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Pequeñas infamias

La decadencia de la hipocresía

Carmen Posadas

Carmen Posadas

Siempre he sido anglófila. De joven creía en las virtudes de la cultura anglosajona con la fe del carbonero y también con la admiración esnob de quien piensa que alguna vez será aceptada en el selecto club del one of us ('uno de los nuestros'). Pero eso fue hace muchos años, cuando estaba interna en Oxford.

No tardé demasiado en darme cuenta de que un inglés jamás consideraría a una medio sudaca-medio hispana como yo uno de los suyos. No ... me importó. Para entonces, ya había logrado comprender que lo que yo admiraba de los hijos de la Gran Bretaña no era lo que son en realidad, sino la idea de sí mismos que han logrado vender al mundo. A diferencia de los españoles, que siempre nos hemos especializado en ser nuestros peores propagandistas, los ingleses han logrado convencer al mundo de que son como ellos dicen que son: los campeones del fair play, de la honorabilidad, de la rectitud y de la palabra dada. Esto tiene más de espejismo que de realidad, potenciado, además, por un defecto que yo, por cierto, siempre he considerado una gran virtud. Hablo de la hipocresía.

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