El bloc del cartero
Inteligencias
Aporta uno de nuestros lectores una idea interesante para el debate en torno a la inteligencia artificial, que nos guste o no serĆ” central en los meses venideros. No hay una sola clase de inteligencia, tampoco existe una sola forma de afrontar desde lo humano las cuestiones existenciales. A las mĆ”quinas se las estĆ” entrenando no solo con un material humano previo trufado de sesgos, sino que se busca que desarrollen sus destrezas, sobre todo, en Ć”mbitos que a priori aparecen como rentables para las compaƱĆas promotoras de la IA, lo que los especialistas llaman 'su función de valor'. Interesa que programen, que piloten, que hagan mĆŗsica o generen imĆ”genes porque todo eso tiene un mercado. Pero no todo lo que explica que aĆŗn merezca la pena ser humano es siempre rentable. VĆ©ase la piedad. La dignidad. O la solidaridad.
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No olvidemos la inteligencia natural
Hay una definición muy acertada de la inteligencia humana: Ā«capacidad de las personas para adaptarse a los cambiosĀ». La IA, con sus algoritmos, estĆ” controlando, cada vez mĆ”s, nuestras vidas, pero tambiĆ©n tiene otra cara: la de que vayamos relajando nuestra inteligencia natural, que es su creadora y controladora. La IA carece de autocrĆtica, de conciencia de sĆ misma y de capacidad para desarrollar y atender a otras capacidades humanas no rentables: las personas que tienen 'otras capacidades', y a las que hemos de integrar y ayudar, respetando su inteligencia natural. Pero lo primero que deberemos hacer serĆ” desarrollar en nosotros mismos nuevas capacidades para dejar de considerarlos Ā«discapacitados o disminuidos socialesĀ». La inteligencia humana ha de saber adaptarse y no marginar a las inteligencias diferentes. El camino hacia ese incierto destino necesita contar con todas las personas que encontramos en el viaje; y esa es una peculiaridad exclusiva de la inteligencia natural.
VĆctor Calvo Luna. Valencia
Una forma de medir la vida
La vida no se mide por la fama de tu familia, el dinero que tienes, tu marca de coche, el lugar donde estudias o trabajas, lo guapo o feo que eres, la ropa que llevas o el tipo de mĆŗsica que te gusta. La vida se mide segĆŗn a quien amas o a quien daƱas; segĆŗn la felicidad o tristeza que proporcionas a otros, los compromisos que cumples y las confianzas que traicionas; se trata tambiĆ©n de la amistad, que puede usarse como algo sagrado o un arma; de si usas la vida para alimentar el corazón de otros. Solo tĆŗ escoges la manera en la que afectas a otros. DecĆa Albert Schweitzer: Ā«Lo Ćŗnico importante que quedarĆ” cuando nos vayamos serĆ”n las huellas de amor que hayamos dejadoĀ».
Francisco Javier SotƩs Gil. Valencia
Un dato mƔs
Estima un lector de Ćlava que los padres no quieren ver la verdad de un modelo escolar producto de las Ā«esperpĆ©nticas razones del oficialismo vascoĀ», culpable, dice, de los malos resultados del informe PISA. Quienes nos movemos en el Ć”mbito de la enseƱanza de las lenguas, aunque conscientes de la necesidad de mejorar en nuestra labor, estamos cansados de que la mala de la pelĆcula sea siempre la lengua Ā«impuestaĀ» por ese nacionalismo oficial. Dos cosas: la primera es que el consenso en torno a recuperar la lengua vasca es mayoritario en una sociedad que, lejos de ser Ā«esclerotizadaĀ», es una de las mĆ”s dinĆ”micas. Lo segundo es que PISA es un dato a tener en cuenta, pero no lo Ćŗnico que importa. Y, claro, siempre queda aludir a los padres presionados por el Ā«oficialismo vascoĀ» que tragan con lo que no desean para sus hijos. SegĆŗn parece, el autor no conoce, o no quiere mencionar, los miles de familias que desean tomar parte en la riqueza del acervo cultural de otra lengua.
Jose Mari Goienola Montoia. Bilbao
Los necesarios lĆmites
En las Ćŗltimas semanas ha surgido entre la opinión pĆŗblica el debate sobre la conveniencia, entre la población infantil y adolescente, del uso de la tecnologĆa digital. Al final el debate se ha centrado sobre si hay que 'prohibir' su uso entre esta población o, por el contrario, 'prohibir su prohibición'. Construyendo este tipo de dilemas, se termina incurriendo en un simplismo grosero. La solución pasa, una vez mĆ”s, por una educación digital que contemple no solo ni principalmente habilidades tecnológicas, sino, sobre todo, valores sociales y de responsabilidad donde estos jóvenes entiendan las consecuencias que un uso inadecuado de esta tecnologĆa puede acarrear. Una educación que, ademĆ”s, tiene que marcar lĆmites a su uso, Ā”por supuesto!, pero no solo a los jóvenes: hay que marcar lĆmites, y de forma urgente y severa, a las grandes tecnológicas que diseƱan sus productos, pensando en su cuenta de resultados, sin tener en cuenta que muchos de ellos, sean adecuados o no, son usados por estos adolescentes.
