La película ganadora del Festival de Cannes del año pasado contiene escenas antológicas al lado de alguna escatológica que dura demasiado o quizás no duraba demasiado, pero a mí se me hizo eterna. No llevo bien las secuencias en las que el depósito de la taza de un váter revienta y las heces invaden un espacio, haciendo caer a los actores. Una vez escribí y rodé una parecida y fui incapaz de conservarla en el montaje: pensé que el espectador no merece que le castiguemos con imágenes que no querría vivir en la vida real, a menos que quieras decir algo con ellas, y no se me ocurría ninguna buena razón para conservarlas en mi película. En el filme del director danés, hay una escena de una pareja en un restaurante sobre quién paga la cuenta. Yo pondría esa escena en todas las escuelas de guionistas y en todas las facultades de Historia porque algo tan banal, gracias a la precisión de los diálogos, deviene un retrato de las relaciones de poder en una pareja y del sistema capitalista en particular. Esa escena, más que los discursos del capitán marxista del barco (Woody Harrelson) donde transcurre la primera parte del filme, es aguda, brillante y precisa: está dicho todo.
El triángulo de la tristeza son las arrugas que se forman en el entrecejo y que mucha gente de todas las edades decide tratar con ... bótox. El problema es que, si planchas el entrecejo, la tristeza te sale por otro sitio, porque la tristeza es un sentimiento que no puede quedarse encapsulado. Te sale en las aletas de la nariz o en las comisuras de los labios. Te sale. Y, entonces, los médicos estéticos van a la caza de los signos de la tristeza y los planchan y ya no tienes triángulo, sino una indefinible expresión de asombro perpetuo y de pena en el fondo de los ojos: una callada desesperación. Casi la misma que una (joven y bellísima) actriz de El triángulo de la tristeza –Charlbi Dean– tiene mientras se hace selfie tras selfie con cara entre dulce y desdeñosa. Sabemos que Dean murió, antes de que la película se estrenara, de una misteriosa bacteria que adquirió años atrás cuando le extirparon el bazo tras un accidente de coche en Ciudad del Cabo, de donde era originaria. Su personaje parece estar siempre pendiente de vivir para postear; no en vano, ha obtenido el viaje en un barco de lujo a cambio de que lo promocione en sus redes sociales. Al naufragar este, ya no tiene nada que aparentar ni que postear; sólo un enorme vacío se abre ante ella, tan grande como el mar que rodea a todos los personajes. Y estallan los conflictos de los náufragos, que parecen salidos de una versión freak de Supervivientes (que ya es decir...).
Cuando acabo de ver la película, siento miedo. Más miedo que ante cualquier película de terror de género. ¿Es esto nuestro destino? ¿Hemos perdido el norte hasta el punto de no saber dónde estamos, quiénes somos, qué hacer? ¿Traicionaríamos nuestros valores por un paquete de ganchitos? ¿Será el triángulo de la tristeza aún más letal que el triángulo de las Bermudas?
Sobre la firma
Isabel Coixet (Barcelona, 1960) es una cineasta española ganadora de varios Premios Goya
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