Hay algo profundamente revelador en que los hombres más ricos del planeta –y son casi siempre hombres– hayan decidido que su gran proyecto final, su ... último mercado por conquistar, sea la muerte.
No la pobreza. No el hambre. No el agua. La muerte. La suya, claro.
Bryan Johnson se gasta dos millones de dólares al año en no envejecer. Se mide todo: el sueño, la glucosa, la velocidad a la que eyacula, el ángulo exacto de su cuello cuando duerme. Ha sometido su cuerpo a un régimen tan meticuloso y tan desprovisto de placer que uno se pregunta, con genuina curiosidad antropológica, para qué exactamente quiere vivir más. Parece un hombre que ha decidido convertirse en su propio experimento, en su propio laboratorio, en su propio producto. Y en algún punto del camino ha dejado de ser una persona para convertirse en una start-up.
Esto no es nuevo, claro. Los poderosos siempre han querido vivir para siempre. Los faraones. Los emperadores chinos envenenados por sus propios elixires de mercurio. Ponce de León buscando fuentes en Florida como un turista desorientado. Lo nuevo es la escala, la seriedad con la que el capitalismo de Silicon Valley lo ha abrazado como industria, como ecosistema, como oportunidad de negocio con Powerpoint y ronda de financiación serie B. Lo que ha cambiado también es el lenguaje. Ya no se habla de inmortalidad; eso suena demasiado a Drácula, demasiado a mito griego. Ahora se habla de healthspan, de longevity optimization, de biohacking. Palabras limpias, técnicas, que suenan a responsabilidad personal más que a megalomanía. Palabras que democratizan la obsesión: porque tú también puedes hacer ayuno intermitente, tú también puedes comprarte un anillo Oura y mirar tus fases de sueño con la misma intensidad con la que antes mirabas a las personas que amabas.
Y aquí es donde entra la industria del bienestar. Esa maquinaria perfecta que ha conseguido algo que pocas industrias logran: vender ansiedad como si fuera calma. Los nuevos gurús no llevan túnicas. Llevan ropa técnica de ochocientos euros, hablan en pódcast de tres horas, tienen abdominales y una voz pausada que sugiere que han alcanzado alguna forma de iluminación a través de la sauna y la creatina. Son Peter Attia explicándote durante cuarenta minutos por qué vas a morir si no haces zona dos. Son Andrew Huberman y su protocolo matutino de luz solar –nunca a través del cristal, por favor–, que ha conseguido que millones de personas se sientan culpables por tomarse un café antes de haber visto el amanecer.
Hay en todo esto una contradicción que me parece fascinante y un poco obscena: el discurso de la longevidad, en su versión billonaria, es radicalmente individualista. Es mi cuerpo, mis datos, mi sangre joven. Y, sin embargo, se presenta envuelto en un lenguaje cuasiespiritual, casi altruista: queremos solucionar el envejecimiento para la humanidad. Jeff Bezos invierte en Altos Labs. Google creó Calico. Todos ellos, estos hombres que han construido fortunas sobre la precariedad laboral de millones de personas, quieren ahora seguir vivos y lozanos hasta los 150 años mínimo. El mismo sistema que enferma a la gente –por estrés, por contaminación, por falta de acceso sanitario, por trabajo sin descanso– financia ahora a los científicos que buscan revertir el envejecimiento celular.
Lo que me parece que se pierde en todo este ruido es la comprensión de que una vida no es un conjunto de biomarcadores. Que el tiempo que nos queda importa menos que lo que hacemos con la atención que tenemos. Que la vulnerabilidad –envejecer, depender, necesitar– no es un fracaso del sistema, sino la condición misma de ser humano. Y que quizás, solo quizás, los que más miedo tienen a morir son los que menos han aprendido a vivir con los demás.
Los faraones también construyeron pirámides para durar para siempre. Aquí seguimos, visitándolas como turistas, admirando los sarcófagos de un faraón muerto que nunca pudo beber de las jarras de vino ya agrio y mohoso que pretendía llevarse a la otra vida.
Sobre la firma
Articulista de Opinión
Isabel Coixet (Barcelona, 1960) es una cineasta española ganadora de varios Premios Goya
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