Meg Lowman: «Hay más agua en las copas de los árboles que en los ríos»
En el verano aciago de los incendios, esta bióloga pionera en la investigación del dosel arbóreo –el gran escudo que forma la capa superior de bosques y selvas– nos invita a valorar la naturaleza desde su lugar más alto. A sus 72 años, sigue trepando a los árboles con una misión: que entendamos la dimensión del problema y pasemos a la acción.
Un momento iniciático define la personalidad intrépida y pragmática de Meg Lowman. Tenía 25 años. Había pedido prestadas unas cuerdas de espeleología para trepar hasta ... la copa de un árbol en un bosque pluvial de Queensland, en el noreste de Australia. Nadie le dijo cómo hacerlo, pero ella inventó su propio sistema para subir. En el bajo bosque se le llenaron las piernas de sanguijuelas, pero eso no la detuvo. Dos amigos la esperaban abajo temblando, pero ella aún temblaba más. A los 30 metros (cuando todavía faltaban 15 para llegar a la copa) se encontró con el milagro: «Todo tipo de criaturas volando, reptando, polinizando, eclosionando, hurgando, tomando el sol, cantando, apareándose, acechando... Un nuevo mundo prácticamente invisible desde el suelo forestal». Lo cuenta en su libro La arbonauta, unas emocionantes memorias sobre una vida dedicada a la investigación y divulgación científica acerca del dosel arbóreo (el techo de los bosques), publicadas por Galaxia Gutenberg, que resuenan como el aviso de Casandra en el aciago verano de los incendios, pero también como una carta de amor al corazón verde de nuestro planeta.
XLSemanal. ¿Es verdad que sabemos menos del dosel forestal que de las profundidades marinas o de la bóveda celeste?
Meg Lowman. Sí, y por eso lo llamo el Octavo Continente. Está justo por encima de nuestra cabeza, pero apenas se le ha prestado atención científica. Sabemos de qué están hechas las rocas lunares. Y, aunque todavía queda mucho por saber del fondo marino, el buceo es algo muy accesible. Pero el 90 por ciento de las especies que viven en el dosel forestal no están descritas, y la razón es que para subir a las copas hay que hacer un gran esfuerzo de escalada o bien invertir un millón de dólares para construir una pasarela en el dosel arbóreo.
XL. ¿Qué nos dan los bosques?
M.L. La lista simplificada sería: agua dulce, equilibrio climático, medicinas, materiales de construcción, almacenamiento de carbono, producción de energía, el almacenaje genético de millones de especies, comida, conservación del suelo y refugio espiritual. ¡Nos lo dan todo! Las copas son como enormes esponjas. Piensa que hay más agua en el dosel del bosque amazónico que en el río Amazonas. Sin esas perfectas máquinas verdes, con sus millones de fábricas de energía eficiente, es decir, sus hojas, la vida en la Tierra sería imposible.
XL. ¿Por qué ahora hay más incendios que nunca?
M.L. Debido al cambio climático. A lo largo de mi vida se han perdido alrededor del 50 por ciento de los bosques. Y eso es algo muy serio. Los pequeños núcleos boscosos, fragmentados, se vuelven secos y son mucho más inflamables que un gran bosque húmedo. Además, se plantan las especies equivocadas. En Estados Unidos, nos ha dado por poner eucaliptos australianos porque crecen muy rápido. Pero ¡están llenos de aceite! Desde 2020 ha habido incendios devastadores en Los Ángeles, en Rusia, en China, en Canadá, en España… Es una catástrofe. En Australia se calcula que en los últimos incendios mil millones de animales fueron consumidos por las llamas. Porque no se trata solo de la superficie o de la cantidad de los árboles que se queman, sino de la biodiversidad que desaparece con ellos.
XL. ¿Y qué se puede hacer al respecto?
M.L. Antes que nada, preguntarnos: ¿queremos quemar el Louvre para construir una carretera o preferimos conservarlo y construir la carretera alrededor? La respuesta es evidente, pero lamentablemente a veces los niños lo entienden mejor que los adultos.
XL. ¿Y los gobiernos?
M.L. Deberían proteger los árboles más grandes y valorarlos al máximo. Necesitamos darle más valor a la naturaleza, también económico, e introducir las medicinas naturales y el agua en esa ecuación porque tal vez así empiecen a hacernos más caso. Por ejemplo, el Servicio Forestal de Estados Unidos ha calculado que el valor de la cubierta arbórea de Austin (Texas) asciende a 34 millones de euros al año por los servicios que presta al ecosistema.
