Animales de compañía

El color de España

Domingo, 14 de noviembre 2021, 01:11

Leo en estos días una magnífica recopilación de G. K. Chesterton titulada El color de España, publicada por Espuela de Plata, uno de los sellos de mi bienamada Editorial Renacimiento, que se ha embarcado en la misión benemérita de rescatar la obra de aquel gordo genial. En El color de España se congrega un ramillete de artículos en los que volvemos a paladear al Chesterton más genuino, siempre dispuesto a combatir todas las falsas filosofías que se presentan a los ojos de sus contemporáneos con el engolosinador marchamo de ‘progresistas’. En Chesterton es constante el esfuerzo por mostrar al lector que toda filosofía que carece de tesis es puro diletantismo, o un mero intento de arrojar al hombre hacia el caos; y también es constante el empeño por demostrar que la recuperación de la tradición no es, como pretende el moderno, la vuelta a un pasado de oscurantismo y barbarie, sino el único modo de aclarar nuestro futuro.

Chesterton insistió mucho en esta cuestión: para salvarse, al hombre no le bastará con bajarse del tren del progreso que trata de moldear su alma, ... sino que tendrá que desandar parte del camino, hasta llegar a la encrucijada donde tomó el camino errado. Esa fortaleza para desandar el camino errado la halló Chesterton en la tradición, que le mostró el modo de iluminar el futuro con una luz traída del pasado. Pretender que el pasado sea un páramo de barbarie, como pretende la modernidad, es una falacia semejante a la del hombre «que dijera al amanecer que si estaba más oscuro cuatro horas antes tendría que estar todavía más oscuro catorce horas antes», ignorando que esas catorce horas lo devolverían al día anterior, en el que lució un sol radiante. Chesterton sabe que las modas son una falsificación de la costumbre; y se enfrenta a las filosofías falsas que triunfaban en su época (versiones medrosas y germinales de las que hoy campean) con la certeza de que los hombres terminarían abjurando de ellas, porque cuando los hombres han hecho cosas realmente dignas han deseado siempre que perduren. Y, para que algo perdure, tiene que afianzar al hombre en la búsqueda de sentido, no arrojarlo al extravío y el desconcierto, como hacen siempre las filosofías falsas.

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Escritor y premio Planeta en 1997

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