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Pequeñas infamias

El olvido

Carmen Posadas

Carmen Posadas

Uno de los signos de nuestro tiempo –amén de tsunamis, erupciones volcánicas, pandemias, guerras, terremotos y, posiblemente, como consecuencia de todo ellos– es lo corta que se ha vuelto nuestra capacidad de asombro ante el horror. Por un lado, es natural que así sea, al fin y al cabo como especie estamos programados para sobrevivir a lo que venga. Pero, por otro, tengo la impresión de que la sobredosis de información que padecemos hace que uno acabe haciéndose insensible a lo que ve.

Las televisiones y demás medios de comunicación retransmiten minuto a minuto la catástrofe del momento. Ahora estamos con la guerra de Ucrania, pero antes fue ... la pandemia, el volcán de La Palma, las tontunas infinitas de nuestros políticos de uno u otro signo, las inundaciones de aquí y de allá o las crisis humanitarias de Afganistán y Siria. Pero no solo de tragedias reales viven las teles. También nos infligen horas y más horas de dramas tan apasionantes como la vida de Rociito, las cuitas de los Pantoja o los sinsabores de unos tontainas de diseño encerrados en no sé qué casa, que lloran y se tiran del moño porque uno le robó a otra el champú.

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