La noche del 24 de diciembre de 1492 el mar que rodeaba la costa norte de la actual Haití estaba inusualmente calmado, «como una escudilla», ... según describiría más tarde el propio Cristóbal Colón en su cuaderno de bitácora, el mismo que apenas dos meses y medio antes relataba su desembarco en el Nuevo Mundo. Nada hacía presagiar que, en medio de esa paz absoluta, la nave capitana de la expedición más ambiciosa de la historia, la nao Santa María, iba a exhalar su último aliento para renacer convertida en el cimiento de la primera presencia europea en aquellas lejanas tierras.
Tras largas semanas de navegación incierta, el cansancio de la celebración de la Nochebuena hizo mella en la tripulación. A las once de la noche, Colón se retiró a descansar, y su segundo, Juan de la Cosa, responsable de la siguiente guardia, cometió entonces una negligencia que resultaría fatal: dejó el gobierno del timón en manos de un grumete inexperto. A medianoche, mientras todos dormían, las corrientes silenciosas y constantes de las aguas haitianas arrastraron la pesada mole de la Santa María sobre un banco de arena y coral, donde quedó encallada suavemente.
El joven timonel, al sentir el roce de la quilla con el fondo, se espabiló y lanzó un grito de alarma. «Eran más o menos las doce de la noche y Colón fue el primero en subir a cubierta, seguido por un atribulado Juan de la Cosa», cuenta el arqueólogo submarino Carlos León Amores, autor de Hundidos (Alianza Editorial). «Fue un descuido colectivo, imperdonable, que con el viento en calma como estaba, la corriente suave y la noche iluminada no tenía por qué haber tenido mayores consecuencias», relata León. Pero las tuvo.
El almirante ordenó inmediatamente echar un ancla por la popa con la ayuda del batel (un bote pequeño) para intentar sacar la nave de la restinga (la lengua de arena) tirando de ella, pero la tripulación de la barca, presa del pánico o la desobediencia, huyó remando hacia la carabela la Niña, que estaba a media legua (algo menos de 3 kms.), en busca de refugio. Ahí se perdió un tiempo precioso. Aislada y con la marea bajando, la Santa María comenzó a inclinarse hacia un costado. En un intento desesperado por aliviar su carga, Colón mandó cortar el palo mayor y sacar los materiales más pesados, pero fue inútil. Las tablas del casco empezaron a abrirse, reventando las cuadernas y dejando entrar el agua. Con la panza amarrada en la arena, la Santa María agonizaba. Ya no era un barco, era un «conjunto inservible de tablas y cabos incapaz de navegar». Aquellos hombres que habían cruzado el Atlántico desafiando lo desconocido perdían su buque insignia en «medio palmo de agua», como describe el autor de Hundidos, un error «imperdonable» que iba a cambiar el destino de aquella expedición... y del mundo.
Guacanagarí, el aliado inesperado
Al amanecer del día de Navidad, Colón envió a tierra a Diego de Arana y Pedro Gutiérrez para informar al cacique local, Guacanagarí, del desastre. El jefe taíno (los taínos fueron el primer pueblo indígena con el que Colón tuvo contacto), lejos de aprovechar la vulnerabilidad de los extranjeros, reaccionó con una empatía que conmovió al almirante. Mandó hombres y canoas para ayudar en el rescate de las mercancías. Bajo la supervisión de los españoles y la cooperación de los nativos, se descargó todo lo que la nao contenía, hasta el último barril de víveres, y lo llevaron al poblado, a legua y media del naufragio. Allí Guacanagarí ofreció sus propias chozas para almacenar el cargamento. Colón certificó con asombro a los Reyes Católicos que no se perdió ni una sola «agujeta» (un cordón para atar ropa), pues los nativos no tocaron nada que no fuera suyo.
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Así era la Santa María por dentro
Camarote de Colón, el único que dormía en su propio catre.
Lombarda o bombarda, las armas principales del barco.
Falconete: arma de menor calibre y muy manejable.
Palo mayor que luego sirvió de torre vigía del campamento Navidad.
Trinquete y vela menor con La Cruz de la Orden de Cristo, que también lleva la vela mayor.
Fogón para cocinar en calderos de cobre.
Bodegas donde se guardaban agua y alimento para seis meses.
La Santa María tenía unos 25 metros de eslora y 8 de manga y viajaban en ella 40 hombres del centenar que componía la expedición de Colón.
