Animales de compañía

Un falso dilema

Viernes, 20 de junio 2025, 11:00

Observa Gustave Thibon que, en las sociedades fuertes y sanas, las instituciones estaban por encima de los individuos que las representaban: el matrimonio estaba por encima de los contrayentes, la monarquía estaba por encima del rey, el Papado estaba por encima del papa, etcétera. «Entonces –escribe Thibon– se podía uno permitir el lujo de criticar a tal rey o tal papa sin que el principio mismo de la monarquía o de la autoridad pontificia se inmutasen». Y esto ocurría porque las instituciones eran amadas por encima de las personas concretas que coyunturalmente las representaban; y la invectiva dirigida contra una de estas personas específicas en nada afectaba a la institución. En las sociedades decadentes ocurre exactamente lo contrario: sólo se aceptan las instituciones a través de las personas que las representan, a las que se ensalza hipócritamente hasta extremos grotescos; pero tal adulación discurre paralela al creciente deterioro de las instituciones, que entretanto han extraviado su naturaleza.

El principio monárquico es consustancial a la formación misma de España

Siempre me ha resultado enternecedora esa gente ingenua que se desgañita, proclamándose contraria a la monarquía y defensora de la república, como si la monarquía ... vigente en España no fuese en puridad una república coronada que acata todos los principios republicanos. Por lo demás, si olvidamos los principios (como gusta hacer nuestra época), concluiremos que lo importante no es tanto quién ejerce el gobierno como el propósito con que lo ejerce. Aristóteles distinguía dos tipos de gobiernos: los que atienden al bien común y los que atienden intereses particulares. Y, parafraseando a Aristóteles, podríamos afirmar que sólo existen dos tipos de gobernantes: los que defienden al pueblo del Dinero y los que defienden al Dinero del pueblo. La monarquía se creó, precisamente, para defender al pueblo del Dinero, encumbrando a un hombre tan alto que pudiera mirar a los dueños del Dinero por encima del hombro, como si fuesen alfeñiques. Pero, al convertirse en repúblicas coronadas, las monarquías han pasado a servir al Dinero, como cualquier república presidida por Trump o Macron o cualquier otro chisgarabís lacayo del Dinero. La gente ingenua partidaria de la república cultiva la ilusión de que pone y quita gobernantes con su voto; en cambio, nunca se pregunta por qué todos los gobernantes que pone y quita son igualmente lacayos del Dinero.

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Escritor y premio Planeta en 1997

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