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Pequeñas infamias

Hallazgos de la edad tardía

Carmen Posadas

Carmen Posadas

Todos los años, a medida que se acerca mi cumpleaños, suelo 'infligirles' a ustedes algún artículo en el que hablo del tempus fugit, de lo latoso que es envejecer y otras jeremiadas. Y es verdad que el tiempo se escapa y que envejecer no tiene la menor gracia, pero en esta ocasión, en vez de ponerme dramática, me ha dado por ver el lado bueno de la vejez, esa horrible etapa que nadie quiere ver asociada a su persona.

Vivimos en una sociedad en la que la juventud se ha convertido en tal imperativo que nos hacemos trampas en el solitario sin pensar que, ... por mucho que a uno le dé por hacer triatlón extremo a los cincuenta, tatuarse un haiku en la espalda a los sesenta o echarse una novia (o novio) treinta años más joven a los setenta, el reloj no se detiene. Al contrario, se acelera, y lo más probable es que el triatlón extremo acabe en artrosis, el tatuaje en patético borrón y del novio/a de treinta no hace falta hablar, que ya se sabe en qué acaban espejismos semejantes.

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