Animales de compañía

Vivir con miedo

Domingo, 21 de noviembre 2021, 01:10

Durante el último año, habré publicado cuatro o cinco artículos sobre las llamadas ‘vacunas’ contra el coronavirus (muy pocos, considerando que anualmente escribo casi doscientos), que yo prefiero llamar ‘terapias génicas experimentales’; pues desde luego no han sido elaboradas como las vacunas al uso. (El otro día, por cierto, mi admirado César Nombela me reprochó que utilizase la expresión ‘terapia génica’, que en el lenguaje científico tiene un significado específico diverso. Pero, por ejemplo, la expresión ‘falacia patética’ tiene en preceptiva literaria un significado específico diverso al que enuncian las palabras que la componen; lo cual no invalida que uno puede decir ‘falacia patética’ ateniéndose al significado común de cada palabra, sin entrar en discusiones de preceptiva literaria, del mismo modo que yo escribo ‘terapia génica experimental’ sin entrar en tecnicismos científicos).

Pero me pierdo por las ramas. Como decía, durante el año último habré publicado cuatro o cinco artículos sobre este espinoso asunto, todos muy prudentes ... y cautelosos, en los que hablo sobre estas terapias desde la experiencia personal, complementada por la observación y el estudio. En el último que publiqué, por ejemplo, me permitía señalar algo tan evidente como que, misteriosamente, nadie se responsabiliza de los posibles efectos adversos de estos sedicentes remedios: ni las compañías que los fabrican, ni los Estados que los adquieren y distribuyen, ni tampoco los sanitarios que los inoculan (evitando prescribirlos, precisamente para evitar responsabilidades). También me permití citar en aquel artículo un estudio aparecido en la revista médica The Lancet, con resultados poco halagüeños sobre la eficacia de estos sedicentes remedios. Pues bien, para mi sorpresa, la publicación de este artículo nada desaforado ni tremendista, nada fantasioso ni ‘conspiranoico’, causó un revuelo inesperado entre todas las personas que frecuento, algunas de las cuales me consideraron un héroe por haberme atrevido a escribir tales cosas, mientras otras me juzgaron un temerario o un terrorista de la pluma. Estas reacciones me dejaron por completo perplejo, pues casi todos los artículos que publico son infinitamente más arriesgados, por contravenir las ideas aceptadas o impuestas en nuestra época. En aquel artículo, en cambio, apenas hacía algunas modestas observaciones muy fácilmente constatables y sin afán polemista alguno.

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Escritor y premio Planeta en 1997

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