La tecla maldita

Domingo, 12 de mayo 2002, 10:08

Hay pesadillas domésticas para las que basta un simple teléfono. Verbigracia: hotel español, once de la noche, lucecita roja de aviso, mensaje telefónico. Descuelgo. Tiene usted un mensaje nuevo, dice una de esas Barbies enlatadas que ahora salen en todas partes: en la gasolinera, en la autopista, en el teléfono móvil, en las centralitas, en los contestadores automáticos. Para escuchar, pulse Uno. Pulso, obediente. Voz de mi editora Amaya Elezcano: Arturo, soy Amaya, te mando las pruebas de los seis primeros capítulos. Cuelgo apenas termina el mensaje, y voy a cepillarme los dientes. Al regreso, veo que la luz del aparato sigue roja. Descuelgo. Tiene usted un mensaje nuevo. Para escuchar, pulse Uno. Obedezco y escucho lo mismo de antes: Arturo, soy Amaya, te mando las pruebas de los seis primeros capítulos.

Busco la tecla de borrar, la tecla de servicio o como cojones se llame. Descríbamela con detalle, Maite, por la gloria de su madre

Vaya por Dios. Algo hice mal, me digo. Así que esta vez aguardo con el auricular en la oreja, y a los tres segundos de ... acabar Amaya lo de las pruebas, la Barbie interviene y dice: No tiene más mensajes. Pues ya está, concluyo. Resuelto. Cuelgo, pero la luz roja sigue encendida. Empiezo a mosquearme. Descuelgo por tercera vez. Tiene usted un mensaje nuevo. Para escuchar, pulse Uno. Y si no quiero escuchar, pregunto algo cabreado. No hay respuesta. No hay tu tía. Decido hacer de tripas corazón. Pulso Uno. Arturo te mando las pruebas de los seis primeros capítulos. Aguardo, paciente cual franciscano. Por fin suena la voz enlatada: Para escuchar de nuevo el mensaje, pulse Uno. Para conservar el mensaje, pulse Dos. Para borrar, pulse la tecla de servicio. Ahí está la madre del cordero, me digo. Busco alegremente la tecla de servicio; pero el teléfono es de esos de hotel llenos de teclas complementarias y de signos cabalísticos, y me pierdo. Además está en inglés, y mi inglés es como el de Caballo Loco en Murieron con las botas puestas. Mientras, en mi oreja, la voz concluye: No ha elegido usted ninguna opción. Y luego me suelta de nuevo, íntegro, el mensaje de Amaya Elezcano, a la que ya odio con toda mi alma. Arturo, soy Amaya, te mando, etcétera.

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Sobre la firma

Arturo Pérez-Reverte

Articulista de Opinión

Escritor, académico de la Real Academia Española y cofundador de Zenda.

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