El bloc del cartero
Edulcorantes
Las nuevas ediciones 'edulcoradas' de las obras del autor británico Roald Dahl han puesto sobre la mesa el debate sobre si la literatura escrita en otras épocas debe adaptarse o no a la sensibilidad de esta, y quién decide el alcance de la adaptación. En realidad, no hablamos de toda la literatura: nadie plantea reescribir los clásicos que están en el dominio público, entre los que hay inconveniencias mucho mayores que las que puedan contener los textos de Dahl. Lo que se retoca es la obra de un autor que aún tiene derechos vivos, que da negocio a editores y herederos y que es de prescripción para jóvenes lectores. Quizá se trata de llegar mejor a un mercado emergente, el que gestionan prescriptores melindrosos y/o perezosos. Como anota una lectora, los niños no necesitan edulcorantes, sino que leamos con ellos.
titulosecundario titular="Las cartas de los lectores
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Lo harán bien
Cuando estamos sin pulir por los pequeños y no tan pequeños golpes de la vida, cuando vivimos ... la etapa de la más tierna infancia, todo es posible. Esta posibilidad abarca lo bueno y lo malo. Todo está por suceder y eso provoca una exaltación jubilosa y un temor profundo. Con ambos convive el niño, juntando pequeñas piezas que lo ayuden a encontrar un sentido a sí mismo y a la inmensidad que lo acoge y lo inquieta. Las fantasías relatadas por los mayores eran útiles al niño, pues ponían en palabras sus temores, le alumbraban la salida y le proporcionaban la seguridad de que los demás participaban de su ser. Luego esas historias se recogieron en libros que siguieron cumpliendo su misión. Recuerdo cuentos terribles, como cuando la sirenita, muda y rechazada, volvía al mar andando, transformándose en espuma. O aquel príncipe feliz, estatua olvidada por todos salvo por la golondrina que se queda junto a él para morir de frío a sus pies. El cervatillo sin madre en el temible bosque, hasta que descubre que no está solo. O aquella cerillera que fue quemando los fósforos que no vendía, en un intento inútil por calentarse. Eran historias de amor y muerte, de crueldad y valor, que encauzaban nuestros sentimientos desbocados. Nos hablaban de otros mundos tan distintos, con sus princesas y dragones, y tan iguales al nuestro, pues sus dudas eran idénticas: hasta dónde llega el amor, cómo vivir siendo invisible, si es la lealtad un compromiso inquebrantable, si hay bondad en el mundo y dónde se encuentra, las preguntas eternas. Le toca al niño buscar las respuestas. De nada valdrá repetirle soluciones de otros. Estamos ahí para leer con ellos el cuento, no para masticárselo ni para edulcorarlo. Lo harán bien.
Teresa Rivera. Urduliz (Bizkaia)
Vivienda, ¿mercancía o derecho?
Cuando el capitalismo ignora la ética y su ansia de dinero no tiene límites, es oportuno ponerle coto. En España, gran parte de la vivienda va a parar a oportunistas fondos de inversión y a manos extranjeras que, al considerarla una mercancía más, adulteran el mercado para especular y recolectar rentabilidades desorbitadas. La escalada de los precios que conlleva hace que el acceso de la gente corriente a un hogar se torne inalcanzable. Con el fin de controlar estas alzas manipuladas que imposibilitan la consecución de un derecho, Nueva Zelanda, Holanda y Canadá han prohibido adquirir inmuebles a los extranjeros no residentes. La izquierda portuguesa hará lo mismo. Urge un remedio para que lo constitucional deje de ser utopía. La ley de vivienda que se apruebe ha de ser valiente e ir acompañada de un gran parque de pisos públicos que rebaje los precios y retorne el sentido al derecho recogido en nuestra Constitución.
Miguel Fernández-Palacios Gordon. Madrid
Visitar a su enfermera
He leído con atención el artículo aparecido en el número 1844 de XLSemanal titulado Operación 55 por dos motivos creo que suficientemente significativos: en primer lugar, como sanitario, y en segundo como integrante de pleno derecho de esa franja de edad. Sí, soy un boomer. Cuando he llegado al apartado sobre la hipertensión no he podido más que llevarme una desagradable sorpresa, al leer que el profesional médico que aconseja sobre ella remite, ante la posible sospecha de su existencia (de la hipertensión, no del médico), a una farmacia para tomarse la tensión. Desde mi punto de vista, como enfermero que soy desde… bueno, desde hace muuucho tiempo, quisiera decir a esa persona que lo correcto es acudir a su Centro de Salud y que su enfermera comunitaria de referencia realice la medida de la presión sanguínea, en condiciones adecuadas: a ser posible, de manera basal, informando al paciente de lo que se le va a hacer y con el aparataje perfectamente regulado y calibrado. Ella, además, le suministrará información sanitaria sobre hábitos de vida saludables, por ejemplo. Y, por supuesto, de ser necesario, sería derivada a su médico de cabecera. No es mi intención alarmar a la población con la toma de tensión en las farmacias, pero sí es cierto que esas mediciones no son siempre tomadas de la mejor manera posible: las personas que acuden lo hacen con bastante frecuencia con prisas y angustiadas por si tienen la tensión alta. Por último, he constatado con tristeza que ningún especialista aconseja visitar a su enfermera. Una auténtica lástima: todos los cuadros clínicos mencionados son crónicos. Y las enfermeras, sobre todo las comunitarias, se encargan de cuidar a las personas que con esos cuadros.
