Viernes, 29 de Diciembre 2023, 10:21h
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En 1961, meses después de que el nazi Adolf Eichmann fuera juzgado y condenado a muerte en Jerusalén por crímenes contra la humanidad, Stanley Milgram —psicólogo graduado por la Universidad de Harvard y profesor en Yale— se hizo las siguientes e inquietantes preguntas: ¿era posible que Eichmann y otros tantos militares alemanes cómplices de la solución final solo estuvieran obedeciendo órdenes? ¿Cabía la posibilidad de que un ser humano perfectamente cuerdo y normal cometiera actos contrarios a sus propios códigos morales e incluso de crueldad extrema porque así lo mandaba una autoridad que él o ella consideraban superior?
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