Cuando me preguntan de qué va la serie Somebody somewhere, ya que la recomiendo a menudo, no sé muy bien qué decir. ¿Es una serie típicamente americana con personajes bondadosos, leves, tramas agridulces, equívocos que no se prolongan mucho más que la corta duración de los episodios? ¿Va de gente perdida cuyo único refugio es la cerveza, los pancakes y la amistad? ¿Va de una América que ya sólo parece existir en las estampas de Norman Rockwell, aderezada con algún toque actual como personajes homosexuales y trans? Supongo que es todas esas cosas y algo más, que la distingue de la mayoría de las series que se hacen por ahí: es una serie que deja a sus personajes, y a la estructura de sus episodios, respirar.
Bridget Everett, su formidable protagonista, interpreta a Sam, una mujer que vuelve a Kansas para cuidar de su hermana, pero seis meses después de su ... muerte sigue estancada, tumbada en el sofá sin saber qué hacer con su vida. En un centro de trabajo, que recuerda a veces a la oficina de El apartamento, conoce a Joel (el magnífico Jeff Hiller), y el nacimiento de su amistad con él es el motor de la serie en las dos temporadas que existen hasta ahora. Hannah Boss y Paul Thureen escribieron Somebody somewhere para Bridget Everett, que acababa de perder a su hermana en la vida real. En la serie, Joel le ofrece venir a una sala parroquial donde hay actuaciones de canto y le presenta a varios personajes del lugar, que están tan solos y perdidos como ellos, y Sam poco a poco vuelve a recuperar el sentido del humor y la voz.
Pero Somebody somewhere no busca nunca las salidas fáciles. No hay en ella la complacencia falsa del «fueron felices para siempre». En el camino, Sam se enfrenta a una hermana que es diametralmente opuesta a ella, a una madre demente, a un padre que no sabe qué hacer con su vida, a sus inmensas dudas, su falta de decisión y autoestima, su orgullo, su desconfianza. Joel es un hombre básicamente bueno, bastante inocente, que la admira desde niño y que quiere desesperadamente ser su amigo; tiene que enfrentarse a la desconfianza de Sam, que siente que todo el mundo la abandona al final.
En la segunda temporada, a mi juicio mucho más contundente y sutil que la primera, ese conflicto está magistralmente contado: cuando Joel se enamora, intenta ocultárselo a Sam porque sospecha que ella, con su habitual desconfianza, no va a aceptar el mínimo cambio en la amistad que mantienen. La descripción de lo que ocurre en una relación de amigos cuando uno de ellos se enamora de otra persona está contada con una muy pensada economía de medios en esta serie. Y también cuando nos damos cuenta de que alguien ya fallecido nos ocultó algo para protegernos. Confieso haber llorado en estos capítulos de la segunda temporada, sintiendo el dolor de Sam, su frustración, su testarudez, su miedo a que la única persona en la que confía la haya traicionado: me identifico absolutamente con ella. No se dejen engañar por la aparente ligereza de Somebody somewhere. Es una serie que cala hondo.
Sobre la firma
Isabel Coixet (Barcelona, 1960) es una cineasta española ganadora de varios Premios Goya
Publicidad
Noticia Patrocinada
Más de
Así funcionan los sucesores de Ozempic
Carlos Manuel Sánchez
Desayuno de domingo con...
Texto: Virginia Drake / Fotografía y vídeo: Javier Ocaña
En otros medios
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Reporta un error en esta noticia