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Pequeñas infamias

Elogio de la corbata

Carmen Posadas

Carmen Posadas

De niña odiaba la corbata. En el colegio nos obligaban a llevarla y, según mis pragmáticos cálculos infantiles, tener que anudarme al cuello cada mañana tan engorrosa prenda me impedía disfrutar de cinco o seis minutos más de sueño. Por suerte, pronto aprendí el truco de no desanudar la corbata y ponérmela por encima de la cabeza a modo de soga de ahorcado y, a partir de ahí, mi relación con ese fútil trapo, que en su día inventaron los croatas, mejoró.

Y más aún cuando años más tarde me nombraron 'prefect' o delegada de curso, porque entonces pude sustituir la corbata reglamentaria por una escocesa, que ... denotaba mi recién adquirido estatus y permitía que todos me diferenciaran de un vistazo. Porque en realidad esa es la función del accesorio. La corbata es una baliza, una bandera de señalización y sobre todo una gran chivata que habla, y hasta por los codos, de su dueño. Al menos así ha sido hasta su ocaso. Una pena, porque hay que ver lo que una aprendía de los hombres con solo mirarles el cuello.

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