Reinos de hunmo
Empanadillas
Recibo la nota de prensa de un restaurante madrileño que ha cambiado de cocinero. En ella, en lugar destacado, esta frase: «Una de las grandes ... señas de identidad de esta nueva etapa son las empanadillas caseras. Cerradas con tenedor, como las de toda la vida».
Me pregunto cómo hemos llegado a un punto en el que lo que hay que destacar de una carta es que se incluyan en ella unas empanadillas. ¿Por qué una elaboración tan popular ha ido desapareciendo de la oferta de los restaurantes hasta el punto de convertirse en noticia su presencia?
¿Por qué a nadie se le ha ocurrido hacer una cadena de venta de empanadillas a la española, bien crujientes por fuera y rellenas de bonito con tomate y huevo duro o de carne picada?
Han pasado cuarenta años desde aquel gag de la empanadilla de Móstoles que popularizaron en una gala de Nochevieja los grandes Martes y Trece. Desde entonces han ido perdiendo peso en bares y restaurantes, consideradas un producto 'viejuno' y demasiado modesto. Ahora es más fácil encontrar una empanada argentina a través de esas tiendas que se multiplican como una plaga en las grandes ciudades que una buena empanadilla. No tengo nada contra las argentinas, pero su masa es mucho más gruesa y sus rellenos más contundentes.
¿Por qué a nadie se le ha ocurrido hacer una cadena de venta de empanadillas a la española, bien crujientes por fuera y rellenas de bonito con tomate y huevo duro o de carne picada? De momento, además de hacerlas en casa, tarea muy fácil, podemos encontrarlas en algunos (pocos) restaurantes. En Madrid, por ejemplo, en Caja de Cerillas, La Maruca, Casa Felisa o Castizo.