Un lápiz tiene algo mágico. Por su sencillez y por todo lo que se puede crear con él. Hasta su construcción puede resultar algo bello e inspirador, como demuestra este reportaje fotográfico.
Judy Clarke / Christopher Payne
Domingo, 18 de febrero 2018, 10:25
Un técnico manipula el grafito antes de meterlo en el horno. En el sótano de la General Pencil Company (Jersey, Estados Unidos), donde los trabajadores ... procesan el carboncillo, todo es gris. Y casi la totalidad del trabajo se hace manualmente. A los empleados les cuesta varios días conseguir que las manos se les queden completamente limpia. En la imagen anterior una máquina añade las virolas de metal y las gomas.
La mina es una mezcla de grafito fino y arcilla que se cuece en hornos. Los 'corazones' de los lapiceros emergen de las máquinas como pasta fresca, lista para ser cortada en diferentes largos. Luego se seca y se coloca dentro de sus caparazones de madera de cedro. Los de algunas pinturas son muy frágiles y se ponen a mano.
Algunas partes de la fábrica, como las dedicadas a los pasteles, son explosiones de color. El mundo digital no ha podido con esta industria. Las empresas europeas que dominan el sector, las alemanas Stabilo, Staedtler y Faber-Castell, han crecido un 15 por ciento el último año. La causa, dicen, es el aumento de los artistas aficionados y principiantes del dibujo.
Después de recibir la primera capa de pintura, los lapiceros vuelven a la máquina transportadora para repetir el proceso. La mayoría de los lapiceros lleva cuatro capas de pintura. La madera se ha cortado previamente por la mitad; luego se coloca la mina y, a continuación, la otra mitad de cedro. Todo junto se hornea durante unos 90 minutos.
A los lápices se les saca punta haciéndolos girar sobre un cinturón de arena. El grafito se descubrió en 1564, cuando una tormenta en Borrowdale (Inglaterra) derribó docenas de árboles y dejó al descubierto una sustancia negra desconocida. Era una veta de grafito natural o 'plomo negro'. Los pastores usaron trozos para marcar a sus ovejas, y los más avispados empezaron a venderlo en Londres con el nombre de 'piedra de marcar'.
Las virolas -la banda de metal que sostiene las gomas- en un contenedor que las traslada a la máquina de ensamblaje. El fotógrafo nos permite ver que algo tan simple como un lápiz se descompone en piezas aun más sencillas. Es «la magia estética de la escala».
Sobre la firma
Judy Clarke / Christopher Payne
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