Mi fobia a la Navidad se remonta a mi niñez. Al momento en que descubrí a Dickens en una edición ilustrada de Canción de Navidad. Las ilustraciones de los espectros del pasado, presente y futuro me daban un miedo pavoroso y el personaje de Mr. Scrooge me horrorizaba. Nunca creí en su redención, en que de la noche a la mañana cambiara debido a las visiones que le mostraba el espectro del futuro y se ponía a repartir su dinero. Siempre he imaginado como lo peor del mundo a ese personaje despreciable que mata de hambre a todos los que lo rodean y que lleva una vida ruin en una habitación mal iluminada, rodeado de bolsas de dinero y ratas.
Mi visión de la Navidad está ligada para siempre al universo dickensiano, a sus desgraciados personajes arruinados, a los frágiles niños lisiados de pelo rizado, ... y a la miseria en la que viven, contemplando desde la calle como las familias opulentas trinchan pavos inmensos a la luz de cientos de velas que se reflejan en pirámides de manzanas rojas y relucientes. Ya sé que la Navidad no es como en las novelas de Dickens y que ningún espectro del futuro podrá mostrarme estampas peores de las que yo soy capaz de imaginar, pero ya tiemblo cuando veo que nuestros previsores ayuntamientos preparan las guirnaldas de luces que durante mes y medio van a constituir nuestro hábitat y cuando los bares del barrio empiezan a vender décimos de lotería con dibujitos de niños con bufanda y manoplas.
No hay nada que me deprima más que la voz de Judy Garland saliendo por los altavoces de un centro comercial cantando Have yourself a merry little Christmas, probablemente la canción más triste del mundo. Escuchándola, te dan ganas de sentarte en la acera, poner la cabeza sobre el regazo y llorar hasta que llegue un empleado del centro comercial que te señale que ahí no se llora, que si quieres llorar te vas al parking. Otra canción de Navidad que nunca he entendido: la de «mira cómo beben los peces en el río». Cuando escucho lo de «beben y beben y vuelven a beber» no puedo evitar visualizar un montón de peces hinchados en el lecho seco de un río. Por no mencionar a la inefable Mariah Carey, la autocoronada reina de la Navidad.
¿Y qué decir de las películas de Navidad? ¿Hay algo más trágico que James Stewart corriendo en la nieve en What a wonderful life ('Qué bello es vivir'), de Frank Capra? O la escena de Enamorarse cuando Meryl Streep y Robert de Niro se encuentran en una librería al final de la película el día antes de Navidad y apenas se saludan y ella sale de la librería y está nevando y se oyen canciones navideñas en la estación y ella está muy triste y se te encoge el corazón porque está sola y hace frío y es Navidad… En fin, no sigo. Como en nuestros días es imposible tener algún tipo de manía sin que le pongan un nombre, resulta que esta fobia a la Navidad tiene un nombre: el 'síndrome del Grinch', el personaje verde y cascarrabias, creado por Dr. Seuss, que detestaba la Navidad y quería suprimirla del mundo. Yo no quiero suprimirla del mundo: me conformo con no escuchar el villancico de los peces en el río más de tres o cuatro veces durante las fiestas. Y una ligera afonía (¡nada grave!) para Mariah Carey, si puede ser…
Sobre la firma
Isabel Coixet (Barcelona, 1960) es una cineasta española ganadora de varios Premios Goya
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Texto: Virginia Drake / Fotografía y vídeo: Javier Ocaña
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