Animales de compañía

Vanidosos escritores

Viernes, 21 de julio 2023, 10:54

Suele afirmarse que el pecado más característico del escritor es la vanidad. Y es un tópico cierto, porque el escritor –tal vez porque su trabajo casi nunca tiene la resonancia que merece, o la resonancia que el escritor cree que merece– busca siempre el eco (aunque sea confuso), busca siempre el aplauso (aunque sea equívoco), busca siempre la notoriedad (aunque sea denigrante o envilecedora).

Casi siempre, la vanidad es un pecado venial, más cómico que trágico; pero ¿cómo definirla? Podría decirse que la vanidad es como un sucedáneo del ... orgullo, como un orgullo menor en calidad y mayor en cantidad, un orgullo de saldo o limosna, un orgullo devaluado, pero también más ostentoso que el verdadero orgullo, que suele ser discreto o clandestino, más calculador y avergonzado de sus intenciones. La vanidad, en cambio, siempre es presuntuosa, siempre hincha el pecho y despliega su plumaje, como el pavo real. El orgullo, aunque pueda resultar destructivo, tiene cierta grandeza trágica que mueve a la piedad, incluso a la admiración, porque el hombre orgulloso está dispuesto a dejarse todos los pelos en la gatera con tal de coronar su empresa; y, si no la corona, jamás muestra a las claras su íntima desolación. La vanidad, en cambio, es frívola, poco propensa al heroísmo y dispuesta incluso a caer en el ridículo con tal de satisfacer sus apetencias, que por lo demás suelen ser bastante fútiles. Digamos que, si el orgullo es grave, la vanidad es fútil y caprichosa, capaz de adentrarse insensatamente en los territorios del vodevil y de la picaresca, en los que jamás osa adentrarse el orgullo, más taimado y prevenido. El orgullo es un pecado de cuello cerrado y luto riguroso, un pecado sombrío y puritano; la vanidad es un pecado despechugado y colorista, chispeante y disipado. El orgullo es hermético y se basta a sí mismo hasta lo demoníaco; la vanidad es exhibicionista y no puede vivir sola, necesita verse reflejada en otros, como en un espejo que celebre admirativamente sus mañas y piruetas. La vanidad sufre con el desengaño y no le importa mostrarlo a las claras, convirtiéndose en plañidera de sus fracasos, para escarmiento o escarnio ajenos. El orgullo, por el contrario, se guarda el sufrimiento de la decepción en un estuche, donde se pudre y agusana, y se refugia en una torre de altivo narcisismo.

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Escritor y premio Planeta en 1997

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