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Fue en este momento de crisis cuando Colón transformó el naufragio en una oportunidad estratégica. Al observar que los taínos portaban oro con naturalidad («enseguida comenzó un intercambio de pepitas de oro por cascabeles y otras baratijas y hasta el mismo Guacanagarí le obsequió con su pectoral de oro») y comprobar que el lugar era idóneo para un asentamiento, decidió que la pérdida de la Santa María era una señal divina para quedarse en ese poblado.
Un fuerte llamado Navidad
El 26 de diciembre de 1492, Colón tomó una decisión que cambiaría el curso de la historia: levantar un fuerte con los restos de la nao encallada. La Santa María, que el navegante consideraba «lenta, pesada, de mucho calado y mala para explorar», serviría ahora como bastión y hogar de los marineros que debían quedarse en la isla. El proceso de construcción fue una asombrosa obra de ingeniería de reciclaje. Se desmontaron las cubiertas, el alcázar de popa y el castillo de proa. Se recuperaron los palos –el bauprés, el trinquete y la mesana– y las velas de lino para improvisar toldos contra el tórrido sol tropical. También se trasladó el armamento de fuego (dos lombardas, cuatro falconetes y seis espingardas) y el arsenal de picas, ballestas y espadas, además de clavos, faroles, candelabros, camastros, fogones, calderos y herramientas. Los restos desmembrados del primer barco español hundido en aguas americanas acababan de convertirse en una pequeña aldea, el primer asentamiento europeo en el Nuevo Mundo.
La primera aldea hispana en América fue en realidad un pequeño fuerte construido con las maderas de la Santa María, la nao capitana perdida «en medio palmo de agua»
El fuerte, bautizado Navidad en honor a las fechas del momento, se erigió sobre un cerro que dominaba el mar y la desembocadura de un río. Con la ayuda de los taínos se levantó una empalizada de madera para fortificar el campamento. En el interior, las cabañas fueron techadas para resistir las lluvias torrenciales y se construyó una torre de vigilancia utilizando, probablemente, el palo mayor de la nao. A petición de Colón excavaron un pozo para guardar oro y otros objetos de valor.
El 2 de enero de 1493, antes de partir de regreso a España en la Niña, Colón realizó una demostración de fuerza ante Guacanagarí: disparó una lombarda contra el casco semihundido de la Santa María, que aún asomaba en el agua como «el esqueleto de una ballena carroñeada». El estruendo fue un aviso para cualquiera que se atreviera a atacar a los castellanos.
A su regreso al fuerte Navidad en noviembre de 1493, Colón se encontró la aldea quemada, el pozo del oro vacío y los cadáveres de 11 españoles
Treinta y nueve hombres, casi todos los que embarcaban en la capitana, quedaron en el fuerte. Colón les pidió que convivieran en armonía con los indígenas, que consiguieran localizar dónde había más oro («ese era su afán») y que llenasen el pozo del preciado metal. El almirante prometió volver antes de un año. Y así fue. Pero lo que encontró a su regreso en noviembre de 1493 resultó una pesadilla. Al desembarcar, la visión fue desoladora: la empalizada estaba quemada, las casas destrozadas y el pozo del oro vacío. Los cadáveres de once castellanos, cubiertos ya por la vegetación, daban fe de una tragedia total.
Guacanagarí, «exageradamente afectado», culpó del ataque a una venganza de los caciques más belicosos motivada por los excesos de los españoles que, tras la partida de Colón, se habían dedicado al maltrato de las mujeres y a la explotación forzosa de los nativos para buscar oro. Aunque sospechaba de la versión del jefe taíno, Colón decidió no romper la alianza, enterró a sus muertos y abandonó el lugar para fundar una nueva ciudad más al este: La Isabela.
¿Dónde está la Santa María?
A pesar de la trascendencia histórica del episodio, los restos de la Santa María y del fuerte Navidad siguen siendo hoy uno de los grandes enigmas de la arqueología mundial. Carlos León Amores sugiere que «lo más probable es que estén bajo metros de fango y tierra, y no bajo el mar». Es lo que trataba de demostrar una expedición española en 1991 liderada por la investigadora María Luisa Cazorla Poza, pero que se frustró cuando estaban ya en el lugar estimado del naufragio por culpa del golpe de Estado contra el entonces presidente de Haití, Jean-Bertrand Aristide.
Varios años después, en 2014, el explorador marino estadounidense Barry Clifford afirmó haber encontrado parte del armazón de la Santa María en aguas haitianas a solo tres metros de profundidad. Sin embargo, una inspección de la Unesco desmintió el hallazgo: los clavos de bronce y cobre hallados pertenecían a un barco de los siglos XVII o XVIII, no a una nao del XV.
