Estos días recibo multitud de mensajes sobre un tema que cuando Sara Mesa me lo comentó –al plantearle la adaptación cinematográfica de su novela Un amor–, confieso que no le di ninguna importancia: «¿Te das cuenta de que vas a hacer una película sobre uno de los personajes más detestados de la literatura española?». Recuerdo ahora esas palabras proféticas con asombro. Nunca pensé hasta qué punto Sara Mesa tenía razón. Nunca pensé que nadie tuviera motivos para odiar a Nat. Yo no los veía. En honor a la verdad, hay afortunadamente muchísima más gente que la comprende muy bien, que conecta profundamente con el personaje y con la interpretación sublime que Laia Costa hace de ella.
Pero ya desde las primeras reacciones a la película vi que había algo en ese personaje que sacaba de quicio a cierta parte de la ... audiencia, tanto hombres como mujeres. Personas que le reprochan al personaje su vulnerabilidad, su obcecación, su fragilidad, sus errores. Son como esos supuestos amigos que, cuando te ven debilucha, te dicen: «Tienes que animarte». Que, cuando les cuentas cómo has metido la pata con alguien en el plano sentimental, te dicen: «Se veía venir». Que, si estás pensando en cambiar de ciudad o trabajo, te miran con desdén: «¿A estas alturas?». Y siempre ese afán paternalista (que también hallamos en algún que otro personaje de la película) en arreglarte la vida porque ellos sí saben cómo hay que vivir, mientras que tú (yo) o Nat no sabéis por dónde os da el aire.
Son las personas que imparten dogmas, críticas y consejos a diestro y siniestro y que hallan una insana satisfacción en encontrar las faltas en los demás. Esa superioridad moral al juzgar a un personaje de ficción que palpablemente está pasando un mal momento no me da demasiadas esperanzas sobre el comportamiento de esa gente en la vida real. Es curioso cómo los mismos que juzgan a Nat, no sólo por permanecer en el pueblo, sino por acudir a cumplir su parte del trato con el Alemán –que, como en la novela, le ofrece arreglarle las goteras a cambio de un encuentro sexual: «que me dejes entrar en ti un rato»–, no tienen la menor objeción al comportamiento de este, ni siquiera al hecho de que él es el instigador, porque, después de todo, ella 'consiente'. Reconozco que aquí se me funden bastante los plomos. Y es que la palabra 'consentimiento' se me atraviesa. Cuando la escucho, oigo el eco de un sí resignado, mustio, no muy convencido. Consentir no es querer ni desear ni anhelar. Es otorgar casi con desgana. Es dejar que ocurra, como si nuestra voluntad quedara suspendida en algún lugar entre el deseo y el rechazo. El consentimiento tiene aristas duras e incómodas, es difícil hablar de él porque sólo en la teoría y en los tribunales hay síes y noes irrevocables y rotundos. La vida y las películas y las novelas con vida son otra cosa y, sin embargo, ahí tenemos la palabra: en el centro mismo del debate o del relato o de la narrativa, se admiten apuestas. Quien consiente no es nunca el que perpetra, es el que se coloca en el espacio donde van a ocurrir las cosas. ¿Sabe Nat si desea? ¿Es consciente de lo que su consentimiento va a acarrearle? Creo que claramente no. Creo que no está en condiciones; creo que, cuando se ve en esa situación, en su fuero interno sabe que ha cometido un error y no sabe cómo salir de esa situación y se disocia.
Otorgar no es consentir. Ceder no es consentir. Dudar no es consentir. Poner el peso de la decisión en el que calla o duda o no sabe es una arista más en la tramoya de esta palabra maldita, a ratos vacía, densa, oscura, críptica, cansina: consentimiento.
Sobre la firma
Isabel Coixet (Barcelona, 1960) es una cineasta española ganadora de varios Premios Goya
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