Coincidiendo con el ataque rabioso lanzado por Hamás desde Gaza contra los colonos judíos y la respuesta inmoderada de Israel, escribí un artículo bastante moderado en el que recordaba las condiciones de vida infrahumana en que sobreviven desde hace décadas los palestinos. Nada de lo que en aquel artículo comentaba excedía en truculencia los cuadros dantescos que he escuchado a cristianos palestinos de mi confianza (sino que, por el comentario, trataba de mitigarlos); pero, para mi sorpresa, aquel artículo –que era sobre todo descriptivo, sin apenas interferencia de una opinión personal– provocó las reacciones más agitadas y turbulentas, desde el aplauso retórico de una sedicente izquierda que durante aquellas primeras jornadas callaba acoquinada hasta el berrinche histérico del periodismo farlopero que tristemente pastorea a la derecha española.
En esta labor de pastoreo, este periodismo farlopero nutre a la derecha española de argumentos siempre equivocados, de visiones del mundo siempre obsoletas y energúmenas, ... de ideas casposas y lóbregas, cuando no de ocurrencias que no se le ocurrirían ni al que asó la manteca (a la vez, por supuesto, que la ordeña concienzudamente, o más bien ordeña la porción del erario público que la derecha administra penosamente). A este periodismo farlopero se debe, por ejemplo, que una izquierda radicalmente liberal y al servicio de las ingenierías sociales del turbocapitalismo sea percibida por los votantes más mostrencos de la derecha como una (risum teneatis) patulea 'chavista' y 'socialcomunista'; y también otras distorsiones cognitivas que los hacen vivir en un mundo que ya no existe. El problema de asumir estas distorsiones cognitivas y delirios lisérgicos es que la gente medianamente lúcida se aparta de ti; y eso es lo que le ocurre a la derecha española cuando, por ejemplo, pensando que así 'marca territorio' frente a la izquierda, hace cosas tan chuscas como pasear en romería a aquel pobre Guaidó, como si fuese un santito de peana; y también cosas tan aciagas como otorgar medallas de oro, platino o diamantes a Estados que, para responder a una matanza terrorista, entierran entre escombros a miles de niños. Desde luego, no discuto que haya gente muy cafetera (o sea, muy alienada por este periodismo farlopero) que guste de distorsiones cognitivas tan desquiciadas; pero la gente que todavía no ha dimitido de la razón ni ha endurecido su corazón hasta volverlo de pedernal, experimenta un rechazo visceral hacia quienes blasonan de tales mentecateces o barbaridades. Así, secuestrada por este periodismo farlopero, la derecha se suicida, una y otra vez.
Por escribir aquel artículo tan moderado y descriptivo, el periodismo farlopero me estigmatizó como 'antisemita', agitando a sus hordas (y acoquinando a muchos sedicentes amigos que, aun sabiendo que era una imputación calumniosa, me volvieron la espalda). Naturalmente, nadie en su sano juicio puede pensar que alguien, por reprobar las matanzas de población civil ordenadas por Netanyahu, sea 'antisemita'; ni tampoco por denunciar las condiciones de vida infrahumanas en las que malviven los palestinos desde hace décadas. Pero no se me escapa que cada vez hay más gente que ha extraviado por completo el juicio, fanatizada por antagonismos ideológicos cerriles que este periodismo farlopero azuza y jalea, porque le garantizan un ejército de zombis que impresiona a los políticos desnortados de la derecha, porque gruñen y patalean mucho.
Por supuesto, todos los vituperios, denigraciones y campañas de desprestigio de este periodismo farlopero ni siquiera me inmutan (pues tengo Quien me infunde paz). He luchado íntimamente mucho, en la fortaleza de mi soledad, para desprenderme de todas estas distorsiones cognitivas alimentadas por ideologías paulovianas; y no voy a renunciar a ese tesoro por mucho que me intimiden y zahieran, por mucho que traten de estigmatizarme y rebozarme en su barro hediondo. Hay algo que he aprendido durante este costoso proceso de búsqueda: la estratagema predilecta del diablo consiste en crear y poner en pugna facciones antagónicas que se crean ambas en posesión de la verdad y estén convencidas de la maldad de la otra (y de que, si el contrario piensa una cosa, lo correcto es pensar exactamente lo contrario). Y he alcanzado la paz de espíritu suficiente para expresarme al margen de estas banderías, sin miedo ni respetos humanos, porque creo que es mi obligación moral e intelectual; y así será hasta que me callen.
No puedo concluir este artículo sin expresar mi gratitud al diario ABC y a la revista XLSemanal, que desde hace tantos años me conceden sus tribunas. Dados los tiempos que corren, y las banderías que agita el periodismo farlopero, se trata de una decisión heroica.
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