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Idealismo e ideología

Viernes, 14 de junio 2024, 12:09

Para entender el grado de alienación logrado por las ideologías sobre las gentes, a las que hacen creer lo que no existe y descuidar las cuestiones realmente acuciantes, no debemos olvidar que las ideologías modernas son hijas de la filosofía idealista, que nace para negar la realidad de las cosas. «¡Pienso, luego existo!», proclamó Descartes, en un rapto de soberbia ególatra; pero en realidad quería decir: «¡Pienso, luego las cosas existen!». Para la filosofía idealista, las cosas no existen independientemente de que nosotros las pensemos e independientemente de lo que nosotros pensemos sobre ellas; sino que es nuestra mente quien las crea.

Las ideologías modernas son hijas de la filosofía idealista, que nace para negar la realidad de las cosas

Este prejuicio idealista es una arrogancia delirante urdida por Descartes, pero sin duda alguna sería Kant el filósofo que la canonizó. Según el autor de ... la Crítica de la razón pura, el hombre no puede conocer la esencia de las cosas, su más íntima realidad, sino tan sólo su apariencia. Nuestro conocimiento, a la postre, está construido con meras percepciones o impresiones. Leyendo a Kant, uno llega a la conclusión de que no hay tierra firme bajo nuestros pies y nos movemos en un terreno pantanoso. Todas las nociones firmes que hasta ese momento poseíamos de la realidad se difuminan, incluso los conceptos de Tiempo y Espacio, que dejan de ser cantidad mensurable, para convertirse en percepciones que tocan las cualidades de nuestro espíritu y no la realidad externa. Además, Kant considera que no es posible encontrar enlace ente causa y efecto, pues tal enlace a su juicio no es más que el encadenamiento no interrumpido de los cambios sucediéndose en el tiempo, de tal modo que cada efecto es un cambio y cada causa también. Para Kant, por lo tanto, tan absurdo es pensar en una causa primera de las cosas como en el sitio en que termina el espacio o el instante en que el tiempo ha comenzado. Todo se disuelve en una nebulosa fenoménica y la realidad de las cosas se torna fantasmal (y no digamos Dios, la causa primera de todas ellas).

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Escritor y premio Planeta en 1997

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