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Mi hermosa lavandería

Corre, Tristán

Isabel Coixet

Admiro a las mujeres que llevan tacones altos en los aeropuertos y caminan erguidas, con un aplomo que me es tan ajeno como las fiestas populares de la antigua Macedonia. Llevo sentada en un banco cerca de una puerta de embarque, esperando un avión –que no se sabe si saldrá hoy, mañana o nunca– unas cuantas horas. La voz de megafonía afirma con rotundidad que estamos en el aeropuerto Josep Tarradellas. Como si no lo supiéramos.

Fantaseo con esa voz de megafonía: la voz dice «bienvenidos a Marte». «Bienvenidos a la antesala de la quinta dimensión». «Bienvenidos al resto de sus ... vidas». «Bienvenidos a este lugar absurdo donde comprarán colonia tres euros más barata que en las tiendas de fuera y bocadillos cinco euros más caros que en ningún sitio». Pasan familias con muchos niños. Las familias tienen invariablemente un aire cansado y desorientado. Azafatas y pilotos. Los uniformes de todos, cada vez más ajados, más desgastados. Hombres en pantalón corto, algunos demasiado corto, como si fueran a correr una maratón. En un aeropuerto hay que resignarse a no saber; en mi caso, hace tiempo que me he resignado a no saber fuera del aeropuerto también.

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