El influjo de elbulli era tan grande en aquellos años previos a su cierre que nada más brillaba bajo el Sol. Sin embargo, algunas hormiguitas tozudas iban excavando otros senderos. Cuando el mundo seguía asombrándose con la 'magia potagia' de los de Cala Montjoi, un joven llamado Rodrigo de la Calle se empeñaba en Aranjuez en convertir a las verduras, hasta entonces actrices secundarias en todas las películas, en auténticas estrellas de cine.
En aquellos días parecía que las semillas de la revolución vegetal no iban a poder germinar. Aquel restaurante, rupturista y radical, tuvo que echar la ... persiana, final idéntico al que le esperaba a su siguiente intento, ya en Madrid capital. El joven cocinero, de cuyo talento culinario no había dudas, parecía que iba a quedarse por el camino por culpa de aquella manía suya de concederles más bailes al calabacín y la berza que al rodaballo y al pichón.
Andando el tiempo, sin embargo, le llegó la tercera y la vencida, ya bajo el nombre de El Invernadero. En década y media el mundo había cambiado y el verde se convertía en el color de la esperanza, ahora que la idea de que el planeta estaba malito no era ya cosa de unos pocos iluminados.
El mundo vegetal estaba en boga, pero Rodrigo seguía su camino por vías secundarias. Frente a los que ahora reivindican las verduras amparándose en conceptos como 'sostenibilidad' y 'religiones veganas', él sigue a lo suyo, cocinando hortalizas porque le gustan y añadiéndoles proteínas animales como guarnición porque le gusta y no quiere que le encasillen ni tirios ni troyanos.
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Texto: Virginia Drake / Fotografía y vídeo: Javier Ocaña
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