En 1926, hace ahora cien años, los norteamericanos Richard Byrd y Floyd Bennett aseguraron que habían sobrevolado el polo Norte y se convirtieron en héroes por ser los primeros en lograrlo, pero ¿LLegaron de verdad? Sucedió en plena carrera polar, una competición internacional extrema, apasionante... y llena de fraudes.
La madrugada del 9 de mayo de 1926, con un frío intenso y la visibilidad limitada por la niebla, el oficial de la Marina de ... Estados Unidos Richard Evelyn Byrd despega de Kings Bay, base de operaciones de varias expediciones al Polo Norte situada en la isla de Spitsbergen (Noruega). Lo acompaña Floyd Bennett, quien pilota el Fokker de tres motores Josephine Ford, así bautizado en honor de la hija de Edsel Ford (único hijo del empresario Henry Ford) y patrocinador de la expedición. Byrd y Bennett inician una aventura tan osada que The New York Times compra los derechos para transmitir la noticia en primicia.
Casi 16 horas después del despegue, los exploradores aterrizaron en Kings Bay de vuelta. Descendieron exultantes: habían sobrevolado el Polo Norte, contaron. Habían dado vueltas sobre 'la cima del mundo' durante 14 minutos, pero con la emoción olvidaron lanzar la bandera de Estados Unidos para dejar huella de su proeza.
Al aterrizar, los aventureros recibieron los parabienes de, entre otros, el noruego Roald Amundsen, quien en un gesto muy elegante –eran rivales en la carrera por llegar antes al Polo Norte– los felicitó con besos en ambas mejillas.
The New York Times llevó la notica en portada. Byrd y Bennett se convirtieron en héroes. Desfilaron por Nueva York en un descapotable bajo una colorida lluvia de confeti. El presidente de Estados Unidos Calvin Coolidge les concedió la Medalla de Honor del Congreso y la Marina ascendió a Byrd a comandante y a Bennett a sargento.
¿Pero llegaron Byrd y Bennett realmente al Polo Norte? Todo indica que no, que mintieron. Pero la historia de su mentira es tan interesante o más que la de sus verdaderos logros.
Hubo quienes recelaron desde el principio del relato de Byrd, que era el navegante y jefe de la expedición. Uno de ellos fue el piloto Bernt Balchen, que había llevado los mandos del Josephine Baker durante más de 100 horas de vuelo y conocía bien sus capacidades. Calculaba que para llegar al Polo Norte desde Kings Bay habrían tenido que mantener una velocidad media de 160 kilómetros por hora durante unas 15 horas; algo incompatible con las condiciones climatológicas de aquel día y las prestaciones del avión. Pero ese argumento lo rebatían los seguidores de Byrd diciendo que el vuelo se había beneficiado del impulso del viento a su favor.
Según el explorador y escritor Erling Kagge –autor de Más allá del Polo Norte–, Bennett llegó a confesar a un reducido círculo que no habían alcanzado la meta, sino que «volaron de un lado a otro sin pasar del norte del archipiélago de Svalbard», pero esas presuntas confesiones no tuvieron eco. Para Estados Unidos era muy importante atribuirse el logro en plena 'carrera polar' frente a noruegos y británicos, que habían protagonizado las grandes gestas hasta entonces.
Explorar el Ártico ha sido una obsesión humana desde la primera incursión del griego Piteas de Massalia, un geógrafo que viajó al noroeste de Europa en torno al 330 antes de Cristo. Fue el primero en describir el sol de medianoche, el hielo polar y la lejana 'Tule' (posiblemente Noruega).
Siglos después, el primero en arrogarse haber llegado al Polo Norte, el 21 de abril de 1908, fue el norteamericano Frederick Albert Cook, pero a él no lo creyeron por falta de pruebas y por carecer de credibilidad. De hecho, más tarde fue condenado por fraude con acciones de petroleras.
También el americano Robert Peary se atribuyó haber llegado al Polo Norte el 6 de abril de 1909 en trineo de perros y acompañado por Matthew Henson y cuatro inuits. La Sociedad Geográfica llegó a avalar su conquista, pero con los años se ha comprobado que la expedición de Peary no llegó al Polo Norte exacto: se quedaron a pocos kilómetros.
Fue en los años veinte cuando comenzaron los intentos de alcanzar el polo no por tierra, sino por el aire. Ahí entra en escena Richard Byrd, un oficial de la Marina, de una acaudalada familia de Virginia, de quien sus biógrafos dicen que «desde niño buscaba la fama y el reconocimiento». Una lesión en un pie amenazó con frustrar su carrera naval, pero encontró en la aviación, donde la cojera no lo condicionaba tanto, una salida. Byrd decide enfrentarse en la carrera por coronar primero el Polo Norte al noruego Roald Amundsen, ya entonces una celebridad por ser el primero en alcanzar el Polo Sur, por tierra, en 1911. Pero en 1926 Amundsen tenía ya 52 años, estaba en bancarrota y hasta su increíble gesta en el Polo Sur había sido ensombrecida por la tragedia del británico Robert Scott, con quien compitió por llegar.