Adolfo Romero Ruiz. Correo electrónico
Anacronismos
Desde hace unos años escribo cartas a amigos que viven en otras provincias. Éstos no son ermitaños que habiten en cuevas inaccesibles, o neoluditas que abominen de las tecnologías de comunicación modernas; por tanto, no habría necesidad de recurrir al correo postal como medio de comunicación. Tengo sus Whatsapps y nos seguimos en varias redes sociales, así que si quisiera comentarles algo de inmediato podría hacerlo sin problemas. Pero creo que ahí radica el encanto de escribir cartas. Nadie echa al correo un asunto personal urgente desde los tiempos del telégrafo. Tienes que reunir unos materiales (papel, sobres, sellos), escoger qué contar y cómo transmitirlo, identificar correctamente el emisor y receptor y esperar hasta que tu mensaje llegue al destino. En la era de la información casi instantánea, este sistema es poco eficiente. Es una pérdida de tiempo, un hábito de otro siglo. Por eso en esas cartas con mis amigos no se habla de nada que pueda resolverse en cinco minutos por Whatsapp. Nos explayamos en escribir sobre cómo van nuestras vidas, con sus fastidios cotidianos, promesas de futuro, bromas viejas y problemas en el subsuelo. Nos recomendamos libros y enviamos postales que decorarán o no alguna estantería. Tras la firma quizá haya una o dos posdatas, porque quedaba pendiente ese último chiste, esa impresión final, esa recomendación con la que eres tan pesado. Y luego, al buzón.
Adrián Feijoo Sánchez. Betanzos. A Coruña
A la vuelta del viaje
La clave de la cultura es todo lo que aprendemos estudiando, leyendo, o como ahora viajando, y sobre todo con lo heredado de nuestros antepasados. Somos como enanos sentados sobre los hombros de esos gigantes para ver más cosas y más lejos que ellos, y no porque nuestra visión sea más aguda o mayor nuestra estatura, sino porque podemos elevarnos más alto gracias a ellos. La polémica historia de los enanos y de los gigantes no es más que un capítulo de la lucha milenaria entre antiguos y modernos, la misma que hay entre padres e hijos, y que también hoy me sigue afectando. Y así voy tirando, con la esperanza de que un día en el horizonte se borren las tormentas y tengamos un futuro despejado. No, no es que me esté volviendo viejo por irme a dormir temprano los sábados, es que también los domingos me despierto pronto, para disfrutar sin prisa del café y leer con calma la prensa diaria o un buen libro. No es sólo por los años por lo que camino lento, también lo hago para observar la torpeza de algunos, que aprisa andan sin ayudar a los que nos quedamos atrás. No es por vejez por lo que a veces guardo silencio, es simplemente porque no a toda palabra hay que hacerle eco. Un sabio proverbio que asegura que el hombre tiene dos orejas y una boca, por eso escucho el doble de lo que hablo. Eso sí, más a los que algo interesante tienen que contar, y no a los que sólo hablan por hablar y que tan pegados están siempre a lo suyo. Y es que, no me estoy poniendo viejo, sino que estoy comenzando a vivir lo que realmente me interesa, y donde creo que lo importante es sentir: los sentimientos son los que me dan valor. El carpe diem me dice que el camino es la meta y que tengo que aprovechar el momento. Esta vida que en tres tiempos se divide: presente, pasado y futuro; el primero es breve; el futuro, dudoso, y el pasado, cierto. Como el pasado no lo puedo cambiar ni el futuro predecir, me quedo con el presente, que sí que es mío, como el viaje a Tierra Santa que acabo de hacer, a hombros de todos esos gigantes. Así que no estoy triste porque el viaje terminó, sino que sonrío porque sucedió.
Ángel Cerdido Peñalver. Zaragoza
Sus manos
Leo la carta 'Sin hablarnos', de Patxi Rojo, y me recorre un estremecimiento de sana envidia y evocación. Magnífica descripción la de encontrar en la cama el calor de su compañera. Yo también lo he sentido durante los 60 años de nuestro feliz matrimonio. Pero ahora ya se ha ido, arrebatado por la demencia. Mientras voy tratando de aprender a vivir sola pienso en sus manos, grandes y fuertes pero delicadísimas. Manos aferradas a las mías para darme fuerza en mis cinco partos, para alentarme en mis frecuentes jaquecas. Que se entrelazaban con las mías por nuestro querido Pirineo al subir rumbo a las cimas. Manos que conocían mis resortes y mis puntos sensibles, que abarcaban mi cintura cuando juntos en la cama nos disponíamos a dormir. Esas manos ya no me confortarán en mi última hora. Alguna noche, en la soledad de nuestro lecho, aún me parece sentir que acarician mi espalda. Espero que con sus brazos abiertos un día me encuentre, me abrace y me haga sentir de nuevo el amor que esas manos transmitían.
Ana María García Terrel. Zaragoza
Por qué la he premiado… Por la invitación a reconocer lo que sostiene y perdura en tiempo de fugacidades.