Patente de corso

El boxeador boxeado

Viernes, 28 de julio 2023, 10:00

Hace poco oí decir a alguien importante, en plan meapilas, que la violencia es mala bajo cualquiera de sus formas. Y me eché a reír, melancólico, porque eso me recordó un episodio de mi juventud. Éramos jovencitos, allá cuando lo éramos: finales de los años sesenta. A los diecisiete o dieciocho años, para quienes teníamos la suerte de estar en el lado cómodo de la vida, ésta era deliciosamente simple: prepararse para el Preu, salir con los amigos, primeras aproximaciones serias a las chicas. Esto último planteaba dificultades tácticas, pues todavía coleaba una rancia mojigatería social y no era fácil, ni para nosotros ni para ellas, trabajarse el paño. Ayudaban mucho los guateques en casa de los amigos, las últimas filas de los cines, los sectores menos iluminados de las discotecas, la música lenta y tal. A cualquier joven de hoy le asombrarían las dificultades de entonces y el ingenio, o la audacia, necesarios para solventarlas. Pero, bueno. Solíamos desenvolvernos bien. Y qué quieren que les diga. En algunos aspectos, peor lo tienen ahora.

En Cartagena, que era mi ciudad, un lugar idóneo para los primeros besos y abrazos, mutuo entrenamiento previo antes de pasar a mayores, era la ... Muralla del Mar: lugar bellísimo al que la ciudad, inexplicablemente, volvía la espalda. No había ni un bar, ni un café, nada de nada. Sólo un bonito parque con bancos de piedra y una vista espléndida del puerto, sobre todo de noche, con las luces roja y verde de los faros de San Pedro y Navidad parpadeando lejos. El lugar, como digo, era perfecto para pasear de la mano con esa chica o chico a los que, sin la menor duda, ibas a amar durante el resto de tu vida, e incluso más allá. Rincones discretos, ya saben. Bancos para intercambiar susurros, promesas y caricias. Etcétera.

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Sobre la firma

Escritor, académico de la Real Academia Española y cofundador de Zenda.

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