Viene pasándome últimamente lo mismo. Estoy cenando en un restaurante y —a una hora considerada prudente en el sur de Europa, pongamos las once, ya en los segundos platos— empiezan a sucederse acciones por parte del personal que invitan a darse prisa y a desfilar por la puerta.
A veces son gestos sutiles, platos que salen de cocina sin cadencia, casi amontonándose, intentos de recoger cuando alguno de los comensales no ha terminado… ... ya saben. Otras son bastante más descarados. No les hablo de restaurantes de precios ajustados en los que se doblan las mesas, sino de casas de a más de cien euros por barba los dos medios entrantes, un segundo y botella de vino nacional comedida.
Aún quedábamos clientes en tres de las mesas cuando apareció la plancha. Charlábamos tranquilamente mientras esperábamos los postres cuando apareció una persona de sala con mantelerías y una plancha. Y allí, entre los que comían, tralarí-tralará, se puso a vestir las mesas vacías y a planchar sin rubor. Algunos miramos atónitos la falta de respeto cuando a los pocos minutos sus compañeros también le metieron el turbo a los postres, los cafés y apuraron con la mirada la petición de la cuenta.
Supongo que el objetivo colectivo era terminar pronto para irse a casa, pero se olvidaron de respetar a los clientes, no digo ya de mimarlos. Curiosamente, ninguno de los dos dueños del restaurante estaba en ese servicio de mitad del puente. Pensé que, de haber estado, no habría ocurrido algo así y me dio mucha tristeza porque es una de esas casas de buenas condiciones laborales y cultura de equipo que llevan años esforzándose en hacerlo bien. Creo que algunas cosas se nos están yendo un poco de las manos en este sector.
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