Animales de compañía

La lúcida teología del ateo

Viernes, 30 de agosto 2024, 08:39

En alguna ocasión anterior hemos advertido que el ateo resulta con frecuencia el mejor teólogo. Así ocurre, por ejemplo, con el ateo por la gracia de Dios Buñuel, cuando señala los peligros del activismo religioso en la lúcida y feroz Viridiana. Así ocurre también con el descreído Sorrentino, quien en la serie El joven papa nos muestra su nostalgia de una Iglesia que combate sin remilgos la opinión del mundo y restaura la liturgia tridentina. Buñuel, lo mismo que Sorrentino, intuye genialmente que la Iglesia pierde fieles y se vuelve inane por adaptarse a los tiempos, por adherirse a las ideas circulantes y hegemónicas, por acatar las modas y los usos de cada época.

«La humanidad necesita un Dios razonable, no un maestro que imponga su voluntad. Mejor ateísmo que servidumbre»

Algo semejante avizora el italiano Guido Morselli (1912-1973) en su novela Roma sin papa, una admirable sátira futurista escrita que prueba a imaginar ... la situación de la Iglesia en el futuro, inspirándose en el clima de expectativas de los años posconciliares. La novela se ambienta en Roma, una ciudad caótica y bulliciosa de la que ha desertado un imaginario Papa Juan XXIV, para vivir amancebado con una bengalí «teósofa y misionera del budismo zen». A esta Roma crepuscular llega un discreto y biempensante sacerdote suizo llamado Don Walter, el narrador de la novela, un sacerdote más bien conservador… aunque conservador del progresismo que para entonces impera en la Iglesia, que ha decretado la abolición del celibato eclesiástico, admitido ciertas aperturas a la anticoncepción y a los matrimonios «monosexuales» y empezado a ordenar diaconisas (que, por supuesto, coquetean alegremente con los presbíteros). En las aulas de la Universidad Gregoriana, eclesiásticos propensos al cotorreo se empeñan en otorgar carta de naturaleza católica a los postulados freudianos y en declarar que el demonio es una «antigualla», aceptando que «los caminos del Progreso coinciden con los de la Providencia». Además, en el futuro imaginado por Morselli, la Iglesia ha decidido, en volandas de un espíritu ecuménico demente, «declarar la guerra a lo visible», al ornato, a la liturgia y la imaginería, y optar por el despojamiento, para «disminuir las diferencias entre las diversas confesiones cristianas». Un pastor anglicano murmurará entonces, irritado, que «los católicos no entienden que protestantizándose pierden su encanto ante los protestantes».

Contenido exclusivo para suscriptores
La Voz
Suscríbete
para seguir leyendo
Lee sin límites toda la información, recibe newsletters exclusivas, accede a descuentos en las mejores marcas y muchas más ventajas

Sobre la firma

Escritor y premio Planeta en 1997

Publicidad

Noticia Patrocinada

Más de xl semanal

Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.

Reporta un error en esta noticia

* Campos obligatorios

hoy La lúcida teología del ateo