Animales de compañía

Vejez

Viernes, 9 de febrero 2024, 09:50

Si echamos la vista atrás y tratamos de hallar algún rasgo constitutivo común entre las distintas y más apartadas civilizaciones (tanto en el tiempo como en el espacio), descubriremos que casi todas se distinguieron por honrar a sus ancianos. En efecto, son raras las formas de comunidad humana en las que los viejos han sido desdeñados o condenados al descrédito; y todas ellas han fenecido pronto. En la Antigüedad, los ancianos ocuparon siempre los puestos más encumbrados de la consideración social, como custodios de las tradiciones, depositarios de una sabiduría ancestral y espejo en el que los jóvenes deseaban contemplarse: ellos eran reyes y consejeros de reyes, sumos sacerdotes, oráculos y profetas; ellos eran patriarcas y tutores de sus respectivas familias y clanes; y se les rendía respeto y veneración, pues se reconocía en ellos un conocimiento profundo de las cosas, nacido de la experiencia y la meditación, que les permitía avizorar el futuro con mayor clarividencia y ecuanimidad.

Una sociedad que reduce a sus viejos a la irrelevancia está incapacitada para afrontar su futuro por no saber mirarse en su pasado

La sabiduría acumulada de los ancianos, su magisterio vivo, su prudencia cautelosa fueron tenidos tradicionalmente como el más preciado tesoro por quienes nos precedieron. Y ... los ancianos fueron, durante siglos, el corazón de nuestra civilización: en el seno de la familia, en la organización política, en el culto religioso, en los foros intelectuales, su voz era escuchada y sus consejos atendidos; y a ellos se encargaba la formación de las nuevas generaciones. Este papel activo y medular que los ancianos desempeñaron en otras fases de la historia fue puesto en solfa en épocas recientes, bajo un disfraz cínicamente humanitario: se entendió que los viejos ya habían prestado en su juventud y madurez el servicio que la sociedad les demandaba; y se estableció que debían completar su vida descansando de pasadas fatigas. Así, bajo esta máscara jubilar, los viejos fueron confinados en un arrabal de inactividad; y poco a poco, desposeídos del puesto que tradicionalmente ocupaban en la sociedad, se fueron convirtiendo en rémoras: expulsados de la vida pública, su consejo dejó de alumbrar la política; apartados de las labores docentes, su enseñanza se eclipsó; y hasta fueron despojados del lugar preeminente que ocupaban en el seno familiar, a medida que se difuminaba el mandato humano y divino de honrar a los padres. De manera casi imperceptible, los ancianos dejaron de ser el más preciado tesoro de la comunidad, para convertirse en su mayor lastre; pues sólo se vio en ellos una fuente inagotable de gasto asistencial (y ocasionalmente un granero de votos). Y todo esto ocurría, paradójicamente, mientras la sociedad, yerma y ensimismada en su bienestar, envejecía a una velocidad creciente.

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Escritor y premio Planeta en 1997

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