear explosivos. «Lo primero que aprendimos fue a no tirar de la cadena del baño porque los nazis pegaban cargas de dinamita a las cisternas. Si tirabas: boom».
Al margen de las misiones bélicas –«caminar con bayoneta en ángulo de 45 grados, peinar la zona, buscar, picar...»–, sus jefes descubrieron sus dotes para el espectáculo y lo nombraron jefe de Entretenimiento para Servicios Especiales. «Ha nacido una estrella», tituló un diario militar. «La guerra me cambió –admite–. Vi cómo vivía la gente, escuchaba historias de familias diezmadas, rumores sobre el Holocausto... Fue horrible. Durante años, si petardeaba un tubo de escape, mi primer impulso era irme al suelo». Recuerdos bélicos cuyo dramatismo atenúa, fiel a su estilo, con una irónica pincelada: «Aprendes mucho en la guerra... si no te matan».
De vuelta a casa, Brooks apostó todo o nada al mundo del espectáculo. Afinó su talento absurdo y de verbo acelerado trabajando en una cadena de resorts, en clubes nocturnos y en la radio, donde escribía para programas de humor, una plataforma perfecta para exhibir su ingenio. Allí impresionó a Sid Caesar, estrella de las variedades en el nuevo medio que se extendía por todo el país: la televisión.
En 1950, Caesar se lo llevó como guionista a Your show of shows, programa pionero de las improvisaciones y sketches en directo y el lugar en el que el actor Carl Reiner y Brooks se convirtieron en amigos hasta la muerte; literal en este caso. Eso sí, Brooks nunca apareció en pantalla. Al jefe del programa, de hecho, no le caía bien. Además, llegaba tarde (pero que muy tarde), alegando problemas para dormir: secuelas de un estrés postraumático de la guerra que lo llevaron al psicoanalista. Para colmo, la inseguridad carcomía su cabeza con pensamientos del tipo: «No soy gracioso. No soy inteligente. No soy un genio. No me lo merezco. Lo van a descubrir y me despedirán». Aun así, se mantuvo en el programa los cuatro años que duró en antena.
En 1953 se casó con Florence Baum, bailarina de Your show of shows, de la cual Dean Martin estaba enamorado. «Intentó conquistarla diciéndole: '¿Se puede saber qué haces con ese enano idiota? Es un caso perdido'». Ella, sin embargo, rechazó al gran sex symbol de la época para quedarse con Brooks. «Mi exmujer tenía un gusto excelente para todo, excepto para los maridos». Tuvieron tres hijos, Stephanie, Nickolas y Eddie, antes de divorciarse, en 1962.
Tras el cierre de Your show of shows, Brooks trabajó en su secuela, Caesar's hour, hasta 1957, y durante un tiempo fue colaborador en programas de variedades e incluso para Jerry Lewis. «Pasé de cobrar 5000 dólares por semana a 85». Dejó de permitirse la terapia y, en sus propias palabras, «el coche volvió a perder el control». Resultado: «Me pasé dos años llorando, estaba en la ruina».
Remontó gracias a un número junto con Carl Reiner: El hombre de los 2000 años, su primer trallazo de popularidad. Se trataba de un judío contemporáneo de Cristo que comentaba episodios históricos desde el absurdo (hay clips en YouTube). Pero no era un trabajo estable; lo hacían de forma ocasional en eventos o en televisión. «Mi creatividad tocó fondo –admite–. Aceptaba cualquier cosa, hasta voces en off para anuncios; todo eso afectó a mi matrimonio. No culpo a Florence por el divorcio, era un infierno vivir conmigo. No era feliz».
Dos años después, en 1964, Brooks se casó con Anne Bancroft y estuvieron juntos hasta su muerte, por cáncer, en 2005, y con quien tuvo otro hijo, Max, en 1972. Se enamoró de ella el día en que la vio actuar, en Broadway, por primera vez. «Todas las noches iba a los restaurantes y discotecas donde iba ella y le decía: 'Qué casualidad. Es el destino'. Y ella contestaba: 'No es el destino, me estás siguiendo'», contó Brooks en su día. A lo que Bancroft añadió: «Gracias a Dios, Mel no dejó de insistir. Era mi media naranja».
Conocer a Bancroft lo estabilizó, estaba más centrado..., aunque siguiera arruinado. Si salían a cenar, ella le daba el dinero a escondidas para que, como buen macho en los años sesenta, pagara la cuenta.
Finalmente, en 1965, Brooks alcanzó el éxito y la estabilidad gracias al Superagente 86. Cocreador y guionista, aquella serie sobre un espía torpe pero efectivo que marcó una época fue su gran trampolín. De hecho, aunque se mantuvo cinco años en emisión, Brooks se marchó en 1966 para cumplir su gran sueño: hacer cine. «Por fin podía pagar el alquiler y trabajar en el guion de Los productores», una comedia revolucionaria donde Brooks se ríe de la avaricia y la corrupción en el show business, de la explotación comercial del escándalo, de la mediocridad, de la hipocresía y de los clichés mientras realiza una sátira de Hitler y el nazismo.
La morbosa decepción de Dustin Hoffman
Como anécdota morbosa, revela Brooks que, para interpretar al dramaturgo filonazi autor de Primavera para Hitler, la producción que preparan los productores del título de la película, llegó a contar con Dustin Hoffman. El cómico no cabía en sí de gozo..., hasta el día en que todo se torció: «Me dijo: 'Puede que no pueda hacer Los productores. Voy a Hollywood a una audición para el protagonista de una película de Mike Nichols'». Decepcionado, pero sin acritud, Brooks le deseó buena suerte. ¿La cinta en cuestión? El graduado, donde un joven Hoffman es seducido por la señora Robinson. Es decir... Anne Bancroft.
Al estreno de 'Los productores' asistieron dos personas. «Un anciano en chubasquero y una mujer con bolsas. Al encenderse la luz, el hombre estaba dormido y la mujer se había ido»
Al estreno de Los productores, en 1968, cuenta su hijo Nicholas en el documental de Apatow que asistieron dos personas en una sala de Filadelfia. «Un anciano en chubasquero y una mujer con bolsas. Al encenderse la luz, el hombre estaba dormido y la mujer se había ido». La crítica destrozó la cinta, pero... «Por alguna razón que desconozco –cuenta Brooks–, Peter Sellers dijo en una reseña que era la mejor comedia de la historia». Aquello activó el efecto boca a boca y el filme acabó ganando el Oscar al guion original. Mel Brooks había llegado, por fin, a la cima.
Rodó doce películas más en las que dio rienda suelta a su humor irreverente y provocador, desafiando convenciones al hacer humor sin miedo con el Holocausto, los prejuicios raciales, la Inquisición española, eventos bíblicos y mitos culturales, el poder, la burocracia o el culto a la fama y a los 'dioses' de Hollywood.
La clave de su éxito, de hecho, fue su desinhibición total para llevarlo todo al extremo. Cuenta Barry Levinson, coguionista con Brooks de Silent movie (1976) y Máxima ansiedad (1978), dos de sus grandes éxitos, que a Brooks una risa normalita nunca le parecía suficiente. «Si algo hacía gracia decía: 'Hay que doblar ese efecto'. Quería ver a la gente tronchándose de risa, que no pudieran siquiera respirar». Y fue así, a fuerza de insistir en ese aspecto, como Mel Brooks se convirtió en toda una leyenda de la comedia.