XL. ¿Plantar más árboles podría ser una solución?
M.L. Siempre es preferible proteger los que ya hay. La esperanza de vida media de un árbol urbano es cada vez más corta: o se talan tras nueve años de vida o bien no logran sobrevivir. Los grandes árboles, con todos los seres vivos que habitan en él y las hojas que conforman su funcionamiento, son bibliotecas genéticas insustituibles.
«¿Queremos quemar el Louvre para construir una carretera o preferimos conservarlo y construirla alrededor? A veces los niños lo entienden mejor que los adultos»
XL. Y, además, tenemos a los negacionistas.
M.L. Sí, la ecología se ha politizado. Me da mucha pena. Pero no era así en los noventa. No era una cuestión de partidos políticos. Ahora, de repente, la naturaleza se ha convertido en una enemiga. Me avergüenza Donald Trump, que como quiere carbón está a favor de deforestar. Es aterrador.
XL. En 1978 llegó a Australia y su vida cambió radicalmente. ¿Cómo acabó allí?
M.L. En esa época, los australianos se sentían aislados del mundo y eran muy generosos con las becas. La mayoría de los estudiantes extranjeros iba a Sídney para investigar la Gran Barrera de Coral, pero a mí me dieron una beca de posgrado para estudiar los bosques pluviales, que era una temática extravagante porque nadie estaba interesado en ellos. Al llegar, me di cuenta de que ¡era una especialidad sin especialistas! Nadie me orientó, estaba sola y cuando les pregunté qué se esperaba de mí me dijeron: «Vete a la selva y vuelve en tres años para contarnos lo que has descubierto». Como no sabía por dónde empezar, me hice el mismo tipo de preguntas sobre las copas de los árboles que se hacían mis compañeros sobre los arrecifes: ¿cómo vivían tantas especies en un solo lugar? ¿Cómo encontraban el camino hasta allí? ¿Cuántos escarabajos comían hojas? ¿Y cómo eran capaces de encontrar un árbol en concreto en medio de diez mil especies? Así empecé, haciéndome preguntas.
XL. Y casándose con un granjero australiano.
M.L. En ese asunto la verdad es que me dejé llevar más por el reloj biológico que por las pasiones. Yo tenía 30 años, él era muy guapo y muy divertido, pero es que, además, tenía un bosque de árboles enfermos. A muchas mujeres su marido les regala un anillo de diamantes, pero yo heredé eucaliptos moribundos, y eso me fascinó.
«¡Claro que tengo vértigo! Evolutivamente no soy un ave, así que siempre estoy un poco mareada en las copas, pero subo para obtener respuestas. Así que me compensa»
XL. ¿Alguna vez ha estado en peligro?
M.L. Una vez me caí desde un pequeño eucalipto de solo cuatro metros y medio porque había truenos y relámpagos. Es muy peligroso estar ahí arriba durante una tormenta. En otra ocasión cometí un error muy estúpido: olvidé abrocharme el arnés. El otro peligro habitual de las copas son las hormigas. Tienes que asegurarte de no pasar la cuerda por la colonia de hormigas ni agarrarla por error pensando que es parte de la rama. Encontrarse con hormigas que pican sería como recibir cien picaduras de abeja al mismo tiempo: podría ser grave o llegar a ser mortal. En realidad, en un árbol, el mayor peligro eres tú misma cuando no prestas atención a la seguridad.
XL. En sus inicios nadie se subía a los árboles para hacer investigación, por lo que tuvo que idear su propio equipo de escalada. ¿Cómo se las arregló?
M.L. Con sentido práctico. Primero tuve que conseguir un tirachinas, y es increíble pero Australia es un país en el que puedes comprarte una escopeta, pero un tirachinas es ilegal para impedir que los niños se hagan daño [risas]. Así que tuve que lograr el permiso. Luego me hice con un trozo de goma de una llanta vieja pinchada. Cosí un arnés con la cinta de un cinturón de seguridad que encontré en un desguace y pedí prestada una cuerda al club de espeleología. Ese era todo mi equipo. Usé el tirachinas para pasar la cuerda por encima del árbol. Me gasté unos doscientos dólares en total y, a medida que mejoraba el equipo y mi agilidad, fui capaz de trepar a casi cualquier árbol.