El capitán Scott también alcanzó el Polo Sur, solo para comprobar que Amundsen había llegado antes. Él y todos sus hombres murieron heroicamente intentando regresar, lo que eclipsó el logro de Amundsen. En 1926, el noruego estaba desesperado por rehabilitar su nombre y su fortuna. Bird y Amundsen se conocieron en mayo del mismo año en Kings Bay, la línea de salida de la carrera polar. Ambos tenían su reputación y su futuro, financiero y profesional, apostado en esa carrera.
Y el 9 de mayo Byrd y Bennett volaron y se atribuyeron el logro de haber obrado la proeza. Amundsen, que los recibió a su regreso y los felicitó, nunca cuestionó la victoria de Byrd.
Pero el noruego no desistió de llegar él mismo por aire y tres días después, el 12 de mayo de 1926, a bordo del dirigible Norge llegó y documentó su vuelo sobre el Polo Norte, con una tripulación de 16 personas; entre otras, el ingeniero italiano Umberto Nobile y su hombre de confianza, Oscar Wisting, que ya lo había acompañado en la conquista del Polo Sur. Eran las dos únicas personas en haber alcanzado los dos polos. Pero entonces no lo sabían y Amundsen murió, en 1928, sin saberlo.
No fue hasta después de la muerte de Byrd, en 1957, cuando se publicó el primer libro que cuestionaba su logro con datos meteorológicos y técnicos. Pero incluso entonces se silenció la falsedad. Un ejército de abogados atacó a los editores hasta lograr censurar el libro. Los norteamericanos querían creer que el logro de Byrd, ya entonces una celebridad, era cierto. Porque la verdad es que, después de su falsa hazaña, Byrd llevó a cabo importantes gestas, estas sí, comprobadas.
El 29 de noviembre de 1929 a bordo de un trimotor llamado Floyd Bennett, en recuerdo de su antiguo compañero, y acompañado por otros tres hombres, Byrd realizó el primer vuelo sobre el Polo Sur. Además, cartografió unos 400.000 kilómetros cuadrados de zonas ignotas de la Antártida e hizo descubrimientos como la cordillera Rockefeller, en honor de su millonario patrocinador.
También protagonizó un experimento único: en 1934 se quedó durante seis meses a pasar el durísimo invierno de la Antártida (con temperaturas de 50 grados bajo cero) aislado, en absoluta soledad, en un refugio cavado bajo el hielo, con apenas una estación de radio, combustible, libros e instrumentos meteorológicos para hacer mediciones.
En su libro Solo, de 1938, reflexiona: «Podría vivir sin obedecer a más necesidades que las impuestas por el viento, la noche y el frío, y sin cumplir más leyes que las propias [...]. Creo que la mitad de los problemas del mundo proviene de no saber lo poco que necesitamos en realidad». Lo decía el hombre que había construido su carrera sobre una falsedad.
Antes de morir, en 1957, a los 68 años en su casa de Boston mientras dormía, Byrd donó sus diarios y cuadernos de vuelo. Los originales, en la Biblioteca del Congreso y el Byrd Polar Center, fueron analizados en los años sesenta y digitalizados en los noventa. Examinados en detalle, se vio que se habían borrado datos obtenidos con sextante y que varias anotaciones de navegación no coincidían con el informe enviado a la National Geographic Society. Lo que figura en sus cuadernos (y lo borrado) corrobora que él y Bennett dieron la vuelta antes de llegar al Polo Norte.
Pero quizá el mayor misterio es cómo se pusieron de acuerdo Byrd y Bennett para mentir sobre la hazaña. Tuvieron que hacerlo durante el vuelo y volaban en un avión con una cabina tan ruidosa que el intercambio verbal era imposible y toda la comunicación tenía que ser por medio de una nota garabateada. ¿Cómo acordaron el fraude? ¿Qué escribieron? ¿O lo pactaron antes de despegar?
Bennett murió de una neumonía solo dos años después, en 1928, sin dejar ningún testimonio al respecto. Tampoco Byrd. Pero, en otro giro extraño, el nombre de este último empezó a asociarse tras su muerte a teorías de la conspiración como la de 'la tierra hueca', que sugiere la existencia de una conexión subterránea entre los dos polos, o a que Byrd se habría encontrado con alienígenas en sus viajes.
La verdad y la mentira se enredan en la vida de este aventurero singular. Al final, sus logros se impusieron al embuste sobre el Polo Norte: un cráter lunar sigue llevando su nombre como reconocimiento a su labor en la Antártida.
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