Patente de corso

Un niño valiente

Viernes, 21 de junio 2024, 12:01

Sentado en mi apostadero habitual de la Plaza Mayor de Madrid, en la terraza del bar Torre del Oro, leo un libro de relatos de Elmore Leonard –El tren de las 3:10 a Yuma– y de vez en cuando levanto la vista para observar el paisaje y el paisanaje. Ha llegado el verano con todo lo suyo, pero a esta hora el sol se encuentra bajo, hay sombra en este ángulo de la plaza y la temperatura es agradable. Estoy rodeado de guiris por todas partes, aunque no faltan los españoles. Vienen y van en densos grupos, detrás de sufridos guías que caminan banderitas en alto, modalidad del asunto que antes no era frecuente en Madrid, donde el turismo era menos masivo; pero que desde hace un par de años se ha vuelto habitual.

Sus ojos adquieren una concentración especial, una seriedad que no estaba en ellos hace un instante. Y con esa mirada baja de la silla

Todo eso, lo que observo cuando levanto la cabeza, me lleva a pensar en dos cosas. Una, que lo que está matando a la vieja, ... culta y hermosa Europa no es la inmigración moruna y morena, sino el turismo masivo, depredador como plaga de langosta, que obliga a este infeliz lugar –convertido en parque temático vacío de contenido– a adaptarse a él. Y lo otro que pienso, o me pregunto, es si de verdad los abuelos sexagenarios, y de ahí para arriba, son tan felices como parecen paseando por el centro de Madrid a las ocho de la tarde en calzoncillos, chanclas, camisetas y leotardos, o como se llame eso, oprimiéndoles el cuerpoescombro. Lo que me lleva, con nostalgia propia de quienes nacimos en los años 50 del siglo pasado –qué solo me dejaste, Javier Marías–, a recordar aquellos honestos vestidos estampados de señora mayor, y aquel pantalón largo, camisa remangada o polo de manga corta que vestían señores de pelo gris a los que podías llamar caballero sin descojonarte de risa. También me hizo gracia, sobre eso, el desconcierto de un amigo que hace unos días, al verme con chaqueta y sombrero panamá, preguntó por qué no iba más cómodo, cuando le respondí: «¿Y por qué diablos debo ir más cómodo?».

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Escritor, académico de la Real Academia Española y cofundador de Zenda.

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