XL. Por su experiencia, ¿cómo es la vida allí arriba?
M.L. Tan animada que es casi como estar en Times Square en Nochevieja. En las copas de los árboles los pájaros cantan, los insectos zumban, los monos gritan. Además, sopla el viento. Te encuentras con millones de insectos de todos los colores, murciélagos, koalas, monos, osos perezosos... Hace poco estuve trabajando en un bosque de la India donde los tigres subían a las copas y se tumbaban en las ramas para comer su venado. Cuando estás tan arriba, los pájaros nunca son tímidos y las criaturas se comportan con normalidad porque, en su mayoría, nunca han tenido experiencia con los humanos, así que no pueden tenerte miedo.
XL. ¿Y usted no tiene miedo?
M.L. La primera vez que escalé tuve mucho miedo porque no confiaba en mi cuerda. Pensé que se rompería, que la rama se quebraría o algo me mordería. Simplemente no sabía nada. Supongo que solo tenía miedo a lo desconocido, porque me llevó tiempo desarrollar mi propia confianza.
XL. ¿A qué altura están las copas a las que suele subirse?
M.L. Depende del área geográfica del planeta. Cuando subo a las secuoyas de California o a la selva tropical malaya, que miden más de cien metros, tengo que ascender en un dirigible, y me siento un poco como Dorothy en el país de Oz.
XL. ¿Nunca siente vértigo?
M.L. Claro. ¡Siempre tengo vértigo! [Risas]. Evolutivamente no soy un ave, así que siempre estoy un poco mareada en las alturas, pero es muy divertido y lo hago para obtener las respuestas a mis preguntas. Así que me compensa.
«Me llevaba a mis hijos al trabajo. En Belice vivíamos en una choza y sobre sus camas había doce tarántulas, pero nunca nos atacaron»
XL. ¿Cuánto tiempo puede llegar a quedarse allí arriba?
M.L. Paso muchas noches en el dosel. Los insectos se esconden durante el día para que los pájaros no se los coman, pero en la oscuridad están hiperactivos. Al principio siempre escalaba de día porque era más fácil. Pero ahora paso en el dosel todo el día. Bajo para asearme y tal vez para comer algo, y vuelvo a subir a pasar la noche. Cuando mis hijos eran pequeños y yo era madre sola, nunca podía estar en la selva más de dos semanas antes de que sus maestros pusieran el grito en el cielo.
XL. ¿Se llevaba a sus hijos al trabajo, o sea, al bosque?
M.L. Sí, claro. Faltaban a clase, pero estaban obligados a hacer sus deberes y a llevar un diario. Ellos mismos eran unos grandes investigadores. En Belice vivíamos en una choza y sobre las camas de mis hijos había doce tarántulas, pero nunca nos atacaron porque no nos consideraban un peligro. Luego a la vuelta de los viajes tenía un trato con la dirección de la escuela y les daba una charla a los alumnos. Ahora que ya son mayores –uno es matemático y el otro se dedica a la química– puedo quedarme tres o cuatro semanas seguidas en los proyectos.
XL. ¿Alguna vez le han dicho que debería haberse quedado en casa cuidando de su marido y sus hijos en vez de subirse a las copas de los árboles?
M.L. Oh, sí, todo el tiempo, pero es evidente que no hice caso.
Al rescate de los 'bosques iglesia' en Etiopía
En Etiopía, el 95 por ciento de los bosques primarios ha sido talado. Sin embargo, gracias a la colaboración de Meg Lowman con los religiosos coptos se están pudiendo salvar al menos las últimas masas forestales que están bajo la gestión de las iglesias ortodoxas. Lowman impartió un taller para más de 150 religiosos de distintas generaciones. «Mi trabajo allí me recordó lo que había aprendido en el remoto interior de Australia: que generar confianza es el recurso más valioso para la conservación». El mayor impacto para los religiosos, aislados y sin acceso a Internet, fue ver las imágenes aéreas de sus propios bosques con Google Earth. Las fotografías impulsaron a los líderes a pasar a la acción y poner en marcha su colaboración con Tree Foundation, creada por Lowman, quien considera que su trabajo en Etiopía demuestra que fe y ciencia pueden ser aliadas.