Pequeñas infamias
Sobrevivir al éxito
Carmen Posadas
Siempre me ha interesado ese ejercicio de «¿Qué fue de…?». El mundo va tan rápido, las noticias y los hechos se suceden a velocidad tan vertiginosa que la profecía de Andy Warhol de que todos seremos mundialmente famosos durante cinco minutos empieza a quedar escasa.
Aun así, a los curiosos como yo nos gusta poner de vez en cuando el retrovisor y preguntarnos: «Qué habrá sido de Don McLean, el ... autor de la archifamosa canción American Pie? ¿Y Cat Stevens, seguirá cantando? ¿Qué se sabe, por ejemplo, de Richard Bach, que conmovió al mundo entero (y sin mérito literario alguno) con su Juan Salvador Gaviota? ¿Y de los plusmarquistas Mark Spitz, Nadia Comaneci o Usain Bolt, sin ir más lejos?
¿Qué se hace tras protagonizar una hazaña sin par? ¿Dormirse en los laureles? ¿Convertirse en un preciado pero incómodo jarrón chino?
Algo parecido ocurre con políticos, con intelectuales, con científicos… estrellas tan fulgurantes como fugaces; fulgor y muerte. O, lo que es aún peor, fulgor y olvido. Porque, al fin y al cabo, la muerte es madrastra generosa que devuelve a la actualidad a aquellos que una vez brillaron y los reinstala en el Olimpo de los elegidos.
El olvido, en cambio, no tiene piedad; por eso nos sorprendemos cada tanto al leer la noticia de la muerte de una de estas estrellas del pasado. Ah, ¿pero vivía aún Olivia de Havilland? ¿Que se acaba de morir Michael Collins? ¿Y quién dices que era? ¿Uno de los tres hombres que llegaron a la Luna? Uf, ni idea, me imaginé que esos llevaban años criando malvas…
Tendemos a creer que la amnesia general que marchita laureles y oxida medallas y gestas es propia de nuestro tiempo. Al fin y al cabo, el siglo XIX y los principios del XX nos parecen menos olvidadizos con los méritos de sus hijos. La irrupción y después la universalización de los medios de comunicación de masas se ocuparon de que héroes y personajes relevantes de entonces como Amundsen, Edison o Madame Curie formaran parte de la cultura general, algo que no ocurre con sus equivalentes en el siglo XXI. ¿Por qué?
Se me ocurre que tal vez sea porque, a medida que esos mismos medios de comunicación crecieron y extendieron su área de influencia, comenzaron a necesitar nutrirse cada día de información fresca, de caras nuevas, de estrellas y héroes que al día siguiente son sustituidos por otros, de modo que todos acaban teniendo la misma fecha de caducidad que un yogur desnatado.
Estas y otras reflexiones sobre el sic transit gloria mundi y el «qué fue de…» me las ha inspirado un personaje sobre el que estoy leyendo actualmente. Para la novela que escribo necesito documentarme sobre temas y tiempos muy diversos, y en este momento, por ejemplo, me encuentro embarcada con Juan Sebastián Elcano camino de las islas de las especias. Pero no en el primero de sus viajes, que lo llevó a convertirse en el primer marino en dar la vuelta al mundo, sino en otro periplo igualmente apasionante. Uno mucho más desconocido, que recrea muy bien la novela La travesía final, de José Calvo Poyato.
Y aquí volvemos a la pregunta que me hacía al comienzo de este artículo. ¿Qué hace uno después de protagonizar una hazaña sin par? ¿Dormirse en los laureles? ¿Vivir de pasadas gestas, convertirse en un preciado pero incómodo jarrón chino? Porque una cosa es alcanzar la gloria y otra muy distinta sobrevivir a ella de modo que también se producen situaciones aún menos deseables como la de falta de reconocimiento y la sensación de inutilidad que acaba casi siempre en amargura y autodestrucción.
Ninguna de estas salidas eligió Elcano. A pesar de que Carlos V, en vez de llenarlo de honores, como hubiera sido normal, apenas le concedió una pensión al tiempo que le negaba la Cruz de Santiago y la Capitanía Mayor de la Armada que por pura justicia deberían de haber sido suyos, él prefirió olvidar que lo olvidaron y hacer lo que mejor sabía: volver a navegar.
El segundo y también apasionante viaje de Elcano a las islas de las especias es la historia de aquellos que en la gloria no se entregaron a la soberbia y la autocomplacencia y tampoco, al llegar el olvido, se rindieron a la amargura o la melancolía. Es la historia de un hombre que apuró la vida al máximo sabiendo que el único modo de sobrevivir al éxito (también a la ingratitud y al olvido) es seguir en la búsqueda, sea esta la que sea. Y quien busca, encuentra.