Sin embargo, lejos de ser una mujer desaliñada, a Isabel la Católica le gustaba presentar una figura acicalada, disfrutaba con los divertimentos de la corte y le chiflaba lucir vestidos lujosos y joyas.
Aunque sus confesores le pedían que no gastase tanto en ropa, ella les respondía que toda reina tenía que mostrarse ante sus súbditos con la ... dignidad necesaria, lo que incluía vestir prendas elegantes que realzasen su majestad.
Parece ser que su confesor, fray Hernando de Talavera, le recriminó en una ocasión que luciera vestidos muy caros en la entrevista que mantuvo con la corte francesa en Perpiñán. A lo que la reina le respondió que ni ella ni sus damas exhibieron trajes nuevos y que los que ella se puso para la ocasión ya los había utilizado anteriormente en recepciones celebradas en Castilla y Aragón.
No obstante, en un acto oficial en Barcelona, la soberana castellana lució un suntuoso vestido que según los testigos debía de costar muchos ducados. En su biografía sobre la reina, Manuel Fernández Álvarez recuerda que a Isabel le gustaban las ricas telas y que sus proveedores las adquirían en diversos lugares de Europa.
La documentación existente indica que la reina cuidaba mucho su aspecto y que no escatimaba en gastos a la hora de incrementar su fondo de armario con la adquisición de trajes lujosos. Tal era su querencia por ellos que su cámara se asemejaba a un gran almacén. Además, los cronistas hacen hincapié en que siempre mostró gran cuidado en la limpieza y en la higiene.
En torno al año 1480, Hernando del Pulgar señalaba que la reina era: «Mujer muy ceremoniosa en los vestidos y arreos, y en sus estrados y asientos, y en el servicio de su persona».
Por la misma fecha, Alonso Flórez aseguraba que el cuerpo de la soberana era el más airoso que podía mostrar una mujer en aquellos años. Lo que no sabemos es si esta afirmación responde a la verdad o a las simples lisonjas de un adulador dispuesto a prosperar en la corte de Castilla.
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