Horacio Torvisco. Alcobendas (Madrid)
El mensaje de nuestros ancestros
HabĆan puesto RosalĆa. Estaba atardeciendo cuando me despertĆ© de la siesta en la furgoneta. HabĆamos salido hacĆa cosa de dos horas. El ruido del aire atravesando las dehiscencias del vidrio y el marco de la ventanilla habĆan entonado una nana que, junto al mecer de las piedras de la carretera de Guadalajara, me habĆan hecho encontrarme con mi REM mĆ”s absoluto. Abro los ojos, miro por la ventanilla y veo unos rayos de luz penetrando el rosetón de una pequeƱa ermita. Piedra sobre piedra en construcción de cuatro muros y un altar como retazo de la existencia de unos pocos que decidieron construir un lugar de encuentro y recogimiento con su SeƱor. DecidĆ transportarme con la mente a ese lugar tan misterioso para mĆ. ĀæA quiĆ©n se le habrĆa ocurrido hacer tal cosa? ĀæQuĆ© les motivó? Pienso que es importante pensar acerca de la arquitectura que nuestros ancestros crearon: cada obra tiene un significado y un mensaje para cada uno. Hemos de dejarnos sorprender.
JosƩ-Otto Stein GonzƔlez. Madrid
La sabidurĆa de Cervantes
La sabidurĆa de Cervantes nos marca pautas de vida. Don Miguel fue un hombre muy desgraciado y la desgracia hace sabios, aparte de que leĆa, como Ć©l mismo confiesa, hasta los papeles que se encontraba en la calle. Ā«No desees y serĆ”s el hombre mĆ”s rico del mundoĀ». En la realidad y aparte del dinero, somos todos muy pobres; seguro que Cervantes tambiĆ©n, porque todos nos pasamos la vida deseando y esperanzados siempre en algo, todo aquello que normalmente nunca llega. Ā«No hay libro tan malo que no tenga algo buenoĀ». En lo de los libros fue muy generoso Cervantes, ya que hay algunos que sólo tienen de bueno el papel, la impresión y los colorines. Ā«No hay mĆ”s alta virtud que la prudenciaĀ». La prudencia es una alta virtud, pero escasa, porque, ya se sabe, que el hombre es el Ćŗnico animal que tropieza dos veces, o mĆ”s, en la misma piedra. Ā«No hay memoria a quien el tiempo no acabe, ni dolor que la muerte no consumaĀ». El tiempo es la gran medicina del alma y del cuerpo, ya que hasta la juventud se cura con el paso del tiempo. La muerte es la gran niveladora, la que borra todas las diferencias. Y, para terminar, una gran sentencia quijotesca: Ā«No huye el que se retiraĀ». Esto Ćŗltimo no se puede aplicar a los polĆticos espaƱoles, los cuales no huyen porque nunca se retiran. QuizĆ”s se les pueda aplicar mejor estas palabras de Samaniego: Ā«A un panal de rica miel dos mil moscas acudieron que por golosas murieron presas de patas en Ć©l⦠AsĆ, si bien se examina, los humanos corazones, perecen en las prisiones del vicio que los dominaĀ». Cervantes, el gran bĆ”lsamo en tiempos de desgracias.
JosĆ© Fuentes Miranda. Ćvila
Un poco de nuestro tiempo
Hace unas semanas subĆ al paso de San AdriĆ”n, en GuipĆŗzcoa, cerca del lĆmite con Ćlava. A mitad del camino me topĆ© con un anciano que descansaba en su silla de mimbre, en el pórtico de un caserĆo. Me saludó amablemente y comenzamos a hablar. Me comentó que tenĆa 82 aƱos, de los que casi 60 habĆa pasado trabajando en su caserĆo. Me dijo que siempre le habĆa gustado charlar con desconocidos. Sin embargo, me confesó que llevaba un tiempo triste porque los caminantes que pasan cerca de su caserĆo parecen andar con prisa y nunca se detienen. DecĆa que algunos, incluso, no le habĆan devuelto el saludo. Estuve un rato con Ć©l y, al terminar de hablar, me agradeció que lo hubiese escuchado y estrechó mi mano con firmeza. ContinuĆ© la marcha, con una sensación incómoda. QuizĆ” sin ser consciente, yo mismo habĆa actuado alguna vez como los que no se paran a saludar. La conversación, ademĆ”s de removerme la conciencia, me enseñó lo poco que cuesta dar una alegrĆa a los demĆ”s. Basta dedicarles un poco de nuestro tiempo.
Zigor Eguia Lejardi. Elgoibar (GuipĆŗzcoa)
Por qué la he premiado⦠Porque no estÔ de mÔs detenerse a escuchar, de vez en cuando, a quienes aún escuchan.
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