Para León Amores, los restos de la Santa María son hoy una «cápsula del tiempo» que espera ser descubierta para contarnos, desde las profundidades del mar o bajo el lodo, las huellas del primer naufragio español en América, «el crucial escenario del encuentro entre dos mundos».
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ENTREVISTA | Arqueólogo subacuático, doctor en Prehistoria y Arqueología y autor de 'Hundidos'
Carlos León Amores: «El 91 por ciento de los barcos naufragó por el clima. La piratería fue minoritaria»
El madrileño Carlos León Amores ha dedicado su vida a escudriñar los secretos que guardan las profundidades marinas. En su último libro, 'Hundidos', el arqueólogo narra la historia de 16 naufragios españoles en América que sirven de hilo conductor para entender el auge y la caída de un imperio.
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XLSemanal. Dos naufragios separan el inicio y el final de la presencia hispana en América.
Carlos León Amores. Sí, el de la Santa María, en 1492, y el de la escuadra del almirante Cervera en 1898; además, en lugares muy cercanos, Haití y Cuba. Calculo que hay mil barcos españoles hundidos en aguas americanas. He escogido 16 desas-tres navales que resumen la historia marítima entre España y América. Los primeros naufragios tienen que ver con la exploración y la conquista; luego viene una parte relacionada con el comercio (hubo 30.000 viajes) y al final cuento los que evidencian la decadencia de la presencia española.
XL. Existe la imagen romántica de los galeones hundidos en cruentas batallas contra piratas. ¿Qué hay de cierto?
C. L. A. Muy poco. El 91 por ciento de los barcos españoles naufragó por la climatología o por chocar con bajos rocosos y bancos de arena no cartografiados. Los combates navales o la piratería fueron causas minoritarias. En el océano abierto, casi nadie se atrevía a atacar a la flota española, que navegaba protegida por galeones bien armados.
XL. Hay poca poesía en un naufragio...
C. L. A. Hay más épica. No hay cosa que dé más miedo que un temporal en la mar. Es tremendo.
XL. Usted afirma que españoles y portugueses «enseñaron a navegar al mundo».
C. L. A. En los siglos XV y XVI, nos lanzamos a una navegación de altura, no de cabotaje, donde vas viendo la costa permanentemente. Adaptamos instrumentos como el astrolabio, que antes se usaba en los desiertos, para orientarnos en el mar. Cuando Constantinopla cerró sus puertos, España decidió ir al este por el oeste, algo por completo fuera de lo común que cambió la historia del mundo.
XL. ¿Qué nos cuentan los barcos hundidos?
C. L. A. Son auténticas cápsulas del tiempo. Al quedar fosilizados en un momento concreto, nos muestran desde cómo era una navaja de afeitar o un arma hasta la tecnología de construcción naval. También revelan realidades menos 'heroicas', como el contrabando, que a veces suponía el 30 por ciento de la carga. Se escondían monedas incluso en las bocas de los cañones, lo que impedía usarlos en caso de ataque.
XL. En el libro menciona el Nuestra Señora del Juncal y la polémica de los cazatesoros...
C. L. A. El Juncal es un imán para buscadores de tesoros porque iba cargado de joyas y oro, y está hundido a poca profundidad, unos 45 metros. Sin embargo, México mantiene un bloqueo que garantiza su conservación. Yo apuesto por la colaboración internacional. Los barcos de Estado en misión de Estado, como el galeón Juncal o la fragata Mercedes, pertenecen al país de bandera. No nos importa el valor intrínseco del oro o la plata, sino el conjunto arqueológico: el barco nos habla del maestro constructor, del uso de las maderas, de la tecnología del momento.
XL. ¿Siguen siendo una amenaza empresas como Odyssey?
C. L. A. Sí, y juegan con operaciones bursátiles. Anuncian que han encontrado quinientas mil monedas de oro y plata para que suban sus acciones, cuando en realidad la inmensa mayoría son de plata. En España, la Guardia Civil vigila mucho nuestras costas, pero en América es más difícil proteger los yacimientos.
XL. Si pudiera dar con un barco concreto...
C. L. A. Localizar los restos de la Santa María o el fuerte Navidad sería increíble. Solo tenemos la versión de las crónicas de Colón; encontrar pruebas físicas nos permitiría juzgar lo que sucedió con más evidencias, pues fue la nave que lo cambió todo.