La directora marroquí Asmae El Moudir ya mostró su enfoque personal y único del documental en su primera película, The postcard (2020). En esa película, emprende un viaje a Zauiya, el pueblo representado en una antigua postal encontrada entre las pertenencias de su madre; es el lugar que su madre abandonó cuando era niña para no volver jamás. En su segundo largometraje documental, La madre de todas las mentiras, que ha dirigido, escrito y producido (proceso que le ha llevado ocho años), El Moudir profundiza en el pasado más oscuro de su familia y de su barrio en Casablanca. La narración empieza a partir de una realidad inquietante: no hay fotografías en su casa, ni de ella ni de su familia y allegados. Su abuela, influenciada por su religión y marcada por los traumas de los años ochenta, prohíbe cualquier forma de imagen o fotografía, excepto la del rey Hasán II, por el que siente una devoción rayana en la insania.
El Moudir comienza el documental colocándole un audífono a su abuela. La anciana no coopera y finge que no funciona hasta que Asmae le pregunta: «¿ ... Por qué no te gustan las fotografías?». En ese momento la mujer mira a la cámara con desdén: puede oír, pero no quiere. «Mira, puedes oír», responde Asmae. Las fotografías y su conexión con la realidad tangible son fundamentales en Kadib abyad ('La madre de todas las mentiras'). Sólo existe una fotografía de los disturbios del pan, una revuelta sofocada por el Ejército que se saldó con seiscientos muertos y que fue silenciada por el Gobierno. La madre de Asmae posee una fotografía de su hija cuando era pequeña con un grupo de otros escolares. Su abuela se niega a reconocer que Asmae está en la foto. En la narración inicial del documental, Asmae recrea una noche durante el Ramadán, cuando tenía doce años, corriendo por las calles para conseguir fotografiarse en secreto en una tienda local. Lleva maquillaje corrido, un vestido demasiado grande para ella y está parada frente al fondo kitsch de una playa de Hawái, la moda en esos momentos en cualquier estudio fotográfico que se preciara. A medida que profundiza en la intrincada historia de su familia, descubre los hilos entrelazados con la historia colectiva del vecindario: los silencios, las ausencias, la negación de lo evidente, de lo que no se habla.
Para hacerlo, la directora crea, con ayuda de sus padres, todo un microcosmos en un estudio, donde utiliza maquetas y muñecos para invocar la memoria del barrio. Y consigue, con apenas unas maquetas y unos muñecos, un impactante resultado. Uno de sus antiguos vecinos, Abdallah, relata su arresto, cuando lo arrojaron a una pequeña celda en la que la gente a su alrededor moría por asfixia y cuando luego lo obligaron a arrastrar los cadáveres. El público, Asmae, Saïd y la familia de Asmae observan mientras él cuenta la historia, sudando y llorando al recordarlo. Si hay una secuencia que muestra el miedo y la vergüenza de un superviviente a una masacre es esta. El hombre se pregunta una y otra vez por qué sobrevivió, por qué. Es una secuencia durísima, contada con desnudez y maestría.
El precio de la memoria es alto para quienes han sufrido un trauma, pero el coste del olvido es el borrado: el que enfrentaron las familias de las víctimas de los disturbios cuando los cuerpos de estas fueron retirados de las calles y de sus hogares y perdidos durante más de veinte años. La anciana lo vio todo, pero se niega a que se hable, no quiere saber ni escuchar, no atiende a razones. En su sordo empecinamiento, se empeña en llamar a su nieta «periodista». No quiere admitir que es cineasta, que para ella supone un oficio peor que prostituta.
Sobre la firma
Isabel Coixet (Barcelona, 1960) es una cineasta española ganadora de varios Premios Goya
Publicidad
Noticia Patrocinada
Más de
Desayuno de domingo con...
Texto: Virginia Drake / Fotografía y vídeo: Javier Ocaña
En otros medios
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Reporta un error en esta noticia